Había un chiste muy famoso en el que una persona se encontraba pidiendo ‘aventón’ cuando es recogida por un conductor que, después de los saludos e indicaciones de dirección a donde se dirigían ambos, permanece en absoluto silencio. Nuestro héroe, ahora en el papel de pasajero, comienza a reflexionar sobre posibles temas de conversación, pero se enreda en sus pensamientos pues cada vez que piensa en un tópico se imagina las posibles consecuencias, siempre negativas, provocándole una parálisis de acción. Así, por ejemplo, piensa en hablar de futbol, pero inmediatamente se responde a si mismo ¿qué tal si el conductor le va al equipo rival? O piensa en hablar de política y lo mismo, ¿qué tal si el conductor es del partido de oposición? Y así, hasta que después de recorrer varios posibles temas, vence su parálisis y se decide dejarlo todo a la suerte e inicia la conversación con la muletilla ‘pues bien’, a lo que el conductor le contesta, ‘pues mal y se baja’.

En la sucesiva búsqueda irreflexiva del poder, llevados sólo por la inercia compartida de alcanzar el éxito económico por la vía fácil, México ha sido literalmente asaltado por un grupo de personas que han deformado el oficio político, los principios de servicio público, para convertirlo en una actividad que rompió la frágil línea de la legalidad/ilegalidad. Al corromper discursivamente de esencia la razón fundamental de la política, como ‘la actividad de las personas que gobiernan o aspiran a regir los asuntos públicos’ (RAE) y volver elásticos los principios éticos que deberían ser parámetros de acción que fungieran como limites a lo que es permisible en el manejo público de cada persona dedicada a la labor del servicio público, los ‘políticos’ mexicanos fueron estirando la frontera moral cada vez más hasta literalmente perder cualquier conciencia o definición clara de los límites de la honestidad. Sin ningún tipo de autocrítica y con un ego distorsionado, las nuevas generaciones de ‘políticos’ que han entrado en acción en el siglo XXI han destruido paulatina, pero consistentemente, los cimientos del sistema social mexicano al llegar al poder infectados de la forma en que se ha ido malinterpretando la función de los que deberían ser responsables de la conducción económica, social, cultural y emocional del país. Afectados por la creciente inmovilidad de generaciones anteriores, que, en aras de literalmente ‘no hacer olas’ y que exhibieron esa parálisis de ni siquiera poder definir un curso de acción política clara, dejando pasar oportunidades históricas de transformación profunda del sistema al no definir con claridad el curso del pensamiento y la ideología fundamentales para establecer las reglas de gobierno, estamos el día de hoy padeciendo las no consecuencias de la no política, que han llevado al país a la parálisis total de dirección constructiva, abriendo el terreno para la participación de prácticamente cualquier fuerza que luche por el poder, incluyendo, por supuesto, los intereses mas abyectos de la sociedad que, en este entorno sin brújula moral, y ante las muestras de destrucción de la esencia ética del Estado, encuentran legitimizados sus objetivos y métodos, como hemos visto en el caso de huachicoleros y narcotraficantes, recibiendo, incluso en muchos casos, y en muchas regiones del país, el apoyo popular para sus actividades que, en la lógica del ejemplo, se consideran actos justificados de revancha ante la desbordada exhibición del abuso de poder de los responsables de la ley y el orden materializado en robos millonarios de recursos públicos, ostentaciones de estilo de vida, y el imperdonable despotismo del proceder arrogante que, inevitablemente cada uno de estos ‘políticos’ asume en una forma de transformación ‘criolla’ en la que el punto de inflexión es el desprecio social y cultural al mestizaje natural del llamado ‘pueblo’ convirtiéndose en caricaturas exageradas de lo que consideran ‘éxito’ y que exhiben a través de cirugías estéticas, imitaciones burdas de lo que consideran comportamiento refinado, y la adquisición de todo oropel que transforme y ‘limpie’ del sabor y color de ‘pueblo’. La carga emocional que significa , en la estructura social que nos conforma aún, la representatividad de estos personajes, que incluye en su estructura actual la parálisis a cualquier decisión que pueda comprometer o poner en riesgo la pertenencia al ‘circulo político de poder’, solo ha contribuido a que el mal que nos afecta sea transferido a nuevas generaciones que solo piensan en llegar al círculo de poder para poder transformar su realidad personal a partir de seguir el ejemplo, sin importar la esencia de las responsabilidades que debería conllevar el quehacer político autentico.

Si bien esta distorsión del servicio público comenzó hace muchos años y varios regímenes previos, es notoria la decadencia y parálisis que se ha ido incrustando cada vez más en el desempeño del Estado Mexicano, en todos sus poderes. Al concebirse la meta como una de carácter unipersonal, cada uno de estos ‘políticos’ hace hasta lo imposible por conservar sus retribuciones y su pequeño nicho de poder evitando comprometerse con acciones que implicarían consecuencias que pongan en riesgo su posición hasta convertir esa parálisis personal en una parálisis total del sistema que el día de hoy ya a ha sido rebasado por la dinámica social contemporánea en donde el empoderamiento de las distintas comunidades está creando sus propias reglas y formas de convivencia que, eventualmente, provocaran una erosión imparable en el actual sistema ‘político’ mexicano. Tanta parálisis, que ha tenido como consecuencia la ocupación de espacios vacíos de poder por fuerzas ya incontrolables por el establishment político, está acercándonos peligrosamente a un punto de no retorno en el que entraremos a una convulsión histórica -si no es que ya estamos inmersos en ella- equivalente al ‘pues no y te bajas’.

El nivel de violencia y destrucción que puede significar esa convulsión, que tiene ya muchos focos rojos encendidos en todo el territorio nacional, parece ser que solo dependerá de la inteligencia natural de los distintos entornos sociales que están creando sus propias estructuras. Las consecuencias de la parálisis en su intento por mantener las parcelas de poder y negocio, y el haber ignorado las transformaciones que estaban sucediendo en el país mientras la ‘politica’ seguia reflexionando sobre que tema era el apropiado para ‘la discusión nacional’ aprovechando y abusando al máximo el ‘aventón’, son inevitables. Su dimensión, su profundidad y su forma, dependerán de que tanto efectivamente nuestra sociedad rescate los principios fundamentales de respeto y convivencia.

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