No importa a qué te dediques, este tipo de estrés vive en ti. Y cuando tu pensamiento es empañado por la preocupación estás propenso a tomar decisiones financieras equivocadas.

 

En nuestro lenguaje diario llamamos “estrés” a cualquier estado en el que sentimos tensión, presión o agobio; por ejemplo, cuando las cosas en el trabajo o en el negocio no funcionan como quisiéramos y se van complicando cada vez más y más, y sentimos la amenaza de que algo puede salir mal y que vamos a fallar en nuestra misión o en nuestro proyecto.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre el estrés laboral y el estrés financiero. El primero se debe a las presiones del trabajo, del jefe, de los clientes, de los compañeros, de los plazos de entrega, etc., pero al final, cuando sales de ahí y llegas a tu casa, con tu familia, con amigos o con tu pareja, quizá sientas un alivio. La fuente del origen quedó atrás, al menos temporalmente, y puedes relajarte un poco.

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Por el contrario, el estrés financiero lo traes puesto todo el tiempo. Cuando tienes una deuda, cuando no tienes dinero suficiente, cuando pierdes tu trabajo o alguien que te iba a pagar no lo hace, se genera un estado que cargas todo el día. No importa si estás en tu oficina, en tu negocio o en tu casa con tus seres queridos, es terrible, y entre más piensas en la situación, más crece la tensión.

Las personas que laboran en una empresa o comercio tienen que llevar dinero a su familias; los que tienen un negocio, tienen además la presión de pagar la nómina y a sus proveedores; los que trabajan de forma independiente, viven con la incertidumbre de saber de dónde saldrá su próximo ingreso. No importa a qué te dediques, el estrés financiero vive en ti de una u otra forma, y en alguno, varios o demasiados momentos de tu vida.

Y la pregunta es: ¿nos tenemos que resignar a vivir así, con esa terrible sensación de estar preocupados y angustiados? Mucha gente pierde el sueño y despierta varias veces para mortificarse cada vez más por la misma situación, y entre más piensa más parece alejarse de la solución. Podría, entonces, suceder que las personas con estrés financiero sean más propensas a tomar decisiones financieras equivocadas, pues su pensamiento está empañado por la preocupación; por ejemplo, los que “destapan un hoyo para tapar otro”, y lo único que consiguen es hacer más larga la agonía.

Peor aún, existe gente que acude a remedios que en lugar de reducir el estrés, lo incrementan, como fumar, tomar, comer, ir de compras, ver televisión o enfocarse en actividades sociales o diversiones (fiestas, parrandas, reuniones) para buscar alivio. Un gran monje budista dijo una vez: “Al ser humano le encanta sufrir sólo porque se siente tan bien cuando cesa por un momento.” Pero el alivio no es la cura. Dejar de sentir ese estrés financiero por un momento no quiere decir que ya resolvimos la situación. De hecho, algunos remedios que producen alivio pueden generar que regrese con más fuerza todavía.

¿Qué hacemos entonces? En primer lugar, debemos tener presente que siempre vamos a tener una cierta cantidad de estrés y hemos de aprender a vivir con ella; eso le pone un poco de emoción y pasión a la vida, lo que nos indica que estamos explorando fuera de nuestra zona de confort y que estamos creciendo o aprendiendo algo. Lo malo, quizás, es la cantidad: cuando el estrés afecta nuestras vidas, a nuestros seres queridos, cuando nos cambia el humor, no nos deja dormir y hasta nos enferma.

Evidentemente, lo que se nos ocurre es que para tener esa cantidad moderada de estrés tendríamos que cambiar nuestra situación (mejorando nuestras finanzas personales) y vivir tan holgadamente como lo hemos soñado, lo cual no siempre es algo rápido de lograr. Afortunadamente, mientras lo hacemos también podemos aplicar otros métodos que, en mi opinión, no sólo alivian el estrés de forma temporal, sino que lo reducen gradualmente si somos consistentes.

Algunos remedios muy populares que funcionan hasta cierto punto y para ciertos grados de estrés son: el ejercicio, la música, aromaterapia, terapias, ejercicios de respiración, masajes, tés, medicamentos bajo prescripción profesional, rezar (en el sentido de “pedir”), etc.

En mi opinión, los remedios (menos populares) que funcionan mucho mejor y de una forma asombrosa, si se practican de forma consistente y con mucha perseverancia, son: meditación, yoga, planeación, aceptación, humor, abrazoterapias, sexo con amor, actividades familiares con armonía y la oración (en el sentido de “agradecer”).

Sin exceso, pero con una práctica regular, estas soluciones funcionan –entre otras cosas– porque te ayudan a ver las cosas como son, y no peor de lo que ya son; es decir, te ayudan a tener una nueva perspectiva, no sólo de la situación financiera por la que atraviesas, sino de tu vida entera. Algunas de estas soluciones funcionan mejor para unas personas que para otras, y varias de ellas requieren de una técnica o instrucción adecuada (por ejemplo: el yoga o la meditación). Así que, si te interesa reducir tu estrés financiero, ¡a romper paradigmas!

Por supuesto que éste no es un artículo médico ni algo parecido. Simplemente es una serie de reflexiones que pongo a tu consideración, por si te interesa probar alguna. Sólo sabrás si funcionan cuando las practiques de forma consistente. ¡Buena suerte!

 

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