Los principales bancos centrales del mundo se han embarcado en otra oleada de expansión monetaria para ayudar a una recuperación que vuelve a languidecer. Wall Street, y otras bolsas, están muy infladas, mientras que la recuperación económica avanza a ritmo lento. 

Por José Miguel Moreno

La economía global se encuentra en un nuevo atolladero. Otro de esos a los que ya nos hemos malacostumbrado desde que el estallido de la burbuja inmobiliaria, y posterior quiebra de Lehman Brothers, desembocó en la actual crisis económica y financiera.

El reconocimiento explícito de que las cosas andan mal no sólo se manifiesta por las recientes revisiones a la baja en las expectativas de crecimiento mundial realizadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), en las que el organismo recortó su pronóstico de crecimiento para todas las regiones del mundo, salvo Japón.

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También quedan en evidencia al constatarse que los banqueros centrales, preocupados por el rumbo de la economía, se han vuelto a arremangar la camisa y están inmersos en otra oleada de inyecciones monetarias globales en un nuevo esfuerzo por impulsar una recuperación que da señales de languidecer.

El diagnóstico que hacen del cuadro macroeconómico mundial es tan preocupante que, cuatros años y medio después de la bancarrota de Lehman Brothers, la disyuntiva no es tanto si se deben de empezar a retirar los colosales estímulos monetarios que han recetado desde que empezó la crisis económica, sino si los deben de aplicar con mayor intensidad por miedo a que la situación del paciente se agrave antes de que mejore. Y esa senda es la que han tomado en las últimas semanas.

Japón y la “trampa de la liquidez”

El primer país que prescribió aumentar el arsenal monetario como solución a sus problemas fue Japón. Y lo hizo tan pronto como llegó al poder el Primer Ministro, Shinzo Abe, en diciembre del año pasado.

Desde entonces, el país del sol naciente irrumpió en la escena internacional con una agresiva política de expansión monetaria y fiscal, destinada a sacar a la economía nipona de veinte años de estancamiento, deflación y “trampa de liquidez”.

Su objetivo es claro: duplicar la base monetaria de aquí a dos años, con el fin de elevar la inflación hasta 2%, comparada con una deflación de 0.5% registrada en marzo, lo que supuso una racha de cinco meses consecutivos de caídas en los precios subyacentes. Y lo que provocan los descensos en el nivel general de precios es que los consumidores pospongan sus decisiones de gasto al prever que en el futuro los bienes y servicios serán más baratos, lo que a su vez deprime la actividad económica.

Para revertir esa situación, el Banco de Japón instauró un programa de compra de bonos de largo plazo y Fondos Negociables en el Mercado (ETF, por sus siglas en inglés), por un monto anual de entre 60 y 70 billones de yenes.

El programa, si bien aún no ha funcionado para elevar la inflación, sí ha servido para depreciar al yen, espolear las exportaciones, aumentar las perspectivas de crecimiento económico y sacudir al Nikkei, que ha trepado desde niveles inferiores (de los 9,000 pts en noviembre a casi 14,000 pts a finales de abril).

Eso sí, la rápida depreciación de yen, que en el año se ha desplomado más de 11%, ha generado malestar en la región. Los principales socios comerciales de Japón acusan al gobierno de Shinzo Abe de dirigir una burda manipulación cambiaria. Corea del Sur hasta llegó a decir que la rápida caída del yen era más peligrosa que las amenazas nucleares de su vecino del norte, por lo que el G-20 tuvo que dar su respaldo expreso a las políticas de Japón y poner orden en el patio.

EU y la restricción fiscal

Luego fue el turno de Estados Unidos, cuya economía ha estado pegando algunos bandazos en los últimos tiempos. El PIB prácticamente se estancó en el cuarto trimestre del año pasado, cuando debido al paso del huracán Sandy apenas se expandió 0.4%. Pero el inicio de año fue boyante, con indicadores especialmente firmes en el sector de la vivienda, componente en el que se gestó la crisis y cuya reactivación es clave para la recuperación general de la economía estadounidense.

