Los Castro han entendido mejor que nadie la política internacional y la han manejado hábilmente para mantener la existencia del Estado cubano.

 

 

 

Tras la más reciente reunión de la Conferencia de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en la Habana, Cuba, pareciera escucharse la arenga que en los 60 recorría América Latina: “Fidel, Fidel, que tiene Fidel que ni los americanos pueden con él”. Si bien desde el 18 de febrero de 2008 ya no es el depositario del poder en Cuba, sí lo es su hermano Raúl, el estratega militar que rechazó el intento de invasión de Bahía de Cochinos y uno de los iniciadores de la revolución cubana.

Los Castro han entendido mejor que nadie la política internacional y la han manejado hábilmente para mantener la existencia del Estado cubano; la independencia de la Isla con relación a los Estados Unidos; la continuidad del sistema y por consecuencia la permanencia de ellos mismos en el poder.

Durante su estancia “clandestina” en México, Fidel Castro supo ganarse la simpatía de diversos políticos, entre ellos la de Fernando Gutiérrez Barrios, el temido director de la extinta Dirección Federal de Seguridad.

Meses antes de embarcarse en el Granma, los revolucionarios fueron detenidos por la DFS, evitando que la CIA y los agentes del dictador Fulgencio Batista atentaran contra ellos. A los pocos días los liberó y dio largas a las solicitudes de extradición de Cuba y Estados Unidos. Gracias a ello, el gobierno comunista de la Habana, que una vez triunfante la revolución envió brigadas de liberación al Congo y Bolivia (encabezadas por el Che Guevara) se negó siquiera a entrenar guerrilleros mexicanos.

Otro aliado influyente fue Carlos Hank González, líder fundador del grupo político que hoy gobierna México, mismo que en los pasillos se ha dado en llamar el Grupo de Atlacomulco y del que emanó el actual presidente del país, Enrique Peña Nieto. De Venezuela el entonces diputado Carlos Andrés Pérez  y de Costa Rica el caudillo de la guerra civil José María Hipólito Figueres Ferrer, apoyaron la gesta militar.

Ya triunfantes, los Castro se aliaron oportunamente con la Unión Soviética. Dicho acuerdo llevó a la colocación de misiles con cabezas nucleares en la isla que apuntaban a Estados Unidos, lo que derivó en la llamada crisis de los misiles de 1962, el momento más cercano del mundo a una guerra nuclear.

A decir de Robert McNamara, entonces secretario de la Defensa, el propio Fidel Castro le confesó, años después, que los misiles se encontraban armados y que él mismo le sugirió al dirigente soviético Nikita Kruschev que los disparara. Pero no sucedió, la crisis se detuvo, Estados Unidos se comprometió a nunca invadir Cuba, la URSS retiró los misiles y se instaló la base militar estadounidense en Guantánamo. En ese mismo año se expulsó a Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Cuba se convertiría así en un actor de primer nivel y en una piedra en el zapato para Estados Unidos que, tras expulsar en el siglo XIX a los españoles, instauró la enmienda Platt donde obligaba a la Isla a reconocerles el derecho de intervenir para garantizar su independencia además de controlar la producción de azúcar entre otros temas. De ahí que la Revolución Cubana pese tanto en el ánimo de la potencia hegemónica global.

Con el fin de la Guerra Fría y la enfermedad de Fidel parecía que Cuba saldría finalmente del concierto  político. Incluso el México de la transición se distanció del gobierno de la Habana, primero por la falta de diplomacia (exceso de ignorancia) de Vicente Fox, quien infligió una grave ofensa al mandatario cubano y segundo por una política de Estado que condenaba la falta de democracia y la violación de los derechos humanos en aquel país, lo anterior en supuesta concordancia con los principios ideológicos de la derecha mexicana. Así los dos presidentes panistas que tuvo México se sumaron a la larga lista de mandatarios que desaparecieron del mapa y se quedaron con las ganas de ver caer a Fidel.

Durante la pasada reunión de la Celac, que parece ha venido a sustituir a la OEA pero sin Estados Unidos se anunció en la declaratoria que se apoyará el proceso de descolonización en América Latina empezando por Puerto Rico. Sí, los Castro saben cómo hacer las cosas, medio siglo después de haber sido expulsados de la OEA –por un grupo de países gobernados por dictaduras militares impulsadas por los Estados Unidos, que acusaban a los cubanos de tiranos comunistas– reciben a esos mismo países en una cumbre de integración alterna y proponen diplomáticamente acabar con la tiranía y el colonialismo, un mal que debió haber desaparecido por completo tras la segunda guerra mundial.

Cuba sigue exportando la Revolución.

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