Nunca es una buena idea, para un político, pelearse con la prensa. Carl Bernstein y Bob Woodward lo dejaron más que claro en Todos los hombres del presidente, el libro en el que narran el desarrollo del caso Watergate y la renuncia del presidente Richard Nixon.

Aquella gesta periodística no fue sencilla y por momentos pareció comprometer el futuro de los reporteros y la integridad de The Washington Post.

Lo que reveló el Watergate consistió en una amplia conspiración para reducir las posibilidades de los demócratas en la carrera por la Casa Blanca, pero inclusive en posiciones estatales y legislativas.

Como toda maquinaria ilegal, los protagonistas del espionaje terminaron chantajeando inclusive al propio presidente. Despertó una fuerza que no pudo controlar, pero que a la vez atentó contra la democracia y la Constitución.

Bernstein y Woodward escriben: “Richard Nixon lo estaba demostrando claramente a sus subordinados: se había convertido en prisionero de su propia casa, desconfiado, actuando siempre en secreto, sin fiarse siquiera de aquellos que intentaban defender su causa”.

Intentó, Nixon, por todos los medios, detener una marea que tarde o temprano terminaría por arrastrarlo. Cuando aceptó la renuncia de Bob Haldeman y John Ehrlichman, dos de sus más importantes colaboradores, señaló: “Se ha venido realizando un esfuerzo para ocultar los hechos, tanto al público, a ustedes, como a mí”.

Pero si algo activó a todos los demonios fue precisamente la utilización de la mentira como método para enfrentar la adversidad.

Ronald Ziegler, el secretario de prensa de la Casa Blanca, tuvo el triste papel de intentar desbarrancar la carrera de quienes con el tiempo se convertirían en dos de los periodistas más prestigiados de los Estados Unidos. Pero hizo algo más: Intentó colocar el virus de la descalificación para quienes contrariaran los deseos presidenciales y objetaran las historias “oficiales”.

Con el tiempo tuvo que ofrecer una disculpa a Bernstein y a Woodward. Interrogado en la Sala de Prensa de la residencia oficial, sobre si debía extender las disculpas al propio diario respondió:

Si las cosas se miran desde la posición actual creo que debo responder que sí. Pediré disculpas al Post y pido disculpas también a los señores Bernstein y Woodward. Todos nosotros hemos de reconocer que hemos cometido errores en términos de nuestros comentarios (…) Cuando nos equivocamos, no podemos hacer otra cosa que reconocer que nos equivocamos. Y en este caso nos equivocamos”.

Las palabras de Ziegler eran apenas un paliativo del verdadero problema y de su conclusión: Richard Nixon se convertiría en el primer y único presidente de Estados Unidos en renunciar, porque se comprobó que había obstruido la justicia en las indagatorias sobre el Watergate.

Cuarenta años después, otro presidente, Donald Trump está bajo sospecha. Woodward se está ocupando del tema y por lo pronto publicó Miedo. Trump en la Casa Blanca. Las vueltas de la vida y la persistencia de la naturaleza del poder, de sus resortes internos, del miedo que puede provocar y acaso de su perversidad.

 

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