Para combatir la desigualdad es necesario entenderla, y justo por eso es que este miércoles lanzará Oxfam un estudio sobre ese flagelo en México. Y nos debe ocupar este tema si nos preocupan la vida democrática y la libertad humana.

 

La desigualdad económica es, quizás, el tema más debatido hoy en día en el mundo, y los trabajos de académicos como Atkinson, Milanovic, Bourguignon y Piketty a nivel internacional lo han puesto en la agenda de los hacedores de políticas públicas; sin embargo, aún hace falta mucho trabajo para entender sus múltiples causas y, todavía más importante, encontrar la forma de combatirla agresivamente.

Para nuestro caso, no es difícil apreciar que vivimos en un país repleto de desigualdades. En casi todos los aspectos de su vida cotidiana es posible distinguir sus efectos; vivimos en un entorno donde existen regiones tan ricas como en los países más desarrollados del mundo y en otras donde existen condiciones de marginación semejantes a las de los rincones más abandonados en África.

Podemos tratar de entenderla al observar los cambios en las distintas mediciones que pretenden capturar su existencia. México ha tenido un avance en su índice de Gini si se le compara con la misma medición hace apenas una década; sin embargo, otras mediciones como el índice Palma apuntan en otra dirección: la desigualdad sigue creciendo. También es cierto que la probabilidad de subestimar la desigualdad en el ingreso en México es alta, pues los datos existentes en encuestas de ingreso no incluyen a muchas de las personas que tienen ingresos muy superiores al 5% más rico de la población. Quizá lo más grave entre todas estas mediciones es que la desigualdad antes y después de impuestos no cambia mucho, es decir que el esfuerzo redistributivo en el país no sólo no es suficiente, sino que en muchas ocasiones el gasto público, tal como se ejerce, es regresivo.

No obstante, todo esto nos aleja de un tópico mucho más importante: la desigualdad económica no es mala sólo por sus implicaciones puramente económicas, como su relación con el crecimiento; hay razones estrictamente morales para desear una sociedad más igualitaria, una sociedad donde no sólo exista igualdad de oportunidades, sino también mayor igualdad en los resultados. Antony B. Atkinson, en su nuevo libro Inequality: What can be done? lo articula de una manera muy clara: ya que nos interesa la igualdad de oportunidades, también nos debe importar la igualdad en resultados, pues estos resultados son los que en buena medida determinan la igualdad de oportunidades en el futuro.

La desigualdad tiende a reforzarse entre sí. Las desigualdades económicas causan desigualdades políticas y, a su vez, éstas generan toda clase de desigualdades sociales. Todas se alimentan entre sí. Nos debe preocupar la desigualdad si nos preocupa la vida democrática, si nos importa la libertad humana.

Para mí, la desigualdad se manifiesta en las personas sin acceso a educación, sin acceso a la salud; la desigualdad también es no tener un empleo o que éste no retribuya un salario suficiente para mantener condiciones de vida dignas; la desigualdad es la falta de representatividad política; la desigualdad también existe en la corrupción, existe en la debilidad de nuestra democracia y en el acceso diferenciado a la justicia, y la desigualdad económica se hace social cuando la justicia se vuelve una subasta. Todas éstas son expresiones de la desigualdad.

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Cuando hablamos de desigualdad, no debemos perder de vista que ésta no sólo es cuánto dinero gana una persona con respecto a otra; también implica a lo que este individuo puede tener acceso a causa de esa diferencia de recursos.

Para combatir la desigualdad hace falta un esfuerzo conjunto de todas las áreas del gobierno y de la sociedad. Hace falta repensar la estructura económica del país y pensar en términos de políticas públicas que faciliten las condiciones para que los resultados sean más parejos de un inicio, para que exista lo que el politólogo Jacob Hacker llama “predistribución”. Tampoco debemos olvidar el rol de las políticas redistributivas; es necesario que creemos un Estado inteligente que garantice acceso a servicios y bienes públicos, y garantice una seguridad social a todos los individuos, pero sobre todo a aquellos más vulnerables.

Debemos entender que mucha de la desigualdad existe por cuestiones de economía política; el statu quo es muy cómodo y los arreglos políticos son los que permiten la existencia de muchas de las convenciones que damos por sentadas en la vida pública y que deben cambiar radicalmente si hemos de construir una sociedad más igualitaria.

Por todas estas razones, el hecho de que una organización como Oxfam –que a nivel global trata de combatir la desigualdad y la pobreza– pusiera sus ojos en México, uno de los países más desiguales, y se encuentre por lanzar una campaña denominada IGUALES el 24 de junio, es de gran importancia.

Para combatir la desigualdad es necesario entenderla, y justo ese esfuerzo está haciendo Oxfam con el lanzamiento de un estudio sobre la desigualdad en México, que puede ser encontrado en su página. La desigualdad es asunto que nos concierne a todos, pues de una u otra forma nos afecta a todos. Menor desigualdad no sólo implica una mejora en la calidad de vida de millones; implica construir una sociedad más justa.

 

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