Piensen en su comedia romántica, no importa su origen sino lo que provoca cuando está en pantalla. El ritmo, el diálogo y las situaciones nos hacen amar a sus personajes, quienes, por lo general, están llenos de fallas (podrán ser atractivos físicamente o no) porque son sus desaciertos los que provocan la identificación del público. La audiencia apoya al héroe porque para llegar a la meta ha sufrido, como todos, los contratiempos del enamoramiento. El romance, en la vida real, también necesita de ritmo, diálogo y las situaciones adecuadas para triunfar.

La comedia romántica mexicana lleva años navegando por el mismo triste embarcadero: sin salir de las zonas conocidas de la ciudad, las situaciones que hemos visto miles de veces o los actores intercambiables. Hay pocos casos dentro del género que realmente destaquen del grueso (algunos trabajos de Manolo Caro o Tiempos felices, por ejemplo) y no luzcan como un extenso comercial de temporada (¡ya viste el carrazo de ese galán!).

Qué pena tu vida (2016), remake de la homónima cinta chilena del 2010, es sólo la última demostración de lo expuesto líneas arriba. La película y su guion parecen tener todos los elementos necesarios para triunfar, sin embargo, nunca logran encontrar terreno en común para producir algo entrañable o emocionante. Durante breves momentos es posible ver lo que pudo ser, pero nunca llega del todo.

Javier (José María de Tavira) repasa frente a una cámara su fallida relación con Sofía (Ilse Salas) en compañía de su mejor amiga, Andrea (Aislinn Derbez). La película propone así un juego cercano al falso documental sin abrazarlo completamente. Los extensos flashbacks se verán intercalados por las entrevistas con los protagonistas que gesticulan y exageran cada pedazo de la historia. La estructura funciona de manera similar a Maridos y esposas (Husbands and Wives, 1992), de Woody Allen, que también presentaba la carta del melodrama lleno de situaciones chistosas (ahora les dicen dramedy).

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Nuestro protagonista es un verdadero pelmazo y un reprimido emocional, ensimismado e incapaz de tomar una decisión serena, ya no correcta. Además, es malo en su trabajo, aunque inexplicablemente lo ascienden (su mayor éxito laboral nace sin intención de ser tal). Es, en pocas palabras, un verdadero cabrón. Muchas comedias románticas usan ese bello trazo personal para hacer pasar a su protagonista por un viacrucis que, necesariamente, lo hará mejor persona. Piensen en el Jack Nicholson de Mejor imposible (As Good As It Gets, 1997), quizá nunca llegue a ser perfecto, pero cambia lo suficiente para no sentirnos mal de que Helen Hunt acabe atada a su vida.

Javier no goza del mismo efecto, incluso conforme avanza la narrativa sus peores rasgos de enfatizan para ser transformados mágicamente en los últimos minutos. El tamaño sí importa (2016) tenía problemas similares, donde por designios casi divinos la trama se volvía en un ejercicio pro-feminista. Hasta Cilantro y perejil (1998), con todo y los impostados comentarios de Germán Dehesa, lograba sensibilizar a su macho protagonista.

El Javier de José María de Tavira no es macho impositivo, pero sí es un neurótico pasivo-agresivo. Que Sofía se haya librado de él es lo mejor que le pudo pasar en la vida. Es como si una mujer golpeada por su pareja regresa y perdona todo, nadie llamaría a eso romance o le parecería gracioso. ¿O sí?

 

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