Los procesos de toma de decisiones son complejos. A lo largo de la vida profesional, uno se topa con una multitud de personas, nos enfrentamos a diversos proyectos y casi en forma automática las empezamos a clasificar. La duda se enciende y nos preguntamos si todo lo que brilla es oro, si lo que nos están planteando es tan bueno como parece, si la persona que tenemos enfrente es todo lo que dice ser. Sólo los ingenuos se ahorran estos planteamientos. El cerebro comienza una actividad rápida, como la de una centralita telefónica, nuestra mente actúa como un archivero. Abrimos y cerramos cajones, para distinguir a los sabios, a los prudentes, a los arriesgados, a lo conveniente, a lo viable, a lo desagradable, a lo inevitable y a partir de ellos tomamos decisiones. Son las primeras impresiones las que nos guían en este impulso clasificatorio, en ocasiones todo es muy claro, no hay dudas, otras titubeamos. Así lo hacemos. Es curioso, mucha gente que se presenta como ultra inteligente o proyectos que nos venden como la última maravilla del siglo, pueden ser clasificados en un cajón incorrecto. ¿Cómo saber si nos están vendiendo espejismos?

La respuesta rápida es mirar a los sustentos y valorar. El análisis siempre es una buena opción. La verdad, no siempre es tan sencillo. Nada que valga la pena es fácil. Hay muchas personas que actúan con una pedantería inconmensurable y, a pesar de tener cero logros en que sustentarse, van con la vida con el ego inflado a pesar de que la evidencia nos muestra que ni son inteligentes y tampoco cuentan con el atributo de la simpatía. Entonces, brota la duda. Nos podemos enfrentar a una oferta que se vende como una maravilla y que es la ventana de oportunidad que debiéramos aprovechar y dudamos. Oímos a personajes que les encanta perorar y existen los que usan palabras hermosas que nos pueden encandilar. El dicho popular nos advierte que hay mucho ruido y pocas nueces. Cuidado con las personas encuentran razones para creer que el mundo está mal y ellos bien, con quienes hablan por hablar y ofrecen alternativas que nos van a hacer millonarios con el esfuerzo de un parpadeo. Lo curioso es que les creen. Lo sorprendente es la capacidad que tienen de convencer. Pareciera que estamos viviendo en la época de los incautos.

Uno de los grandes problemas que tenemos en la actualidad es la inmediatez con la que creemos las cosas. Nos tragamos la píldora sin muchos cuestionamientos. Consumimos porque podemos, porque lo tenemos al alcance de la mano. Nos embarcamos sin darnos cuenta y luego nos olvidamos de cuáles fueron las razones que nos llevaron a engancharnos con algo. En una sociedad tan acelerada, en la que no nos damos un tiempo de análisis y pasamos de una noticia a otra, de una pantalla a la que sigue, de un producto al otro, de u plan al siguiente, existe el gran riesgo de caer en un error. Las personas altamente eficientes, las que verdaderamente lo son, los proyectos que tienen posibilidades de éxito se cuidan de los vendedores de espejismos y evitan cometer los siguientes errores:

  1. Sobreanalizar. Una persona verdaderamente inteligente se toma un tiempo prudente y luego decide, en vez de estarle dando vueltas a las ideas, las pone a prueba, cuestiona y trata de encontrar respuestas. Si lo pensamos con detenimiento, alguien que empieza a teorizar en torno a situaciones sin plantearse las preguntas adecuadas, además de estar perdiendo el tiempo, está postergando una posible solución.
  2. Ser arrogante. Una persona arrogante es alguien que tiene el ego demasiado inflado y eso es un signo contrario a la inteligencia. Las personas que tienen la suficiente humildad para reconocer que no se puede saber de todo y actúan en sentido contrario: hacen una lista de todo aquello que desconocen y reconocen que las respuestas a sus interrogantes no se encuentran en el fondo de su cabeza, así que investigan, contratan expertos, se acercan a consultores.
  3. Procrastinar. Un profesional de alto rendimiento toma acción inmediata, se concentran en aquello que pueden hacer directamente y delegan aquello que ni saben hacer ni les despierta interés. Destruyen el mito de que primero hay que hacer lo que nos da flojera y luego concentrarnos en lo que nos gusta. En vez de perder tiempo y energía, se centran en aquello en lo que pueden dar mejores resultados y eligen los proyectos que más les apasionan. Lo demás lo pasan a manos expertas que puedan resolver de la mejor manera.
  4. Actuar sobre impulsos. La intuición debe ser escuchada, es cierto, y habrá ocasiones en que tenemos que seguir nuestras corazonadas. Claro, siempre y cuando entiendan que es lo que están haciendo, siempre que además de tripas, la idea vaya mezclada de algo de cerebro. La inteligencia es más que ocurrencias.
  5. Hablar más de lo que escuchan. Las personas verdaderamente inteligentes saben apreciar el valor de una buena conversación, por lo tanto, saben dominar el impulso de hablar y hablar. Una conversación es una fuente de riqueza que muchos desperdician por estar hable y hable.

Jamás he creído en fórmulas mágicas para descubrir el hilo negro, esas son fanfarronerías. Pero, si creo en que hay pistas que podemos identificar para darnos cuenta si nos están vendiendo espejismos o no. Hay muchos vendedores de aires rosas, más vale estar atentos y darles la vuelta.

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