Los políticos tienen un reloj distinto al de los ciudadanos. Es decir, cuando un presidente, senador o diputado habla de “Trabajar para defender la economía” no pone plazos. No habla de fechas precisas y, peor, no hace el intento por fijar un dead line.

Y eso no es exclusivo de los políticos mexicanos ni latinoamericanos. Cuando en 2007 Obama habló de cerrar la prisión de Guantánamo, para dos años después firmar una orden ejecutiva para acelerar el proceso aseguró, con ese optimismo que le caracterizó, que en menos de un año lograría tal cometido.

Han pasado diez años desde aquella promesa y el resultado es más que evidente: Guantánamo sigue operando, aunque a un ritmo muy por debajo; actualmente cuenta con 60 prisioneros, cifra que contrasta con los 700 que llegó a alojar en la época de W. Bush.

Por supuesto que si nos vamos al contexto mexicano enlistar las promesas no cumplidas por nuestros políticos me llevaría más años que los que ya he vivido. Pero hagamos más sencillas las cosas y tomemos la tan cacareada frase de “no habrá aumento de precios”, mantra que los funcionarios del gobierno mexicano han repetido a raíz del incremento del precio de las gasolinas.

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Cuando el presidente Peña habla de “defender la economía familiar” entramos a un terreno que resulta obvio y esperado. ¿Qué presidente no tiene como prioridad velar por la estabilidad microeconómica? El asunto se complica porque es una expresión lanzada al universo esperando que, con un pensamiento metafísico, el universo haga lo suyo.

De lo que no se han percatado los políticos -por la miopía del poder o porque no es su prioridad- es que los ciudadanos -sus gobernados- esperan mejores condiciones de vida en el plazo inmediato.

Han sido décadas de espera para que las condiciones lleguen para, entonces sí, ya poder tener bonanza nacional. Dos frases expresan los dos lados de una misma realidad nacional: “Hay que administrar la abundancia”, frase de José López Portillo cuando en 1980 México fue líder petrolero, al “Se nos acabó la gallina de los huevos de oro”, de Peña Nieto en enero de 2017.

Casi cuatro décadas separan ambas expresiones políticas, seis presidentes, decenas o cientos de planes para el impulso de la economía nacional, horas de discursos con buenas intenciones… Se ha ido “pateando el bote”, como era común escuchar coloquialmente decir a los senadores cuando un tema se aplazaba de la discusión legislativa.

Mientras tanto la esperanza de que las cosas mejoren en el país es para hoy, a lo mucho para mañana, no para pasado mañana, ni para las elecciones de julio y menos para el 2018. Ahí la gran diferencia del tiempo de los políticos y los ciudadanos.

 

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