Tres cosas hay en la vida, canta Rodolfo Sciammarella: salud, dinero y amor, en un tango que, si bien no cuenta con una letra reveladora o por lo menos elaborada, no equivoca la dirección de pensamiento de la inmensa mayoría de las personas.

Hagamos un ejercicio inicial. Por pertenecer a esta mayoría, y asumiendo que eres persona, pensemos que aspiras a esta triada de satisfactores. De tener que elegir solo uno de ellos, ¿con cuál te quedarías?

En una disyuntiva semejante y como si se tratara de un ejercicio propio de la Teoría de Juegos se debaten los gobiernos del mundo con estrategias que buscan resolver una tensión entre dos fuerzas contrapuestas: las crisis sanitaria y económica.

Pero hay otra teoría que es tajante al establecer que, si buscas eficiencia para resolver cualquier problema, incluso una pandemia, resulta indispensable establecer un objetivo claro, específico y medible, entre otros atributos. La Teoría General de Sistemas de Von Bertalanffy obliga a contar con un solo objetivo si precisas claridad y contundencia en tus resultados. Lo que sigue es priorizar los esfuerzos.

Dada la complejidad de la situación, se perciben dos grandes problemas a resolver con recursos compartidos entre ellos y decisiones que demandan urgente atención.

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¿A qué le darías prioridad: a resolver la crisis sanitaria o la crisis económica?

La pregunta podría ser formulada de manera más directa: ¿qué clase de mundo quieres habitar, tú y los tuyos, en los próximos años?

La pérdida de empleos, la incertidumbre como reto cotidiano y la ausencia de inversiones, complicaron un panorama en el que la caída del precio del petróleo ya había impactado las reservas del país. BBVA estima que el ingreso de los mexicanos se recupere a los rangos prepandemia entre 2026 y 2027.

Bajo un criterio meramente periodístico, lo más sano sería elaborar algunos párrafos más en torno de las posibilidades sanitarias y económicas: encontrar pros y contras a cada escenario y ofrecer los elementos para que tú dedujeras una opción.

Pero se trata de una emergencia y de un tema que no admiten parsimonia. Mi postura es que se tiene que abordar con extrema urgencia y con todos los recursos, la crisis de salud.

El acento tendría que ponerse sobre una y solo una acción: evitar contagios. Este es el foco del problema y descuidarlo o restarle importancia provocará más muertes y mayor tiempo estacionados en una situación que golpea muy fuerte a la economía nacional, como familiar.

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En definitiva, para mí está primero la salud que las monedas, no solo por un principio de humanidad, sino de lógica: si no hay salud, ¿quién disfrutará la riqueza?

Sí. El término ideal era un balance para evitar una cuarentena inflexible, pero las cifras de defunciones diarias en México son inaceptables, por decir lo menos. Con esto no pretendo que de manera cronológica y simplista se aborde, primero una, para dar paso a la otra crisis, pero es indispensable un sentido de prioridad que aporte argumentos y dirección a la estrategia para que, tanto organismos gubernamentales como privados, la conozcan y adopten con urgencia y disciplina en sus espectros cotidianos.

¿Cómo imaginaría las cosas?

Sí, esperaría ver al presidente y a cada uno de los gobernadores unidos bajo un mismo programa emergente con cláusulas claras y con el pueblo como objetivo, por ser el ente representado: el jefe.

Sobra decir que los partidismos e intereses clientelares tendrían que quedar sepultados por accesorios y distractores, para entonces convocar, bajo este sentido de prioridad, a —por poner un ejemplo— tres semanas de cuarentena intensiva con una penalización ejemplar para quien pretenda pasarse de listo y una ayuda contundente para quien no pueda conciliar su economía en las semanas de resguardo. Así se atenderían en paralelo lastres históricos y de atención integral que en algún momento tendrían que haberse abordado en nuestra historia.

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Cualquier acción que no apunte al objetivo de atender estas dos prioridades nacionales, debería destinar sus recursos y atención a los mismos. Cuando uno se fractura la clavícula no se preocupa si está bien peinado.

Me imagino al presidente y a su gabinete integrados, claros y contundentes: desayunando, comiendo y cenando vías de atención sanitaria y apoyo económico a los trabajadores y empresarios. Me gustaría ver al presidente estableciendo un plazo —por decir algo— de 3 meses, para bajar 50% los contagios. Y en torno de esa meta, convocar manos privadas, gubernamentales y a la sociedad entera para lograrlo. En sus conferencias, solo deberíamos ver el avance diario frente a estas metas. Nada más que esa prioridad.

Al ser un tema en el que el contagio es rápido y silencioso, imaginaría a los gobernadores liderando una estrategia en bloque, no de semáforos diferenciados e individualistas que suman solo a su entidad, sino ejecutando una estrategia integral que asegure la erradicación de la infección en todo el país.

Viene a mi mente una sociedad tan solidaria como la de los sismos. No se requirió doble explicación: el sentido de corresponsabilidad y la intención para actuar de manera organizada y unificada quedó plasmada en varias acciones heroicas y anónimas.

¿Entonces? ¿Qué está faltando?

El Instituto Lowy, un centro de investigación australiano, llevó a cabo en enero pasado un estudio del desempeño internacional en esta crisis sanitaria. Para el llamado “Índice de Desempeño Covid”, revisan datos duros referidos por los propios gobiernos y así evalúan el manejo público de la crisis.

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México sacó 6.5. Y no, no pasamos de panzazo. La escala va del 1 al 100.

Luego de analizar las diferentes respuestas internacionales el instituto concluye que, la eficiencia no depende del régimen político ni del desarrollo económico, sino del liderazgo de cada gobierno.

¿De qué sirven entonces, la popularidad y el arrastre de un presidente, si no para unir, liderar y cuidar la salud y la integridad de cada uno de sus gobernados?

La confianza depositada en discursos y el nulo sentido de prevención hicieron que la apuesta de las instancias gubernamentales se cargara a una rápida inmunidad de rebaño. Ahora que es claro que la moneda cayó del otro lado, no queda espacio en la agenda para maniobras ni dichos políticos; sí para una tajante rectificación que salve vidas.

¿Hacia dónde podríamos dirigirnos? (¿Qué tendríamos que exigir?)

La naturaleza de las emergencias es acelerar decisiones, sean políticas, económicas o tecnológicas, para encontrar solución al reto compartido.

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Si medio abrimos y medio atendemos el problema sanitario, es un hecho que la situación será medio atendida y vamos a naufragar en ambas crisis por varios años más.

Si no ha quedado claro, la oportunidad de una economía colaborativa, del pensamiento genuinamente altruista es manifiesta. Reaccionar ante esta emergencia es imperativo. Pero también se pueden sentar las bases de una transformación en la calidad de relación entre el gobierno y la sociedad, así como en la confianza entre ellos, basada en la respuesta y la eficiencia en los resultados de una crisis como esta.

Por eso, la canción de Sciammarella “Salud, dinero y amor”, merece un cover. Uno que se transforme en ecuación y que ponga de manifiesto que solo por medio de la colaboración y de una visión altruista se resolverán temas de salud, como de dinero.

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Contacto:

Eduardo Navarrete se especializa en dirección editorial, Innovación y User Experience*

Twitter: @elnavarrete

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