Entre más se acerca a las zonas calientes de inseguridad, extorsión y predominio del crimen organizado, más se alejan los proyectos de inversión. ¿Cómo reducir las desigualdades entre las regiones de México?

 

 

Cuando se recorre el país, principalmente por tierra, se observa con mayor precisión la disparidad de las regiones no solamente en el ámbito cultural, gastronómico o de estilo de lenguaje, sino también en el aspecto económico. Digamos que el mosaico diverso del país se da en el desarrollo económico, donde confluyen infinidad de factores para entender por qué una zona geográfica tiene menos auge que su vecino inmediato que está a tan sólo unos kilómetros.

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Cuando se viaja a Guanajuato desde la Ciudad de México, se sorprende uno ver cómo se va conformando un corredor industrial desde la ciudad de Querétaro hasta Aguascalientes, pasando por Irapuato, Silao y León. Sorprende el crecimiento de la industria aeroespacial en Querétaro, de la industria automotriz en Guanajuato y del sector agroindustrial en Irapuato. De cierto avance en el sector del cuero y zapato en León que están (o estaban) más renuentes a cabildear su protección y blindarse contra el libre comercio que a competir o reinventarse.

Sin embargo, cuando se llega a Irapuato tiene la opción de girar a su izquierda y dirigirse al sur del estado de Guanajuato rumbo a Michoacán y Jalisco. Ahí la historia es otra. La industrialización tuvo una dirección distinta dejando esta zona fuera del auge de dicho corredor. Esta región tiene dos industrias relativamente fuertes: el sector ganadero y el del campo. Este último se fortalece por el enfoque que Irapuato tiene en la agroindustria de exportación.

El problema es que entre más se acerca a las zonas calientes de inseguridad, extorsión y predominio del crimen organizado, más se alejan los proyectos de inversión. Y esta región es un ejemplo.

Así, podemos encontrar muchas regiones del país, donde el crecimiento depende de un desarrollo económico regional y no necesariamente de una política pública coordinada de las entidades de gobierno, ni tampoco de un cambio en las relaciones de las entidades públicas con los sectores industriales.

Siempre he pensado  que el factor territorial o geográfico y la coordinación transversal entre dependencias públicas y privadas, y de los tres niveles de gobierno, es fundamental. Suena lógico y nada novedoso, pero en los hechos esto no se da.

Cuesta mucho trabajo poner de acuerdo a los gobiernos entre sí y a los funcionarios de una misma administración. Todos tienen visiones distintas de ver una problemática, están rodeados o asentados en intereses políticos-económicos-sociales-caciquiles, visiones muy limitadas a su territorio o simplemente no hay liderazgos formales o informales para coordinar políticas y programas de desarrollo extraterritoriales o que concentren diversos programas con un fin de desarrollo regional.

Hace varios años, el Gobierno del estado de Jalisco, intentó crear regiones en función de su vocación productiva y territorial. Al intentar ponerlos de acuerdo prevalecía las enemistades entre municipios vecinos, negativas de presidentes municipales que veían amenazada sus negocios particulares, dificultades para integrar polos de desarrollo que involucran a dos o tres estados, etc.

En otro ámbito, las dependencias federales tampoco trabajan en coordinación para un modelo de desarrollo regional, los programas tienen lógicas y criterios de implementación diversos, algunas válidas y otras muy cuestionables. Incluso no hay una dependencia o instancia que determine recursos, programas, incentivos o políticas públicas de diversas secretarías hacia un proyecto de estas características.

Se habla mucho de la desigualdad que tiene nuestro país y de que gran parte de la población no tienen las mismas oportunidades; de la urgencia de generar nuevos empleos y mejor pagados, de atraer inversión extranjera directa o desarrollar la industria nacional, pero casi todas las estrategias tienen un solo enfoque nacional sin precisar las diversidad regional.

