En México, la corrupción es un secreto a voces y difícilmente es menos grave que en Brasil. Lo que no existe es un marco institucional independiente que pueda investigar a fondo a los criminales.

 

Las noticias recientes que han venido de Brasil parecen ser todas negativas. Recesión profunda, inflación alta, depreciación del real y la presidenta menos popular de la historia, entre otras. Pareciera que en comparación con México estamos en bonanza con nuestra economía que aún crece y con una inflación contenida, con todo y devaluación del peso y que somos el país “estrella” –medio desgastada, eso sí– de América Latina.

Hay, sin embargo, un aspecto en el que Brasil se ha aventurado a algo que ni de lejos hacemos en México. A raíz de una investigación conocida como Lava Jato, se ha destapado la cloaca de la corrupción como nunca antes. Miles de millones de dólares en sobornos a políticos del más alto nivel y arreglos de precios entre proveedores han salido a la luz.

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La verdad, que haya este nivel de corrupción en América Latina, no me sorprende. Lo increíble es el cambio en el marco institucional de Brasil, mismo que ha permitido que este caso se investigue a fondo. Están en la cárcel figuras de la talla de senadores o de los empresarios más importantes de la industria de la construcción. La investigación continúa, amenazando incluso la presidencia de Brasil.

Con relación a mi columna anterior aquí en Forbes México, me parece que esta investigación puede marcar un punto de inflexión a la larga. Con un resultado de este tamaño es razonable pensar que los incentivos de largo plazo respecto de la corrupción estén cambiando. Cuando un senador del partido gobernante acaba en la cárcel junto con algunos de los empresarios más ricos del país, es lógico pensar que otros que se están enfrentando a los mismos incentivos de corrupción se la piensen más en el futuro.

En México, la corrupción es un secreto a voces y difícilmente es menos grave que en Brasil. Lo que no existe es un marco institucional independiente que pueda investigar a fondo a los criminales –hay que llamarlos por su nombre– que la llevan a cabo y llevarlos ante la justicia. De hecho, un estudio reciente nos señala como el país más corrupto de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos).

Puede ser que nuestro mejor desempeño económico hoy nos haga sentir que no tenemos nada que aprender de Brasil. Yo creo que más bien debiera ser una oportunidad para reflexionar acerca del país que queremos en el futuro. Los ciclos económicos tienen oscilaciones naturales por múltiples factores. Yo creo que Brasil está haciendo algo que cambiará –al tiempo– su potencial de crecimiento de largo plazo.

Será interesante ver en la próxima década o dos qué sucede: si nuestro modelo de “nadar de muertito” en el tema de la corrupción sigue siendo mejor que la estrategia que Brasil está implementando, pagando, en cierta medida, el costo en mayor incertidumbre de corto plazo.

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