Hace tres años comenté en este mismo espacio como la utilización del dinero en efectivo estaba disminuyendo poco a poco como forma de pago a nivel global. Si bien su reducción varía mucho entre unos países y otros, lo cierto es que a día de hoy existen ya varios Estados en los que el efectivo es casi una reliquia del pasado. Son los casos de Dinamarca o Suecia, pero también los de las áreas urbanas de China en donde el número de transacciones en efectivo apenas alcanza el 1% del total. A pesar de que todavía existen muchos países en los que el efectivo sigue siendo la forma dominante de pago también en estos Estados se observa un continuo declive.

Las razones de esta decadencia son muchas y entre ellas podemos citar el interés de los gobiernos, ya que desincentivando el efectivo en favor de los medios de pago electrónicos se reducen fenómenos como el blanqueo de capitales o el fraude fiscal. En segundo lugar estaría el interés de las empresas, dado que el manejo del efectivo es muy costoso y además su gestión supone grandes riesgos de pérdida o robo. En tercer lugar se situaría el cada vez mayor peso del comercio electrónico que viene impulsando el pago digital.

Junto a estos tres elementos se suma la aparición de nuevos medios de pago electrónicos que presentan altos niveles de seguridad y cuya integración en los teléfonos móviles están permitiendo su vertiginoso crecimiento. Además, la cosa no se detiene aquí y es que los medios de pago electrónicos suelen llevar asociado la disponibilidad inmediata de crédito. Esto permite que podamos elevar nuestro nivel de gasto aún a costa de pagar tasas muy altas, pero esto es algo a lo que muchos consumidores no prestan la debida atención, ya sea por su escasa formación financiera o porque el poder compulsivo de la compra es superior a la debida reflexión del gasto.

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Hasta hace unos años la concesión de estos créditos era algo que prácticamente monopolizaban los bancos y los grandes emisores de tarjetas de crédito. Sin embargo, hoy en día el número de oferentes de crédito se ha ampliado enormemente y estos van desde fintechs hasta grandes cadenas de distribución de todo tipo o incluso los servicios de mensajería electrónica. La concesión de créditos al consumo es un negocio que todos quieren explotar por lo lucrativo que resulta y el utilizar como medio de pago al efectivo lo dificulta.

Gracias al big data y a la inteligencia artificial la concesión de pequeños créditos a los usuarios de medios de pagos digitales se ha vuelto una tarea mucho más sencilla de lo que era hace unos años y este es uno de los motivos por lo que la concesión de microcréditos a nivel global no hace más que aumentar. La evaluación de riesgos de clientes era tradicionalmente mucho más lenta y burocrática pero ahora la tecnología ha conseguido dar la vuelta a la situación.

Además, estas herramientas ya no esperan a la solicitud del crédito por parte del cliente, sino que en cuanto detectan una necesidad le harán una oferta de crédito instantánea, obviamente si el perfil de riesgo del cliente lo permite. Esa detección resulta en muchos casos muy sencilla, ya que muchos de estos oferentes de microcréditos disponen de ingentes cantidades de datos sobre nuestros gustos y patrones de consumo.

Cuando pagamos en efectivo existe un fenómeno que ha sido estudiado por varios investigadores y que podemos conceptuar como dolor o rechazo por el pago. Esto es debido que al entregar una cantidad de dinero físico a cambio de un producto o servicio, en nuestro cerebro se produce cierta aversión por efectuar ese pago aunque este rechazo no sea en muchos casos consciente. Sin embargo, cuando pagamos con tarjeta de crédito u otro tipo de dispositivo electrónico ese dolor por el pago se anestesia en nuestro cerebro y la gente compra más. De hecho, existen estudios que indican que si en vez de pagar en efectivo pagáramos siempre con tarjeta nuestro gasto aumentaría de media entre un 15 y un 20%.

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Por estos y otros motivos el uso del efectivo venía reduciéndose en estos últimos años de forma continua. Sin embargo, este proceso ha contado con aliado inesperado que ha acelerado considerablemente todo el proceso. El Covid-19 ha potenciado el uso del comercio electrónico en todo el mundo y ha acentuado, por razones sanitarias, a los medios electrónicos como instrumentos de pago. El crecimiento en muchos mercados de este fenómeno ha sido muy intenso y dada la duración del mismo podemos pensar que este no va a ser un fenómeno puntual sino que se va a asentar entre nosotros en el largo plazo.

Llegados a este punto podríamos pensar que las grandes vencedoras serían las tarjetas de crédito físicas. Sin embargo, todo hace pensar que esto no será así. En primer lugar, hay que fijarse en lo que está sucediendo en Asia, que es el continente que está en vanguardia en la tecnología digital y, por tanto, el que marca la pauta en la evolución de los sistemas de pago. En este continente no son las tarjetas de crédito físicas las reinas de los pagos, sino que lo son las empresas de mensajería como Alipay, Wechat, Kakaopay o linepay.

En segundo lugar estaría la mayor conciencia ecológica que intenta evitar el uso de plásticos en aquellas tareas en que estos materiales pueden ser sustituidos por medios exclusivamente digitales y este es uno de los casos. En tercer lugar por comodidad y es que no nos engañemos cada vez es más difícil desenvolvernos en la vida sin apoyarnos en los servicios que nos proporciona el smartphone y la integración de los servicios de pago en estos dispositivos es cada vez más sencilla y segura. Si podemos pagar ya con el smartphone ¿Para que llevar adicionalmente una tarjeta de plástico?

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