Harry Stine construyó un imperio de 3,000 mdd al desarrollar una mejor semilla de soya. Ahora, el hombre más rico de Iowa cree que ha revolucionado el maíz, el grano más popular de la Tierra.

 

Por Alex Morrell

 

Harry Stine estira el cuello para examinar el hueco del ascensor en el interior de la torre de observación, una mole de acero de 33 metros. Es fundador y propietario de Stine Seed, la mayor empresa privada de semillas del mundo, y construyó esta torre en 1987 para tener una buena vista de su imperio, unas 6,000 hectáreas de tierras de cultivo en Iowa.

Con más de 900 patentes, vende su codiciada genética de semillas de maíz y soya a gigantes como Monsanto y Syngenta, obteniendo ventas anuales estimadas en más de 1,000 millones de dólares (mdd), con márgenes superiores a 10%. Junto con sus cuatro hijos, Stine posee casi 100% de la compañía.

Se espera que el mercado de semillas —una industria mundial de 44,000 mdd que otorga a los agricultores el elemento esencial que usan para sembrar, cosechar y mantener el suministro global de alimentos— se duplique en cinco años, a medida que los cultivos enriquecidos con mejoras genéticas, más resistentes, eleven el rendimiento y la eficiencia.

Es una buena noticia, ya que la población mundial sigue creciendo alrededor de 85 millones cada año, mientras que las tierras de cultivo continúan siendo escasas. Con un valor de mercado combinado de 320,000 mdd, cinco conglomerados poseen la mayor parte del negocio: Monsanto, DuPont, Syngenta, Dow y Bayer. Luego está Stine.

Stine Seed hace negocios con todos los pesos pesados y lo ha hecho por más de tres décadas, sobre todo porque tiene algo que todo el mundo necesita: las mejores semillas de soya en el mercado. Por medio del fitomejoramiento, una técnica de más o menos 10,000 años de edad, que no es diferente de la crianza de caballos pura sangre, Stine ha perfeccionado la composición genética de las semillas de soya. “Nuestro germoplasma, nuestra base genética, es la mejor del mundo”, afirma Stine. “Dominamos la genética en la industria.”

Hoy, 60% de toda la superficie con soya de Estados Unidos es cultivada utilizando desarrollos genéticos de las empresas de Stine, que también tiene una fuerte presencia en América del Sur y otros mercados internacionales. Forbes estima que la compañía —que también desarrolla genética del maíz— vale cerca de 3,000 mdd.

Actualmente cree que puede duplicar la producción mundial de maíz, el cultivo más popular en la Tierra. A través del fitomejoramiento de semillas de maíz genéticamente predispuestas a crecer cuando se plantan en altas densidades, él cree que puede sobrecargar el motor generando comida para animales, biocombustibles y alimento para todo el planeta.

Si funciona, no será la primera vez que este granjero, desconocido fuera de su industria, haya cambiado al mundo.

 

El secreto

¿Cuál es el secreto detrás del maíz dorado de Stine? La eficiencia. A principios de la década de 1930 se cultivaban 15,000 plantas de maíz por hectárea en Estados Unidos, produciendo cerca de 60 bushels (30.3 libras) por hectárea. Ahora 35,000 plantas y 330 bushels por hectárea son algo común, unas cinco veces el rendimiento, gracias a los modernos tractores, fertilizantes, pesticidas y semillas modificadas genéticamente para resistir a insectos y herbicidas. Pero mientras la modificación genética acapara titulares (y atiza los temores de salud), los programas de mejoramiento tradicionales de los desarrolladores de semillas han hecho lo suyo para aumentar los rendimientos.

Stine notó que las plantas de maíz no han cambiado mucho en generaciones y puso de cabeza las preconcepciones en la materia. Comenzó a desarrollar maíz para que se diera en una mayor densidad de plantación: plantas más cortas con flecos más pequeños y más hojas verticales que atraigan más luz solar. Una planta más delgada y eficiente. Después de sembrar muchas descendientes de las semillas con esa mejora genética, ha desarrollado maíz que puede ser plantado en filas mucho más estrechas —de 30 centímetros o a veces hasta 15—, aumentando el número de plantas por hectárea hasta un máximo de 170,000. Y, de gran importancia, incrementando sustancialmente la cosecha de un agricultor.

Pero no todo el mundo compra lo que Stine vende. Un estudio de DuPont Pioneer de 2012 concluye que para la mayoría del Corn Belt (una franja de estados productores del norte de Estados Unidos) las hileras estrechas hacen poco por aumentar el rendimiento. “Los cambios futuros en las prácticas de producción podrían favorecer los surcos estrechos en algún momento”, dice Mark Jeschke, gerente de Investigación de Agronomía en DuPont Pioneer. “Pero ningún estudio ha demostrado que las poblaciones ultra altas combinadas con surcos estrechos aumenten de manera significativa el rendimiento del maíz.”

Para los agricultores, hay un considerable riesgo financiero en el cambio. La compra de más semillas por hectárea es costosa. También requiere más fertilizantes y nuevas plantaciones y maquinaria de recolección especialmente equipada para filas más estrechas. Para pagar por el cambio se necesita por lo menos una mejora inmediata de 10% en el rendimiento y de entre 20% y 30% para beneficiar realmente el balance final de una granja, estima Bruce Rastetter, CEO de Summit Group, que cultiva maíz y soya en 8,000 hectáreas en Iowa y Nebraska.

