Los grandes periódicos en México forman parte de un conglomerado de negocios mucho más rentables, pero que necesitan un medio para ejercer presión y ampliar alternativas.

 

 

Decir que el periodismo ha sufrido una revolución a lo largo de la última década, que los patrones de consumo de medios se han modificado significativamente, y que los periódicos impresos están heridos de muerte por esta dinámica, es un lugar común.

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¿Es México una isla editorial romántica que se resiste al viraje global hacia el consumo de medios digitales? No precisamente.

De acuerdo con el más reciente estudio de IAB México relativo al consumo de medios digitales, el 53% de los ejecutivos en México –una audiencia tradicionalmente relacionada con el consumo de medios impresos– lee noticias en línea; el 85% revisa redes sociales mientras ve la televisión; 97% tiene Facebook, y 91% dice prestar atención a la publicidad online.

Esos datos pueden ayudar a explicar el crecimiento de 31% en la inversión publicitaria en Internet con respecto a 2012. Estamos hablando de 8,355 millones de pesos.

Cuando se amplía el espectro de consumidores, se observa un dato revelador y consistente: todavía el año pasado las noticias eran la cuarta categoría más buscada en Internet; hoy ocupan el octavo lugar. En otras palabras, la información se está colando a los smartphones vía redes sociales.

 

El pecado favorito

En ese marco, cómo se explica un tiraje aproximado de 200,000 ejemplares diarios, con al menos 400 periódicos circulando todos los días. O entidades donde hay 70 periódicos impresos, como Tamaulipas o Veracruz.

Lo que a simple vista parece un fenómeno a contracorriente del creciente consumo de información a través de medios digitales, tiene una explicación sencilla y poderosa: una respuesta política.

En México los grandes periódicos forman parte de un conglomerado de negocios mucho más rentables, pero que necesitan de un medio para ejercer presión y ampliar alternativas. En sintonía con este modelo de negocios complementarios, el factor fundamental de los medios impresos en México es un recurso renovable y abundante: la vanidad de la clase política.

La mayor parte de políticos mexicanos, forjados en la escuela de símbolos y reglas no escritas, sigue creyendo que un evento es noticia hasta que se publica en el periódico impreso; el papel materializa el éxito o agrava los fracasos. Nada satisface más a un actor político nacional que mancharse los dedos de tinta leyéndose a sí mismo.

Por eso el país que vende casi 9,000 mdp en publicidad digital sigue encontrando entre las páginas de los diarios esos inmortales remanentes del siglo XX llamados “desplegados”. Inserciones donde el político –usualmente gobernadores del sur-sureste de México, que no tendrían razón para aparecer en la prensa nacional– agradece al “Señor Presidente” una visita, anuncia la inauguración de una obra con todo y casco de ingeniero, o acompaña a las víctimas de algún desastre natural con botas de plástico y premeditado gesto de agobio paternal.

En la prensa mexicana conviven tres siglos: los manifiestos decimonónicos de organizaciones y sindicatos, que se deshacen en elogios o publican textos barrocos para vituperar adversarios; las notas de coyuntura política que se centran en la figura, más que en el tema, en representación del siglo pasado, y que abundan en palabras como “enfatizó”, “aseveró”, “argumentó”, etcétera, y la que a través de un teléfono de última generación le da a la información un canal tecnológico del siglo XXI.

 

A contracorriente

La venta de periódicos impresos registra desde 2009 un decrecimiento sostenido de 2% anual a nivel mundial. Cualquiera sería capaz de vaticinar la extinción de los diarios.

Sin embargo, el tiempo que nos separa de ese tiraje final, de la última madrugada de las rotativas, está determinado por la resistencia de la cúpula del poder –sin distingo de partidos políticos, pues comparten escala de valores– a ver destruido el espejo en el que se contempla cada mañana.

La publicidad seguirá migrando a los medios digitales, la ciudadanía se seguirá enterando a través de redes sociales de lo que le interesa (como tú seguramente llegaste hasta este texto) y el consumo de medios seguirá patrones globales.

Sin embargo, la placentera nostalgia de leer el periódico subsistirá más tiempo en México que en otros países, como la materialización de los códigos de nuestra cultura política. “La vanidad –escribió Robert Louis Stevenson– muere con dificultad. En algunos casos, sobrevive al hombre.”

 

 

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