¿Por qué hay tan pocos líderes natos que muevan conciencias, que innoven y trascienden en la historia?

 

Por increíble que parezca, todo lo que sucede o deja de suceder en el mundo tiene relación entre sí. Pareciera que es una frase que salió de una película de ciencia ficción que busca tejer historias sin ton ni son, pero la verdad me sigue sorprendiendo lo interconectados que estamos los seres humanos con factores tan dispares como el de la naturaleza, fenómenos meteorológicos y por supuesto con el propio comportamiento humano.

Pensar que las multitudes tienen una relación con los líderes es un buen punto a considerar la próxima vez que queramos preguntarnos por qué hay tan pocos líderes natos que muevan conciencias, que innoven y trascienden en la historia.

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Los gurús dirán que los líderes se hacen y que llegan a los puestos que llegan por la energía y motivación que inyectan en su público. Otros más aseguran que los líderes son personas con visión y con la convicción de que pueden influir en los demás. Y un pequeño grupo cree que los líderes lo son por obra y gracia divina.

Todas las teorías de liderazgo, creo, tienen una parte de verdad, aunque me siguen quedando dudas de la versión de los designios divinos para ser líder, pero eso luego lo hablaremos.  Sin demeritar el trabajo de investigación de los gurús, creo que hay una parte de la historia que no se ha tomado muy en serio: los líderes son escasos porque el comportamiento humano —y unas gotas de ciencia— así lo han decidido.

¿Cómo? ¿Es decir que los hábitos de la gente efectiva, más los que se han quebrado el coco buscando su queso, más los liderazgos nivel 5 se van al bote de basura orgánica? Pues podría afirmar, sin temor a equivocarme, que sí.

Y es que fíjate, lector, que me encuentro un dato muy revelador surgido de investigaciones a grupos de animales y llevado a multitudes humanas. Los grupos de personas, surgidos de forma espontánea, sin un patrón de comportamiento aparente, han llamado la atención de los científicos, sobre todo por la forma en la que se organizan entre ellos y logran sus objetivos.

Científicos de la Universidad Humboldt de Berlín y de la Escuela Técnica Superior de Lübeck, comenzaron a buscarle pies y cabeza al comportamiento de los grupos de animales. Querían encontrar una explicación de por qué una bandada de pájaros, de cientos o miles, se mueven sincrónicamente. Por qué un banco de peces es tan organizado que todos se mueven a la par en las profundidades del mar. O por qué un grupo de personas en la calle se comporta de forma tan parecida a la de los animales en colectivo.

Los científicos trazaron tres principios de la que llaman inteligencia colectiva, y que permite a los animales trabajar en grupo: 1.- permanecen en movimiento; 2.- mantienen la distancia entre sí, y 3.- no se separan del grupo.

Luego, uno de los investigadores que estuvo al cargo de los estudios, el Profesor Jens Krause, dio la clave que nos permitiría entender la relación entre las multitudes y los líderes. Junto con su hermano, también investigador, Stefan Krause, dedicó tiempo a observar el comportamiento de peces. Pero el experimento no fue nada más de sentarse frente a una pecera y ya.

Los hermanos Krause quisieron llevar la investigación más allá: con un pez robot probaron qué tan fácil era influenciar al banco de peces.  La conclusión, sorprendente: “Entre un cinco y diez por ciento de los miembros indican al grupo la dirección”, suelta, sin temor a equivocarse, Stefan Krause, informático.

Y por supuesto, ese mismo patrón de conducta se repite, con mínimas variantes, en los humanos. Por su parte Jens afirma: “La gente suele hacer lo que hacen los demás sin quererlo”. Pero, ¿cómo se comporta un grupo más grande de personas, como por ejemplo un edificio? La respuesta no varía e incluso nos ayuda a confirmar la teoría de los hermanos Krause.

Los Krause afirman que al momento de evacuar un edificio no es necesario que todos sus habitantes tengan toda la información de hacia dónde dirigirse y moverse. Los investigadores siguen sosteniendo sus cifras: con que un 5% o 10% de las personas del edificio tenga ese conocimiento, es más que suficiente.

El flujo informativo entre  los integrantes del grupo se replica, de nueva cuenta, por igual entre animales y humanos. Entre individuos de mismo nivel o jerarquía la comunicación se acentúa más y hay mejor flujo de información, sostienen los hermanos Krause.

Otro ejemplo, este explicado por el físico Tamàs Vicsek quien se dedicó a investigar olas humanas de los estadios, esas que vemos en los momentos más climáticos del futbol.  Vicsek encontró que en estadios de más de 50,000 personas, para que la ola se realizara con éxito, era necesario que al menos 25 espectadores levantaran las manos y comenzaran a hacer la ola.

Las cifras no mienten: un 5% de las personas decide qué hace el 95% restante. ¿Por qué no hay tantos líderes como nos gustaría ver? Por la naturaleza misma. Y con ello no se puede jugar mucho. Ni modo, perdón, gurús de liderazgo.

 

Twitter: @miguelcolunga1

 

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