Urge que alguien arregle el desbarajuste que hay en los “Pueblos Mágicos”, porque la varianza de los atributos que un turista hallará en ellos es demasiado alta.

 

De los tres pueblos mágicos que he visitado en los últimos dos meses, el que más me agradó fue Coatepec, Veracruz, quizá porque me recuerda mi niñez. Está menos saturado que San Cristóbal de las Casas y tiene mucho mejor clima que Huasca de Ocampo. A Coatepec fui el pasado puente, al inicio de febrero.

Mi experiencia fue peculiarmente adversa. Aun así, me gustó. El episodio más negativo ocurrió en el restaurante Casa Bonilla, recomendado por el personal del Hotel Posada Coatepec. Llegué al restaurante el sábado 31 de enero, pasadas las dos y media de la tarde, hambriento. El primer error del mesero fue explicarnos ampliamente que vendía mezcal. Eso no tiene nada de malo, si no fuera porque desde el principio le expresamos que no lo deseábamos. No le importó. Se fue de largo diciéndonos que la noche anterior habían tenido a tres maestros mezcaleros en una cata especial, y que habían servido tal y cual platillo. Su larga explicación prolongó mi ansiedad.

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A mi acompañante le sirvió unos langostinos y a mí ni siquiera me había mostrado un bogavante que prometió traer para evaluación. En cualquier caso, no elegí el bogavante, sino un pescado a la veracruzana… ¡que nunca llegó! En tres ocasiones solicité atención a mi mesa, una de ellas pidiendo que acudiera el gerente del lugar. Mi solicitud no fue atendida. El gerente nunca llegó, ni mi comida.

Abandonamos el lugar sin pagar, explicando al mesero las razones. Él hizo cara compungida, y nada más. Para mi sorpresa, a casi tres cuadras de distancia, apareció detrás de mí el mesero: “¡Caballero!”, gritaba. Venía con un mastodonte detrás, para cobrar la cuenta que no pagué. Le expliqué que el pésimo servicio del lugar merecía que nos fuéramos sin pagar, y dijo: “Es que siempre me pasa eso con los de la cocina, y a mí la dueña me lo quiere cobrar.” Le expliqué que dejara de trabajar ahí si no le acomodaba su empleo, y yo esperaría a la dueña del lugar en el siguiente restaurante, y donde finalmente comeríamos.

Ésta es la primera vez que, por un error de un restaurante, el que paga los platos rotos es el cliente. En otros episodios, los dueños o gerentes condonan la totalidad de la cuenta, o regalan algún postre o tienen alguna atención similar. Pero en este caso dos tipos salieron a perseguirme.

Otro episodio particular ocurrió en el Orquideario, anunciado como destino único para admirar orquídeas. Llegué a las dos de la tarde, estaba cerrado y la persona de servicio nos dijo: “La señora no está.” Añadió: “Regrese más tarde, a ver si ya llegó.” Después de comer finalmente en la Finca Andrade, regresamos al Orquideario, dentro de su horario de trabajo. Pues bien, esta segunda ocasión tampoco funcionó; apareció una viejecilla por una ventana y nos dijo que ya no nos abriría, que mejor regresáramos al día siguiente.

Ignoro si la “magia” para calificar a un pueblo mexicano con ese atributo sea esta mezcla de informalidad, apatía y servicio de quinta. Da la impresión que la Secretaría de Turismo etiquetó así a un centenar de estos pueblos más bien por sus atributos estéticos, que quedaron atrapados en el pasado decimonónico.

Urge que alguien arregle el desbarajuste que hay en los “pueblos mágicos”, porque la varianza de los atributos que un turista hallará en ellos es demasiado alta. El mapa de estos pueblos que presenta la Sectur en su página web es muy pobre en información. No están bien contabilizados, y su información choca contra la que presenta el Consejo de Promoción Turística. Urge instaurar consejos turísticos locales e involucrar a los prestadores de servicios para que se garantice la calidad de lo que ofrecen. En TripAdvisor aparece que Casa Bonilla es una maravilla. Pero no es así. El éxito de la experiencia depende de qué tan saturado esté el restaurante en ese momento y de la pericia del mesero que te tocó. Si el lugar está lleno y el mesero no tiene voz en la cocina, ya te quedaste con hambre, como me ocurrió a mí. Encima, te cobran a pesar de la pésima experiencia. ¡No!

 

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