Eso hizo pensar que por fin lo peor quedaba atrás. Y dentro de la Fed algunos altos funcionarios empezaron a proclamar que era el momento de reducir e incluso detener el programa de compra de activos, mediante el cual se están imprimiendo 85,000 millones de dólares al mes.

Pero llegaron los datos de marzo y abril y resultaron mucho peor de lo previsto, lo que volvió a suscitar dudas sobre la salud de la recuperación. El nuevo bache se atribuye, en buena medida, a la subida de impuestos de principios de año y al inicio del llamado “secuestro fiscal” en marzo, que significó el comienzo de una política desordenada de recorte de gasto para encauzar las cuentas públicas ante la falta de acuerdos entre demócratas y republicanos para trazar un plan de ajuste fiscal mejor diseñado.

Por tanto, el dato del PIB para el primer trimestre, si bien rebotó a 2.5%, lo hizo menos de lo previsto por los analistas (2.8%), lo que se une al sentimiento de que la economía terminó con poco ímpetu el primer trimestre del año y así inició el segundo.

En consecuencia, la Fed avista riesgos a la baja sobre las expectativas de crecimiento, tal y como indicó en el último comunicado de política monetaria, como resultado, en gran medida, de una política fiscal más restrictiva.

Pero no es sólo eso: la inflación en Estados Unidos, medida por el indicador que más le gusta a la Fed, el deflactor implícito subyacente del gasto de consumo, se ha vuelto a deprimir y amenaza de nuevo con entrar en una etapa de deflación. ¡Justo de lo que huye Japón! Y cada vez que ese peligro ha pendido sobre la cabeza del presidente de la Fed, Ben Bernanke, éste no ha dudado en responder inundando a la economía con dinero fresco.

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Riesgos de deflación en países desarrollados.

Por tanto, y para contrarrestar los riesgos de debilidad económica y los temores deflacionarios, el presidente de la Fed y la mayoría de sus colegas, prometen seguir inyectando dinero al sistema financiero el tiempo que haga falta, e incluso aumentar la dosis si es necesario. El debate interno sobre la necesidad de empezar a retirar los estímulos monetarios se ha templado y parece imponerse la visión de Bernanke de que, por ahora, los beneficios de seguir imprimiendo dinero y ampliar la hoja de balance son mayores que los costos.

La timidez del BCE

Y al final se sumó también el Banco Central Europeo (BCE), el más reticente a intervenir bombeando liquidez a la economía con el objetivo de ayudar a la recuperación. Sin embargo, la profunda recesión en la que está sumida el sur de Europa, el estancamiento de Francia y la desaceleración alemana, forzó finalmente al BCE a recortar las tasas de interés a principios de mayo, cuando las redujo de 0.75% a 0.5%.

Ahora bien, el BCE se resiste a embarcarse en programas de compra de activos como los del Banco de Japón, la Fed o el Banco de Inglaterra, y estudia mecanismos alternativos para reactivar el crédito al consumo y la inversión. Pero de momento, y pese a la urgencia por hacer algo por ayudar a las pequeña y medianas empresas que tienen cerrado el acceso al crédito, hay pocos planes. A juicio de Mario Draghi, presidente del BCE, lo más que pueden hacer es volver a bajar en el futuro la tasa de referencia o imponer una tasa negativa sobre los depósitos que las instituciones financieras tienen en el Banco Central, para que muevan ese dinero.

Pero haría falta hacer más. La situación en el Viejo Continente es calamitosa, y en los países de la periferia no tiene pinta de que vaya a mejorar en el corto plazo. El PIB de la eurozona se ha contraído en los últimos cinco trimestres y la tasa de desempleo se alzó a un nuevo máximo histórico en marzo, al trepar a 12.1%, lo que arroja un número total de desempleados 19.2 millones.