Los polos de desarrollo se consolidan después de un trabajo de diagnóstico y planeación serio, de un mapa de ruta que no titubeé ni afloje el paso, de diálogo y consensos entre autoridades, productores, emprendedores y la academia.

Y no necesariamente hablo de macro-polos económicos que detonen el desarrollo, más bien son micro-polos económicos que pueden estar o no vinculadas entre sí para conformar otro polo mayor.

Los cuatro vértices (autoridades-productores-emprendedores-academia) cuadran una estrategia de largo plazo, pero para lograrlo es necesario formalizarlo y comprometerlo. Imagínese versiones regionales del “Pacto por México” pero con un enfoque económico, que busque trascender los cambios políticos, las diferencias partidistas, las presiones caciquiles, que rompa los círculos viciosos que impiden avanzar, que comprometa recursos y programas de gobierno, que vincule la universidad con los sectores productivos, que facilite la inserción escolar a programas que permitan un impacto local, que privilegie la innovación y el emprendedurismo en los sectores pactados, etc.

Empoderar económicamente a zonas geográficas específicas requiere tomar decisiones muchas veces drásticas, que van desde el reordenamiento urbano y de infraestructura, cambiar vocaciones productivas fracasadas o débiles, incentivar con criterios más cercanos a un plan local que a una estrategia nacional uniforme, modificar formas de producción y relaciones económicas para que beneficien no sólo al empresario sino al entorno espacial en lo social y en lo urbano.

Crear metrópolis económicas y no sólo culturales.

Estos programas requieren evaluarse, medirse para conocer su progreso y ajustarse conforme van cambiando los intereses, se van presentando nuevas oportunidades o las tendencias comerciales se transforman.

El balance equilibrado del desarrollo regional de México también tiene un sentido de seguridad nacional; de seguridad alimentaria, de cambios demográficos, de garantía de servicios básicos, de riesgos de sobrepoblación en algunos casos o despoblamientos en otros, de cambios en la geografía rural, etc.

Tan sólo en este último tema el cambio más relevante de la estructura del país ha sido el referente a la relación rural-urbana.

Dice Pastor Gerardo González Ramírez (INEGI), que “desde hace 25 años la superficie agrícola de México es alrededor de 22 millones de hectáreas; 11 por ciento de la superficie nacional. De ésta sólo cinco millones están bajo riego. Las áreas agrícolas deberían ser suficientes para alimentar a una población mexicana mucho más amplia, pero sólo el 60 por ciento de los predios rurales desarrollan una agricultura de autoconsumo debido, principalmente, al minifundismo… en estas condiciones no se puede desarrollar una agricultura comercial en espacios que apenas son suficientes para producir unas cuantas toneladas de alimento…” (La formación geográfica de México. Conaculta. 2011).

El potencial agrícola de México es enorme, pero con esquemas como el actual, donde prevalece el control político, el clientelismo partidista, los cacicazgos económicos, el chantaje y la dádiva eterna a los productores improductivos e incompetentes, con un esquema jurídico antiquísimo e inviable, donde los enormes recursos económicos para el campo pasan primero por supuestos líderes y organizaciones (en realidad vividores) que al campesino real. Si no se toma en serio al sector agroindustrial y se modernice para que produzca los alimentos que México requiere hoy y requerirá mañana, habrá un riesgo mayor.

Debemos reforzar, diversificar y multiplicar los polos de desarrollo agrícola. No para empoderar a las organizaciones afines, sino para producir los alimentos necesarios para sobrevivir, en un marco comercial acorde a las posibilidades económicas de todos los mexicanos, es decir, alimentos baratos y accesibles.

No hay pretexto para no crecer ni desarrollarse. Hay mezquindades, intereses y visiones cortas. Un buen paso para cambiar en positivo esta Nación es ponernos de acuerdo en torno en algo superior que repercuta en la generación de empleos y en el balance económico del país. Incorporar la geografía y la economía permitirá tiros de precisión claves para el desarrollo nacional.

 

 

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