Una receta que siempre funciona es: en medio de la estridencia y de la convulsión, la teoría puede ser una solución. Mientras los negociadores de México estaban volando a Washington, D.C., el anfitrión tuiteaba que tomaría medidas para construir un muro en la frontera sur de Estados Unidos y, claro, que lo pagaríamos los mexicanos. Cuando los secretarios de Hacienda y Relaciones Exteriores estaban en una sala de juntas en la Casa Blanca, Trump firmaba una orden ejecutiva para solicitar los fondos y cumplir con el eslogan de su campaña. Mientras el presidente Peña se devanaba el cerebro para decidir si debía viajar para reunirse con su homólogo, el señor tuiteaba que, si no pensábamos pagar el muro, mejor ni fuera.

Como cañonazos y estallidos se oyeron las críticas, se iniciaron las protestas y de repente #to2unidos se convirtió en el hashtag más popular, fue trending topic a nivel global. Y, claro que todo ese ruido y esas reacciones hablan de la molestia que sentimos cuando un bocón nos insulta. Claro que quema la piel y dan ganas de agarrarlo a patadas. Queremos dejar de comprar productos estadounidenses y queremos eliminar todo lo que tenga una etiqueta que diga Made in USA. Pero, ayer, todos seguimos yendo al mismo súper, tomando café en el mismo lugar y limpiando las casas con los mismos productos.

No está mal preferir un producto nacional sobre uno extranjero. Sin embargo, lo que necesitamos es una política que ataque las bases de nuestro principal atacante. Es preciso que nos organicemos y que nuestros esfuerzos vayan bien dirigidos para generar impacto de amplio espectro; que se construyan políticas de Estado a partir de una estrategia que rinda frutos. El expresidente Felipe Calderón sugiere una política retaliatoria, usa una palabra que no existe en el diccionario de la lengua española, pero que constituye una buena idea. Insisto, recurrir a las bases teóricas para entender, es lo correcto. Así podemos entender y actuar estratégicamente.

La amenaza de Trump es bloquear los caminos que facilitan el intercambio de mercancías. Para ello, y como acción inmediata, sugiere y su vocero confirma -sin entender lo que dice- fijar aranceles a productos mexicanos. Un arancel es un impuesto que se cobra a productos extranjeros. Entonces, un producto hecho en México tendría un sobreprecio artificial para venderse en Estados Unidos, haciendo que un consumidor prefiera pagar un producto local porque el de fuera es más caro. Eso funciona para inhibir el deseo de compra de lo que no es local. Claro que constituye una gran amenaza para nuestros vendedores mexicanos.

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Pero en términos de comercio exterior, estos impuestos pueden ser recíprocos. Si nos castigan con ese arancel, nosotros podemos hacer lo mismo. Podemos tasar productos que se venden en México y vienen de Estados Unidos, especialmente los que llegan de aquellos estados que apoyan las políticas discriminatorias de Trump, que apuntalan a su presidente para maltratar a los mexicanos y podemos aplicarles la misma fórmula. México importa productos lácteos, agrícolas, farmacéuticos y de todo tipo de los Estados Unidos. México tiene tratados de libre comercio con otros países del mundo. ¿Y si les dejáramos de comprar a ellos y empezáramos a encontrar nuevos proveedores? Las economías de estados republicanos empezarían a padecer.

Una política retaliatoria como la que propone Calderón, es una iniciativa estratégica que puede hacerle sentir al señor Trump las dimensiones reales de México para su país. Esa es la forma de enseñar qué tan filosos son nuestros dientes. Como dice Mika Ronkainen, profesor de Comercio Internacional de la Georgetown University: “Es importante entender los porqués y los cómos del comercio internacional para dejar claro la forma en que este intercambio contribuye a generar la riqueza de las naciones”. La permanencia de los tratados de comercio internacionales juegan un papel principal en la estabilidad de las naciones. Estamos a punto de ver si la teoría y la práctica empatan.

La propuesta de Calderón luce digna, operable y aplicable en el corto plazo.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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