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Por Eduardo Navarrete*

Debería estar penado salir de tu habitación sin haber hecho tu cama. Algo así piensan los psicólogos y científicos abocados al estudio de la conducta y sus fenómenos.

Para ellos, este gesto adaptativo que exige no más de 5 minutos y procura el espacio en el que recuperas fuerza durante una tercera parte de tu vida, es uno de los indicios más claros para evidenciar tu relación y responsabilidad con el mundo. 

La regla es universal: si lo rompes, lo compones, sin atajos ni cortapisas. De la misma forma en la que un gato limpia su arena.

Durante el proceso de creación de este texto intenté varios atajos para llegar al antídoto, porque, después de todo, ¿a quién le gusta tender la cama? Seguramente hay un plan b que no sea dejarla sin tender un mes o que alguien lo haga por ti.

Procuré mover lo menos posible toda extremidad durante la noche, me tapé tácticamente para evitar mayores pliegues e intenté dormir a lo ancho de la cama, pero lo único que conseguí fue dormir terrible y terminé haciendo la cama igual que otros días.

También vi en YouTube las ingeniosas apuestas de camas que se tienden solas, pero más me llamó la atención la manera a la que sus devotos se refieren ante sus bondades: “el desarrollo del siglo”, “el mejor invento de la historia”.

O somos flojos en busca de herramientas que solucionen lo que por lógica y decencia nos corresponde o nos hemos ido inventando tareas ajenas que escapan de un legítimo sentido humano.

Al parecer, tender la cama es uno de esos castigos naturales imposibles de evadir y de nada servirá hacerla de malas o para salir del paso: si no está bien hecha se notará. De ahí que el noble arte de doblar unas sábanas y almohadas figure como la medida de nuestro tiempo para evitar pasarnos de vivos, así como vivimos.

Sin embargo, algo tan efímero como funcional debe guardar por lo menos un misterio. Tender lo que destendiste para protegerte del frío nocturno no tendría que ser objeto de un texto, a menos que en el fondo pudiera guardar algo tan interesante como uno de tus arraigos de vida.

William G. McRaven ostenta un nombre que solo un almirante de la armada de Estados Unidos podría tener. En un evento de la Universidad de Texas dedicó un discurso a la cama.

El almirante explicó que si pretendías cambiar al mundo, el reto tendría que iniciar tendiendo tu cama. Lo explica como un principio de habituación al cumplir tareas recién inicias tu día.

Viéndolo así, hay una oculta función evolutiva al tender tu cama: en circunstancias imposibles de comprender, el orden natural de las cosas hace pasar por inofensivo dejar tu cama sin tender.

Veámoslo de manera práctica: ¿cómo confiarle tus finanzas, tu empresa o un proyecto a alguien que no tiene construido un hábito tan simple y a la mano como este?

Si es cierto que somos máquinas de construir hábitos, vale hurgar el principio y el fondo de esta predilección de la conducta. Podríamos resumirlo en 4 puntos:

  • Impresión mental

Todo empieza con una imagen, sensación o pensamiento que toca la experiencia, por inofensiva o ligera que parezca.

  • Tendencia

Gracias a la familiaridad y a la repetición de ese estímulo se fortalece el vínculo con dicha impresión.

  • Hábito

La reiteración ha sido constante y se acopla a nuestro sistema como algo familiar y hasta automático. Incluso ni se cuestiona.

  • Estilo de vida

El pensamiento o conducta pasa a ser parte del estilo de vida de la persona. Incluso hay quien supone que lo define, siendo que hubo un momento en el que le era ajeno.

De aquí se desprenden conjeturas como:

  • Toda impresión mental es importante, por menor que parezca.
  • Para deconstruir un hábito se inicia igual, por una impresión mental.
  • ¿Al formarnos hábitos perdemos capacidades espontáneas?
  • ¿Qué estás perfeccionando de manera automática en este momento?

Hoy, que el tiempo es medido con repeticiones de clics, se abre la oportunidad de entender que, así como se hace una cama, se extienden sábanas sobre el mundo. ¿O qué puedes esperar de tus proyectos de largo plazo si no cuentas al menos con el hábito de atender una de tus más básicas y elementales necesidades?

Tender la cama acaso apunte al mismo punto que cepillarte los dientes, hacer ejercicio, cerrar la tapa del WC, guardar la ropa y demás reglas no escritas que para unos confirman el estado domesticado del Homo Sapiens.

Para otros seguramente representa el principio de una persona confiable e íntegra, madura y socialmente respetable.

En cualquiera de los casos, y en la intimidad de tu habitación, podrías llegar a no querer levantarte de la cama. Algo soñado por varios, odiado por quienes no se atreven y padecido por los que lo llevan a cabo. Si esto fracasa, es posble que hacer tu cama tenga un costo menor (y hasta podrías pensar, mientras la tiendes, que el estado de vigilia debería ser objeto de controversia).

Lo curioso de tener una perspectiva global es que terminas transportando la visión de tu cama al mundo. Quieras o no.

Contacto:

Eduardo Navarrete es administrador de bienes intangibles (periodista, administrador público y fotógrafo). Se especializa en dirección editorial, Innovación y User Experience. Es cabeza de contenido en UX Marketing y cofundador de Mind+, arena de entrenamiento para la atención plena empresarial.*

Twitter: @elnavarrete

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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