Los 8 de marzo son días que se le complican al presidente Andrés Manuel López Obrador. No acaba de entender las protestas de las mujeres ni los resortes que las animan.

Quizá sea porque el movimiento feminista no encaja en los patrones tradicionales, no tiene liderazgos claros  y porque escapa a las caracterizaciones tradicionales e inclusive ideológicas.

La indignación de las mujeres ante la violencia, es trasversal a los propios partidos y a las clases sociales, porque proviene de un problema profundo y hasta estructural. Es más, tiene un carácter internacional, con convergencia en temas, angustias e historias.

Como hace un año, el presidente cree que las protestas son contra su gobierno y están orquestadas por los conservadores. Es un error, que lo que hace es precisamente que las movilizaciones en las calles, pero también el impacto en los medios de comunicación y en las redes sociales,  sea vista como un momento de distanciamiento con la 4T y con la incapacidad que ha mostrado para procesar las inconformidades.

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A ello hay que sumar que la postulación de Félix Salgado a la gubernatura de Guerrero, quien enfrenta acusaciones por  violación, no ha hecho sino atizar el fuego. Las denuncias en su contra han sido menospreciadas en Palacio Nacional y existe la impresión de que no habrá forma de bajarlo de la contienda.

A diferencia del movimiento que se aglutina en torno al 8 de marzo, para el gobierno de López Obrador, las mujeres deberían tener un rol más tradicional, como ejes de las familias y guardianas de sus valores. Así lo dicho y así lo hizo al cancelar programas como los de las Estancias Infantiles, los refugios y la reducción de presupuestos en materia de salud.

Hay que tener en cuenta que las movilizaciones del 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer, no son sino la punta de un iceberg muy profundo. Soslayar lo que está ocurriendo, la violencia que no para y que inclusive en estos meses de encierro y pandemia se volvió más inquietante, puede costarle muy caro al país.

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Los gobiernos en cualquier país siempre tienen la oportunidad de ponerse de lado de la sociedad, de sumarse a las inconformidades para ayudar a corregir lo que las motiva.

Lo otro, lo que por desgracia está ocurriendo, es tratar de parar una ola con un paraguas, de negar la realidad y de no entender el proceso de cambio que encabezan las miles y miles de mujeres que no están dispuestas a que las cosas se queden como están.

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