Apenas inicia el año y la Secretaría de Hacienda y Crédito Público ya tuvo que anunciar un recorte al gasto público por 124,300 mdp, equivalentes a 0.7% del PIB.

 

Por José Miguel Moreno

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Será difícil que el sector priva­do compense esa merma, y los ana­listas empiezan a revisar el PIB de este año a la baja.

Apenas inicia 2015 y el secreta­rio de Hacienda y Crédito Público (SHCP), Luis Videgaray, ya sintió la presión que el derrumbe del precio del petróleo inflige sobre las finan­zas públicas. Tan es así, que se vio forzado a anunciar un sustancial recorte del gasto público.

Para empezar, la política fiscal del actual gobierno no ha gozado de una dirección clara, por no decir que le ha faltado coherencia. En primer lugar, se echó de menos una revisión integral de la política presupuestaria nada más llegar a Los Pinos, tras 12 años de panismo en los que se produjo una colo­sal expansión del gasto público apoyado por el boom de los precios del petróleo. Ahora, acuciado por la caída de las cotizaciones del crudo en los mercados internacionales, una plataforma petrolera en declive y el consiguiente retroceso de los ingresos petroleros, se dispone a acometer la ansiada reordena­ción del gasto público, el llamado presupuesto base cero, en el que se revisará el destino del gasto público, la duplicidad de funciones, y la efectividad e impacto de sus programas, tareas que realizará con el Banco Mundial.

El presupuesto es, sin duda, la ley más importante que un gobier­no promulga año con año. En él se manifiesta la orientación de las políticas públicas y sus objetivos. Es el instrumento con el que se hace la verdadera Política, con mayúscula, y donde mejor queda plasmado el plan de nación. Entonces, ¿no se debió revisar a conciencia el presupuesto de gasto al llegar al poder y así subrayar su espíritu de “cambio”? ¿Por qué no realizó un diagnóstico exhaustivo del gasto público antes de proponer la refor­ma tributaria? ¿Acaso se subieron impuestos para financiar un gasto que ahora se considera superfluo? ¿Cómo se puede exigir el pago de más impuestos sin revisar previa­mente la eficiencia y destino de los recursos? ¿Será que el gobierno pudo cumplir con sus metas de política económica obteniendo aho­rros en su presupuesto de egresos en vez incrementar los gravámenes como hizo en el 2014?

En segundo lugar, y tras un primer año de gobierno de cre­cimiento apático, el gobierno de Enrique Peña Nieto se decantó por aplicar una política fiscal expansi­va, de “corte keynesiano”. Recurrir a políticas fiscales contracíclicas como estrategia de política pública es algo deseable: bien utilizada puede contribuir a preservar la disciplina fiscal y suavizar los ciclos económicos. El objetivo es que en los tiempos de “vacas gordas”, el gobierno ahorre y registre superá­vits fiscales gracias a los mayores ingresos tributarios que genera la mayor actividad, y así usarlos en las épocas de “vacas flacas”.

Es por eso que ante la endeble expansión de la economía durante 2013 y con el fin de reactivar el crecimiento, el gobierno solicitó al Congreso autorización para romper, de manera excepcional y con carácter transitorio, la ley de “déficit cero”, establecida en el Artículo 17 de la Ley de Presupues­to y Responsabilidad Hacendaria, y registrar un déficit público de 1.5% del PIB en 2014 para reducirlo a 1.0% en el 2015, y regresar al equili­brio presupuestario en el 2017.

Sin embargo, la orientación ex­pansiva del déficit público entró en colisión con la fuerza restrictiva de la subida de impuestos programada en la reforma hacendaria, la cual tuvo un impacto inicial negativo sobre el consumo y la inversión privada a través de dos vías: uno, la disminución de la renta; y dos, el efecto infla­cionario. Ese golpe tributario sobre la actividad económica restó eficacia al esfuerzo expan­sivo del gasto público, que nunca llegó a sentirse en la inversión de infraestructura.

La esperanza era que finalmen­te, en el 2015, diluido el efecto adverso de la subida de impuestos, por fin se dejara sentir el estímulo del gasto público. Pero el desplo­me del precio del crudo y de los ingresos petroleros truncó esa expectativa: para ajustar las finan­zas públicas y evitar un desequili­brio fiscal que minara la fortaleza macroeconómica de la que tanta gala hace México, Videgaray tuvo que recortar el gasto público en 0.7% del PIB, incluyendo algunos planes de infraestructura como el tren rápido México-Queréta­ro, lo que supondrá otro revés a las expectativas de crecimiento económico.

Desafortunadamente, no se detectan al inicio de este año componentes de la demanda privada que puedan contra­rrestar los 124,300 millones de pesos (mdp) que el gobierno dejará de inyectar a la economía. Por lo que se aprecia, el dinamismo de la demanda interna sigue siendo muy precario. El consumo privado permanece alicaído y el derrumbe del precio del petróleo con la de­preciación del peso, obstaculizará una recuperación más robusta del consumo en el corto plazo.

En noviembre, las ventas minoristas de México apenas se incrementaron a una tasa anual de 1.2%, un tercio de lo esperado por los analistas. Un mal dato para un mes en el que se pensaba que los consumidores acudieran en masa a los malls seducidos por el Buen Fin. Lo peor es que el ánimo del mexica­no de a pie se ha resentido: la con­fianza del consumidor se hundió 2.07% en diciembre debido, sobre todo, a la caída del índice que mide cómo estará la economía dentro de 12 meses, el cual se redujo 2.65%.

El IGAE, esa especie de PIB men­sual, defraudó a su vez en noviem­bre. El crecimiento fue de 2.0% anual, por debajo de 2.3% esperado. La desaceleración se observó tanto en el sector terciario, que pasó de 3.0% en octubre a 2.3% en noviem­bre, y el secundario, de 2.5% a 1.8%.

Sólo las exportaciones manu­factureras, lideradas por el sector automotriz, crecen con vigor y alcanzan nuevos récords, alentadas por la buena salud de la economía estadounidense y el abaratamiento del peso. Pero no será suficiente.

Todo eso hace pensar que la SHCP corre el riesgo de errar en las expectativas de crecimiento para este año. Videgaray mantuvo el rango de crecimiento para el 2015 entre 3.2% y 4.2%. Pero algunos analistas ya empiezan a revisar sus números: Moody’s Analytics incorporó de lleno esa reducción de 0.7% del PIB y bajó su pronóstico de 3.3% a 2.5%; JP Morgan Chase lo recortó de 3.2% a 2.8% y Bank of America lo acortó de 3.0% a 2.8%. De materializarse esas expectativas de crecimiento bajo, aunado a una menor recaudación fiscal, no debe descartarse la posibilidad de nuevos recortes de gasto. Eso sin tener en cuenta el ajuste que tendrá que aplicarse en el presupuesto de 2016, una vez que se incorpore un precio del barril mucho más bajo del presupuestado para ese año. Para entonces, esperemos que el presupuesto base cero ya esté elaborado y tengan claro qué rubros del gasto son innecesarios, para poder aplicar sin miramientos el anunciado recorte.

Monedas mexicanas de cinco y 10 pesos (Foto: Reuters)

 

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