Stine no está solo en su misión. Monsanto está haciendo un trabajo similar, y tendrá que luchar con él por la participación de mercado una vez que los productores pasen de forma masiva a la siembra de alta densidad.

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El beneficio de la duda

Estamos dispuestos a dar a Stine el beneficio de la duda por una simple razón: él ya ha revolucionado la agricultura. Dos veces.

En 1994, el gobierno de Estados Unidos concedió sus primeras patentes sobre la composición genética completa de un grano de soya. Anteriormente, sólo las plantas asexuales como rosales o manzanos podían ser patentadas, no los cultivos autopolinizables como el maíz y la soya. La semilla de Stine fue la primera en la fila para conseguir una patente para sus variedades mejoradas. No fue una coincidencia: desde la década de 1970, Stine, quien había tomado una clase de derecho corporativo en McPherson College, una pequeña escuela de artes liberales en Kansas, estipuló en los contratos las regalías que las empresas tenían que pagar por el uso de su semilla y establecía una prohibición para el uso de las semillas de su cosecha para plantar la temporada siguiente. De forma crucial, también les prohibió el uso de sus semillas para hacer una fitomejora por cuenta propia.

“La suya fue la primera compañía en la industria de la soya en estructurar acuerdos de licencia de modo que, cuando las empresas tuvieran un contrato con él, no pudieran reproducir las semillas”, dice Philippe Dumont, abogado y veterano de la industria de semillas, quien ha pasado la última década trabajando para Bayer. “Eso demuestra una enorme capacidad de previsión.”

También ayudó a Stine a asegurar, en 1997, uno de los negocios más cruciales y lucrativos en la historia agrícola. En ese momento, Monsanto —con Fraley, entonces presidente del grupo de genómica de la empresa, a la cabeza— había desarrollado la biotecnología para insertar genes en semillas, haciéndolas resistentes al glifosato, el herbicida para maleza producido por Roundup, que además mata los cultivos.

Para los agricultores, las semillas de soya “a prueba de Roundup” serían una innovación que cambiaría la industria, ya que reduce el tiempo y el esfuerzo de lidiar con la hierba mala. Cuando un batallón de abogados de Monsanto se precipitó sobre Stine Seed para finalizar el acuerdo, encontraron a Stine solo en la sala de conferencias de la compañía en su mesa de ping pong (Stine aún rara vez pierde). “Si de verdad quieren ser justos, tienen que ir a buscar dos [abogados] más”, dijo sonriendo.

Ninguna de las partes revelará los términos del acuerdo, pero éste ha contribuido al fenomenal éxito de la semilla de soya Roundup Ready, una tecnología que ahora se usa en 96% de la superficie cultivada con soya en Estados Unidos, generando probablemente más de 10,000 mdd para Monsanto desde 1997. Stine sólo dice que una pequeña parte de los ingresos de su Ready, y su relación con Monsanto, se extiende hacia el futuro.

 

El secreto

Después de aprender acerca de algunas plantas de soya anómalas con semillas extra en un campo cercano, Stine se obsesionó con el desarrollo de semillas para aumentar las ganancias a través de un mayor rendimiento. Incluso si el proceso se ha vuelto más complicado y avanzado, la estrategia detrás del fitomejoramiento ha cambiado poco en 10 milenios.

“Soy una persona de datos y hechos. No soy sociable. No entiendo cómo funcionan los cerebros de las personas y por qué hacen lo que hacen”, dice Stine.

Fundó la primera empresa privada de investigación y desarrollo de soya en Estados Unidos en 1968. A mediados de la década de 1970, bajo una nueva compañía llamada Midwest Oilseeds, Stine operaba la empresa de genética de soya más usada en Estados Unidos, licenciando las robustas semillas que fitomejoraba a cambio del pago de regalías. Aunque la compañía también comenzó la fitomejora genética de semillas de maíz, la soya se mantuvo como su nicho más rentable.

Fue en esta época que Stine reconoció la necesidad de proteger su valiosa genética. Si un agricultor podía comprar su semilla y al año siguiente sólo tenía que usar su descendencia, podría sacar al desarrollador de semillas de la jugada, conservando la genética de gran alcance. Por otra parte podría comenzar su propio programa de fitomejoramiento utilizando esas semillas. Los contratos de Stine prohibieron terminantemente esas prácticas.

Algunos todavía infringen los acuerdos y son enfrentados legalmente cuando son detectados, pero en gran medida la estrategia funcionó. La compañía se expandió a lo largo de la década de 1980, engullendo compañías de semillas más pequeñas y realizando investigación de soya en otros climas de todo el país. El proceso de mejoramiento creció, se volvió más avanzado y automatizado, y para la década de 1990 la compañía estaba probando 150,000 variedades de soya al año y produciendo la semilla de más alto rendimiento en el mercado.

Así, Harry Stine, el granjero disléxico que se volvió un negociador astuto, un experto de los datos y un visionario de la agricultura, está en la cima del mundo.

Y planea quedarse allí.

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