Por Nora Méndez*

Los últimos días han estado llenos de discusiones y manifestaciones públicas en torno al racismo, desatados por el abuso policial sufrido por el afroamericano George Floyd hace unas semanas. Es imposible no estremecerse ante la escena mil veces repetida en todos los medios en la que, ante nuestros ojos, veíamos cómo se le escapaba la vida, mientras gritaba que no podía respirar.

Pero también, porque sabemos que es solo uno de los miles de casos que dan cuenta de un sistema que no ha logrado superar los prejuicios que están detrás de este actuar ignominioso. ¿Y el nuestro?

Llama la atención que, en México, cuando algunas personas quisieron abrir el debate sobre el racismo que se vive en nuestro país, haya habido tanto rechazo por abordar la discusión sobre las formas en que éste se manifiesta en nuestra nación; aún más, por siquiera reconocernos como una sociedad con algún rasgo racista, clasista o discriminador.

Y es ese el primer síntoma de que sí lo somos: nos duele reconocerlo porque nos cuestiona; porque pone en entredicho nuestros privilegios, que estamos dispuestos a defender a muerte como legítimamente ganados con el sudor de nuestra frente.

Puede que sí, que hayamos batallado mucho por llegar a donde estamos, pero eso no excluye que muchos más no hayan podido avanzar en la vida debido a condiciones estructurales que, de entrada, no les permiten siquiera asomarse a las oportunidades que nosotros tuvimos.

Debemos reconocer que son muchas las barreras que una gran proporción de la población mexicana enfrenta a lo largo de su vida y que determinan las oportunidades a las que puede acceder: deficiente nutrición en la primera infancia; un sistema educativo público con calidad cuestionable y cobertura insuficiente; trayectorias académicas truncadas por la necesidad de comenzar a trabajar desde muy jóvenes; escasos empleos de calidad y bien pagados; un sistema de salud y, en general, de protección social, fragmentado, comprometido, si no es que desmantelado…

La desigualdad socioeconómica que hoy vive nuestro país es producto de una serie de condiciones estructurales, pero también culturales, que impiden el acceso equitativo a las oportunidades. El racismo-clasismo es claramente una de ellas.

Estudios como Por mi raza hablará la desigualdad, de OXFAM México, nos hablan de cómo la desigualdad de oportunidades se acentúa para los mexicanos -y, aún más, para las mexicanas- con un color de piel más oscuro, ya sea indígenas o afrodescendientes.

Dicha discriminación es reflejo de una cultura del privilegio en la que se cimenta y perpetúa la desigualdad en América Latina, que tiene sus orígenes en la época colonial, cuando los indígenas fueron despojados de todo bien y derecho.

El problema es que, a lo largo de los siglos transcurridos desde entonces, no hemos hecho mucho por corregirlo y, por el contrario, lo hemos reproducido en instituciones, reglas y prácticas, que hemos interiorizado de tal forma, que ya nos resulta difícil reconocer.

Ver como algo natural que ser indígena sea sinónimo de ser pobre; subirnos hasta lo más alto de nuestro árbol genealógico para presumir nuestros orígenes europeos y negar los nativos; frases como “la culpa no es del indio, sino del que lo hace compadre”; “es morena, pero guapa”, o utilizar como insultos palabras como indio o prieto… son solo algunas muestras de nuestro racismo en la cotidianeidad.

Dejemos ya de entretenernos en si alguien tiene derecho o no a hablar en un foro de la Conapred o si alguien más conoce o no a esta institución; abramos ya la discusión sobre las profundas imbricaciones del racismo en nuestras instituciones y prácticas cotidianas. De cómo este influye en la movilidad social y en el pleno desarrollo de México.

Hoy estamos frente al enorme reto de superar una crisis que requerirá que replanteemos muchos de nuestros paradigmas, buscando líneas de actuación que nos permitan entrelazar esfuerzos para salir adelante.  Aprovechemos para develar y reparar algunas de las fallas estructurales que hemos venido arrastrando, de manera que todos estemos incluidos. Empecemos mirándonos al espejo y reconozcamos nuestra contribución a la proliferación de estas prácticas inicuas, ya sea de manera consciente o inconsciente, y abracemos, al fin, la riqueza de la diferencia.

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LinkedIn: Nora Méndez

*La autora es Directora de Fundación Aliat – Aliat Universidades.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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