Comienzo a escribir este nuevo blog contemplando entre maravillado y preocupado un mundo que está cambiando a un ritmo difícil de asimilar y seguir, producto de la convergencia y retroalimentación de varias poderosas megatendencias que evolucionan, ya desde hace un tiempo, en términos exponenciales, provocando procesos de disrupción significativos. El cambio y la necesidad de gestionarlo siempre ha existido, el cambio es permanente, pero lo que nos llama la atención ahora no es su alcance y profundidad, sino su velocidad y su voracidad disruptiva.

Y detrás de todos estos cambios, o de casi todos ellos, está la tecnología, los avances tecnológicos. Basta pensar en la cantidad de cosas que hace apenas diez o quince años no existían, o no sabíamos que existían, y que hoy son absolutamente imprescindibles para viajar, para comunicarnos, para hacer negocios, o simplemente para vivir. Los cambios provocados por la tecnología son tan espectaculares que incluso hay que cambiar la forma pensar. Ya no nos vale con percibir la tecnología como una manera de mejorar la eficiencia de nuestras soluciones u organizaciones tradicionales. ¿Cuántos sectores e industrias se han transformado ya o están camino de hacerlo? ¿Cómo están cambiando las “profesiones de toda la vida”? Diría que la revolución tecnológica en marcha nos está abocando de bruces a la esencia del código binario del nuevo mundo digital, el del el 0 o el 1, del blanco o el negro: o capturas las oportunidades -que las hay y muchas- o la disrupción de los modelos de negocio, las nuevas expectativas y exigencias de los clientes y consumidores, las nuevas maneras de trabajar y el nuevo talento demandado hoy te harán irrelevante si no aprendes y te adaptas.

Y no es sólo la tecnología. La revolución y diversidad demográfica y su impacto en el consumo y el trabajo; el nuevo escenario geoeconómico mundial, tan cambiante e inquietante, con sus nuevas reglas, flujos, poderes y riesgos políticos; la urbanización acelerada y el fenómeno de las grandes ciudades, la escasez de recursos, su irregular distribución, sus costes… y el cambio climático, tan evidente como ignorado por algunos…

Algunos pensarán que vamos, pese a todos los problemas, desequilibrios y desigualdades, hacia un mundo mejor y otros se estarán preparando resignadamente para el desastre. ¿Dónde está la frontera entre ver el vaso medio lleno o medio vacío, entre las oportunidades y las amenazas? La respuesta no es fácil. Para mi tiene mucho que ver, por supuesto, por el lugar, posición y momento en el que nos ha situado la vida, pero también, como sociedad e individuos, por la aptitud y actitud desde la que afrontamos la explosiva combinación de complejidad, volatilidad e incertidumbres que nos sacude a golpe de realidad, discurso político, conversación apasionada o gran titular de medios de comunicación.

Nos estamos acostumbrando a un “nuevo normal” de crisis económicas, financieras, políticas, sociales, de confianza, de liderazgos y valores. Combinaciones y variaciones sobre los mismos temas, situaciones que nos confunden, inquietan y bloquean. Asistimos al mismo tiempo y con desasosiego a la falta de referentes, de visión, de proyecto y compromiso por el bien común. Cada uno a la suya en un “juego de suma cero” que conduce de forma espontánea o provocada a la rivalidad y la confrontación en lugar de al consenso y a la colaboración.

Este es el mundo que vivimos en el momento en que inicio este blog. Y llegados aquí, ustedes se preguntarán: ¿Qué tiene que ver todo esto con las familias empresarias? Mi respuesta es clara: ¡Todo! Porque tengo claro que la empresa familiar es una institución clave en nuestro mundo, más allá de su peso en las economías, en el progreso y en el empleo. Por su visión, iniciativa, pasión, valores y determinación en ver y abordar oportunidades donde otros no ven más que riesgos, esfuerzo y otros desincentivos. Porque me molesta que en este “todo vale” del espectáculo de la descalificación y la crítica negativa constante, la empresa y los empresarios estén, desde los prejuicios y no la objetividad, tan lejos del reconocimiento merecido. Me refiero, por supuesto, a las buenas empresas, a los buenos empresarios, los que ejercen un liderazgo comprometido y responsable hacia sus grupos de interés. Y aquí están las empresas familiares y las familias empresarias, dos caras de una moneda que merece una valoración nominal superior al valor facial que se les pretende atribuir.

En este blog quisiera poner a las familias empresarias en el centro, hablando de los retos a los que se enfrentan en este mundo complejo y competitivo, pero también destacando sus experiencias y éxitos, porque las necesitamos como referentes, como ejemplos de liderazgo transformador, liderazgo que persigue el éxito de sus organizaciones y de las sociedades en las que viven.

 

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