Aunque el presidente del BCE prevé una recuperación para la segunda mitad del año, el pronóstico ha ido perdiendo credibilidad. Pero además también allí los riesgos de deflación son notorios. En abril, el índice general de precios se relajó a 1.2%, comparado con 1.7% en marzo, y es la tasa más baja desde febrero de 2010.

Por todo esto, el BCE se sumó a la ola de expansión monetaria global, pero tarde y con mucha más timidez de lo que lo ha hecho el Banco de Japón y la Fed.

En otros rincones del mundo, la situación es también delicada. China, que se ha erigido como motor de la recuperación económica global durante buena parte de esta crisis, ha frenado su ritmo de expansión respecto a lo observado en el pasado e incluso crece menos de lo previsto. En el primer trimestre, el PIB de China se expandió a una tasa de 7.7%, comparado con 8% que estimaba el consenso del mercado. Allí, la conducción de la política monetaria es complicada, pues procuran relajar las condiciones monetarias al tiempo que pretenden desinflar la burbuja inmobiliaria sin que les estalle una crisis.

Banxico puede najar más

En América Latina, México resiente también las dificultades de Estados Unidos para crecer, y su economía ha entrado en una senda de desaceleración que ha obligado a Banco de México (Banxico) a reducir las tasas de interés de 4.5% a 4%, con opciones de llevar la tasa de referencia más abajo en un futuro cercano.

En este contexto internacional de una política monetaria extremadamente laxa, sólo es cuestión de tiempo que Banxico baje las tasas de interés de nuevo, para ubicarse en un rango entre 3% y 4%, luego de que se disparara a principios de año como resultado del alza de los precios de las frutas y verduras y del incremento del transporte público en la Ciudad de México.

Sin embargo, con las expectativas inflacionarias controladas, con la economía creciendo por debajo de su potencial, y con los flujos de inversión entrando a raudales en México atraídos por unas tasas de interés más atractivas que en el resto del mundo, lo que ha derivado en un fortalecimiento del peso que empieza a dañar a las exportaciones, las bases están puestas para que Banxico vuelva a reducir las tasas de interés, si las cosas no se tuercen, durante la segunda mitad del año.

¿A dónde va el dinero?

La economía global, por tanto, sigue renqueante. Sin embargo, y casi de manera paradójica, el Nikkei ha volado en los últimos meses y el Dow Jones y el S&P’s 500 han trepado a nuevos máximos históricos.

¿Cómo se explica esta euforia bursátil si la economía crece por debajo de su potencial, el desempleo es alto, los salarios permanecen deprimidos y los ingresos de las compañías están decepcionando? Si no vivimos una etapa de gran efervescencia económica, ¿por qué este desenfrenado rally bursátil?

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La respuesta se encuentra, ni más ni menos, en las toneladas de dólares, yenes, euros y libras esterlinas que han descargado los bancos centrales a los mercados financieros. No es casualidad que sean el Nikkei y el S&P’s 500 los grandes triunfadores en los mercados globales en estos días, si son el Banco de Japón y la Fed los más agresivos a la hora de imprimir billetes.

Ahora bien, los recursos que están inyectando los bancos centrales no se están canalizando al crédito, a la actividad real, al empleo y al crecimiento, sino a los activos financieros, esto es, a los bonos y a las acciones y, en menor medida, a las materias primas.

Y cada vez más este rally parece hecho de cartón y piedra, sin sustento real, y se asemeja a esa situación que una vez el ex presidente de la Fed, Alan Greenspan, llamó  “exuberancia irracional”, dado que las cotizaciones se alejan de lo que está justificado por el crecimiento de la economía y de los beneficios corporativos.

Se dice que si camina, sube, y se infla como una burbuja, es que es una burbuja. Y puede seguir agrandándose en tanto los banqueros centrales sigan regalando el dinero. De momento, la regla de los banqueros centrales es que ante cualquier atisbo de debilidad o de riesgo deflacionario, la respuesta sea dar más dinero barato. Pero algún día esa dinámica cambiará, la burbuja estallará y la banca central no tendrá munición para responder a la nueva crisis. Pero ésa ya será otra historia.

 

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