Es un mundo muy extraño. Tratamos de entenderlo con ojos que poco tienen que ver con la realidad y en la desesperación de esa incongruencia, cometemos el acto que menos ayuda ni aporta soluciones: nos dividimos.

Alexander von Humboldt pensaba que la raíz de las desavenciencias en México se debía a la desigualdad. No hay duda en ello. Hay quien encuentra más fácil definir este país a partir de sus contrastes que a través de sus avenencias. Pero las propuestas y acciones para atender las desigualdades, o se ignoran o se descalifican y para el caso, arrecian y se complican.

Si hay una dinámica que se está volviendo frecuente y normal, es la de una sociedad confrontada y no incentivada a argumentar o a proponer con la meta de negociar y conciliar. Y ese es el problema: la polarización como medio o fin borra la frontera de la violencia en la dinámica de cualquier debate que se preste como diálogo.

La pugna ideológica no es tan fuerte como la emocional, una que no acepta razón y para la cual sobran excusas: Odebrecht, feminicidios, toma de casetas, el aeropuerto o el tren, el agua en Chihuahua, la consulta, el avión, los desaparecidos, le reacción ante la pandemia.

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Ante la falta de recursos, el enojo y la víscera son vehículo fácil que pueden tener un efecto funcional inmediato a favor, pero que el costo lacera el largo plazo por fragmentar a quienes tendrían que hacer realidad la esfera y el centro de las discusiones para dirigir el curso del país y de las familias que lo habitan.

Las contradicciones entre grupos que confirman lo que debería ser una unidad no puede estar dada más que por intereses contrarios a dicha unidad: individuales o sesgados por la ambición unilateral de corto plazo. Y eso es lo que nos tiene históricamente estacionados en lo que von Humboldt señalaba hace 200 años.

Esta intolerancia es un signo de desesperación en un ambiente poco propicio para desmantelarla por sí misma: crisis económica, pobreza, intolerancia, inseguridad y pandemia, como ingredientes iniciales.

En esta pérdida de libertades y en la otra de privilegios; en esta oleada de filias y de fobias; viendo una Europa sorprendida por brotes autocráticos; Estados Unidos azotado no solo por vientos de intolerancia racial, sino por la amenaza de un aislacionismo nacionalista; China y Rusia esperando que el saldo sea fragmentario para cobrar intereses de su lado; en Twitter y otras redes, basta que alguien exprese una opinión para augurar descalaficaciones inmediatas; los medios de comunicación han buscado desde hace un par de décadas, territorios ideológicos con un propósito de contrapeso informativo; en casa, ayer presencié lenguaje de censura y descalificación que nació de una simple opinión.

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Quien no piense como yo es un enemigo. ¿En qué nos estamos convirtiendo?

Hoy tenemos una realidad que fracturamos sin repararla (y sin reparar en ello): ¿será que buscamos en la polarización un sentido de pertenencia que en el fondo traiciona el soporte estructural que nos hace habitar un mismo espacio? ¿Dónde quedó el doble sapiens del homo?

Tal vez por eso Fernando Arrabal creía que los fanatismos que más debemos combatir son aquellos que pueden confundirse con la tolerancia.

Contacto:

*Eduardo Navarrete Se especializa en dirección editorial, Innovación y User Experience. Es cabeza de contenido en UX Marketing y cofundador de Mind+, arena de entrenamiento para la atención plena empresarial.

Twitter: @elnavarrete

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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