¿Quién es el dueño de mi identidad digital? Cuestionaron los Congresistas estadounidenses a Marck Zuckerberg durante la comparecencia que el CEO de Facebook hizo respecto del complicado caso de Cambridge Analytica. Cada uno es dueño de su personalidad digital, respondió el empresario.

Y aunque la respuesta es una verdad a medias, no deja de ser inquietante la forma en la que señala como los conceptos de lo público y lo privado se difuminan en el espacio digital. Si tenemos que preguntarnos quién es el dueño de todo lo que comparto en mis redes sociales, es porque hasta el momento no queda claro si mi presencia digital me pertenece o forma parte de un entramado que construye un mercado de datos, que lo mismo sirven para vender zapato, que para ganar una presidencia.

No bien terminaba la comparecencia, Facebook publicaba nuevas reglas para los anunciantes que trabajan con los datos personales de los usuarios de la plataforma. En esencia, prometían cuidar mejor nuestros datos.

Una responsabilidad que recae tanto en los usuarios, como en las plataformas.

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Por una parte, es cierto que una persona decide los tipos de contenidos y las filiaciones que comparte digitalmente y decide, bajo los principios de las plataformas, con quienes interactúa (marcas e instituciones incluidas). Decide, además, hasta donde puede extender los límites de lo privado y lo público; y decide hasta donde sus contactos seremos testigos de cómo va al banco, realiza una serie de ejercicios en el gimnasio o desayuna sanamente. Actos que podrían ser intrascendentes, pero que hoy tienen más espectadores que un programa de televisión.

Las redes sociales detonaron al voyerista/exhibicionista que todos llevamos dentro. Nos permitieron alcanzar los cinco minutos de fama de los que hablaba Warhol y nos dieron una pantalla con espectadores incluidos. Fuimos muy ingenuos al creer que era gratuito.

Y esa es precisamente la verdad con la que el Congreso estadounidense enfrenta a la red social más grande e influyente del mundo, con preguntas que más que revelar la naturaleza de la empresa y los datos que se obtuvieron, nos muestran que tanto desconocimiento hay sobre el mundo digital.

Facebook ni ninguna otra red social son gratuitas: se cobran con nuestros datos y tienen años haciéndolo. Y nosotros tenemos el mismo tiempo pagando el costo. El asunto es que hasta ahora nos dimos cuenta de que nuestra información es valiosa y que quizá no era tan buena idea compartirla con todo el mundo.

Si Cambridge Analytica no hubiera ayudado a llegar a la presidencia de Estados Unidos a una de las figuras más odiadas y controversiales de la actualidad, posiblemente el escándalo no hubiera sido tan grande como ahora. La intervención rusa, las noticias falsas y la creación de tendencias políticas son el blanco de los cuestionamientos.

El asunto es que cuando Facebook fue diseñado, estaba pensado para que una empresa pudiera colocar de manera “natural” productos y servicios de acuerdo con nuestros hábitos de navegación y nuestro estilo de vida de forma casi automatizada. Intercambiar las mercancías por discursos políticos y candidatos era cuestión de tiempo.

El mea culpa que Zuckerberg dio ante el Congreso, hizo eco en el mundo a través de una campaña que pretendía que cerráramos nuestras redes sociales (#deletefacebook), sin embargo, no tuvo la repercusión esperada porque al final el mundo entero vive en un FOMO permanente.

Llevo 11 años compartir mi vida en Facebook, entiendo perfectamente la forma en la que se utilizan mis datos y, por tanto, trato de tener un comportamiento moderado frente a todo el alud de información publicitaria y propagandística que me rodea digitalmente. El punto no es renunciar a la tecnología, sino entender sus implicaciones y crear las normas y leyes necesarios para protegernos de aquello que estamos lejos de entender.

 

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