Porfirio Muñoz Ledo, referente político de la historia contemporánea de México, quien renunciara al PRI en 1987, advirtió que el Revolucionario Institucional había dejado de existir: “El PRI no existe, existe una especie de cúpula salinista y algunos compañeros de buena voluntad…ya no existe como partido, existe como un conjunto de intereses marginales a la vida pública del país”.

Estas declaraciones de quien será el próximo presidente de la Mesa Directiva de Cámara de Diputados son relevantes, entre otras razones, porque además de ser político Muñoz Ledo es un intelectual, conocedor de la política mexicana.

Cuando en 1987 hizo pública su renuncia al PRI para apoyar a Cuauhtémoc Cárdenas, Muñoz Ledo advirtió que el partido se había alejado de las luchas que le dieron origen, que se “escondía bajo un designio entreguista y antipopular que le correspondía combatir” y que, “cometido al grupo contrarrevolucionario en el poder y cautivo por la claudicación de sus dirigentes, el Partido ha perdido tanto la genuina lealtad de sus militantes, como la confianza de los ciudadanos y, con ello, la razón original de su existencia.”

Cuando en 2012 el PRI regresó al poder después de dos sexenios fuera de la presidencia, parecía que el presagio de Muñoz Ledo carecía de sentido. Sin embargo, 6 años después podría realizarse, no sólo porque el PRI será la quinta fuerza en la Cámara de Diputados y sólo tiene 14 de los 128 senadores en la cámara alta; tampoco porque sus liderazgos, incluyendo el así llamado “primer priista del país” han propuesto que cambie de nombre, ni tampoco porque sus militantes y simpatizantes le han demostrado que no votan por él en muchas de las elecciones que se llevan a cabo. Es más, ni siquiera porque el recorte del presupuesto a los partidos políticos va a impactar significativamente en sus posibilidades de reestructuración. Todas esas son razones muy importantes, pero la verdadera razón por la que el PRI puede desaparecer se llama Morena.

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Y no se trata de decir, como muchos análisis tratan de concluir, que Morena es el regreso al pasado. Me refiero a que el surgimiento de Morena es el de un partido que ha sabido articular lo que el PRI, en su esencia de partido de masas, dejó de escuchar e interpretar: el sentimiento y las demandas de las personas en todo el territorio nacional, a partir de bases con vasos comunicantes en toda la estructura del partido.

En ese sentido, la razón por la que el PRI desaparecería es porque se quedó sin lugar en el espectro político, se quedó sin discurso y se quedó sin liderazgos que representen algo para la sociedad. Porque otra cosa que es necesario observar es que, muchos de quienes hoy ocupan cargos de representación por el Revolucionario Institucional, no llegaron por su lealtad a los principios de ese partido, sino por su lealtad a los responsables de su debacle.

El PRI pasó de ser un partido de masas a ser un partido de castas. Si bien no era y nunca fue un partido democrático en sus formas ni procesos, sí lo fue en su composición. Ahí cabían todas las clases y todos los movimientos, diversidad de pensamiento y diversidad de formaciones. Ahí coincidían los hijos de los obreros y los hijos de los funcionarios y ello, probablemente, explica por qué durante un largo periodo de su historia, el PRI fue capaz de responder a las demandas sociales más sentidas: educación pública, salud pública, servicios públicos. Hoy, solo quedan los hijos de los funcionarios y ello explica, probablemente, por qué el PRI, alejado ya de las necesidades de quienes históricamente conformaron su militancia, se dedicó a hacer privado todo lo público.

Al quedarse sin lugar en el espectro político, que difícilmente le abrirán los partidos que estarán luchando por ganar nuevos espacios frente a Morena, es muy probable que el PRI se siga pulverizando, manteniendo simplemente algunas áreas de poder y de influencia, propia de los liderazgos consolidados. No habrá nuevos cuadros, porque no habrá espacios disponibles, mucho menos con la reelección legislativa.

Pero si el PRI desapareciera, no necesariamente implicaría la desaparición de aspectos negativos de la cultura política. En ese sentido, bien vale la pena recordar lo que el propio Porfirio Muñoz Ledo defendía como parlamentario en 1997, cuando siendo coordinador del PRD y el primer presidente de la Mesa Directiva de Cámara de Diputados de un partido de oposición, respondió el tercer informe de Ernesto Zedillo:

Debemos comprometernos sobre todo en reflejar fielmente los sentimientos de la nación y en mantener la más amplia, plural y cotidiana relación con la sociedad y sus organizaciones…robustecer el equilibrio entre los poderes. Debemos todos asumir que el pueblo votó en favor de una política económica y social. Lo que en última instancia significa el cambio democrático es la mutación del súbdito en ciudadano. Ninguna ocasión mejor que ésta para evocar el llamado que, en los albores del parlamentarismo, la justicia mayor de Aragón hacía el entonces monarca para exigirle respeto a los derechos de sus compatriotas: `´`Nosotros, que cada uno somos tanto como vos y todos juntos valemos más que vos´”.

Al final de cuentas, lo que más importa no es si un partido desaparece o no, sino si el país es capaz de transformarse o no.

 

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