Es un instinto humano, pero incorrecto: aventar la piedra y esconder la mano, evitar la responsabilidad, no asumir las consecuencias. Es muy fácil portarnos mal; lo difícil es afrontar lo que resulta de nuestros comportamientos. Igual de fácil es decir: “No lo vi venir”, cuando a todas luces era evidente lo que se avecinaba. Sin embargo, una persona que no se hace responsable de las consecuencias de sus actos, no crece, no madura, no evoluciona. Por eso, la ventaja tan cómoda de la que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) goza sobre el resto de los candidatos, a tan sólo unos días de las elecciones, era lógica, y estadística e históricamente predecible.

La imagen del PRI está devastada, acabada. Los dirigentes del PRI y de este gobierno que, por fin termina, lastimaron mucho al país y a todos los ciudadanos y ciudadanas; nos presentaron como uno de los países más corruptos, inseguros e impunes del planeta. Incluso, hicieron de las instituciones gubernamentales unas de las más ineficientes e incumplidas del mundo, empezando por la PGR.

El PAN, por tres años, vivió una pelea campal interna, rompió con todos los esquemas de transparencia institucional en sus procesos internos y buscó unirse con su antítesis ideológica, con el afán del triunfo; estrategias agresivas que tanto le critica a AMLO y al PRI. Adicionalmente, esta agrupación viene cargando con dos sexenios presidenciales que se quedaron muy cortos en comparación con sus promesas de campaña. En términos de inseguridad, seamos realistas, nunca habíamos vivido tiempos tan violentos como en los últimos años del gobierno panista. La memoria de los mexicanos podrá ser corta y acotada, pero un gran porcentaje de la población sigue cargando el dolor y el enojo generados en estos periodos.

Muchos, sobre todo en sectores de poder adquisitivo alto, se muestran sorprendidos con la realidad electoral actual; sabían que el dolor y el enojo eran fuertes, pero dicen que no sabían que eran tan fuertes como para motivar la ventaja con la que cuenta AMLO. Ahora, los “sorprendidos”, incluyendo priistas y panistas, buscan una salida a como dé lugar ante lo que se avecina, pero es hora de hacerse responsables y crecer. Repito, hay que madurar y hacernos responsables de lo que se estaba gestando y que no quisimos ver.

Si por varios años el descontento social se tejía, día a día, ahora no digamos que no pudimos vislumbrar estos resultados.

Ojo, si criticamos al 42% de la población que se declara a favor de AMLO, por pensar que su decisión se gesta en el enojo, entonces que sean cuidadosos los “sorprendidos” y “enojados” para no actuar también desde el enojo.

El miedo puede llegar a motivar el “amor”, al menos la “necesidad de amar a alguien más”. No todos, en ese 42% de la población a favor de AMLO (que se vio venir) votarán por él por enojo contra el PRI o el PAN; algunos lo harán porque ya lo aman. Yo no soy pro- AMLO, pero sí soy realista y, en mis recorridos por el país dando conferencias, me doy cuenta de que sí hay personas que aman a AMLO por lo que simboliza: es él quien se enfrenta a los que los han robado y maltratado.

En la reciente historia de la vida política mexicana, nunca un personaje había sido tan necesario para el inconsciente colectivo como AMLO. Si pierde Anaya, nadie lo va a extrañar dos meses después de las elecciones; si pierde Meade, nadie lo va a recordar en dos semanas. Pero el inconsciente colectivo de los mexicanos no quiere permitir el hecho de que AMLO se retire de la vida política si pierde, como lo ha declarado. Se extrañaría al caudillo anti-sistema, tan necesario para un pueblo dolido y aporreado por el mismo sistema. Así, una buena parte de la población prefiere ver ganar a AMLO que comenzar a extrañarlo pronto. Ellos, en el fondo, ya se acostumbraron a él … y algunos hasta lo aman.

Entonces, que ya no se quejen los opositores. Lo vieron venir. Ahora, a hacerse responsables y medir mejor las cosas que podría implicar un nuevo gobierno encabezado por AMLO.

 

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