A casi 3 meses del inicio de esta invasión de muy poco o -prácticamente de nada- han servido todos los boicots, las sanciones, los decomisos y la frágil diplomacia para lograr siquiera una tregua; las víctimas continúan incrementándose todos los días y las amenazas siguen escalando.

Duele e indigna pensar que nada puede hacerse cuando toda una nación es aplastada, diezmada y arrasada sin que haya alguna esperanza; que la vida sea tan menospreciada y que nos podamos acostumbrar a que las agresiones, las violaciones, ejecuciones y la destrucción sistemática se vuelvan notas secundarias.

  • Recuento de las Víctimas. El impacto y la gravedad de un conflicto armado no pueden medirse por el número de pérdidas militares, aviones, bombas, municiones, vehículos destruidos y bajas; esos no son los referentes que nos hablen de la crueldad terrible que está viviendo la nación ucraniana.

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Durante un bombardeo o un tiroteo para algunos la existencia se corta de tajo; en un milisegundo se acaba todo. Para los heridos; la agonía, el dolor y las secuelas físicas y emocionales se prolongarán hasta el final de sus días.

La guerra expande la crudeza de la barbarie humana, nos hace retroceder en el tiempo y saca el ser primitivo, básico y fundamental que todos llevamos dentro. Imagina por un momento que no tienes nada, no hay agua, energía, combustible, comida, no sabes donde buscarlos y no tienes tampoco los medios para adquirirlos.

No hay refugio, esta guerra no respeta escuelas, templos u hospitales; en cada rincón, a cada paso que das hay una mina, un francotirador, un misil, una bomba, una bala, un dron al acecho.

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La sed, el hambre, el cansancio, el miedo, el pánico te agobian y te van demoliendo por dentro; tus peores pesadillas son ahora tu realidad. Con impotencia y dolor ves como tus amigos y tu familia caen y sufren; desesperación y locura se hicieron una, hace tiempo que no eres quien alguna vez fuiste.     

Enfermos, adultos mayores, mascotas, animales de granja, niños, se quedaron atrás, inertes, acorralados, aislados, incapaces de saber que hacer, sin tener nada que ver, sin entender la brutalidad, la barbarie y la impiedad que los han condenado.

Familias, tradiciones, cultura, comunidades, penurias, esfuerzo, trabajo arduo sucumben y entierran miles de historias, recuerdos, logros, patrimonios y el legado de años. Estallan en pedazos, los sueños, las aspiraciones, la vida entera y nada de eso se puede reinventar, reparar, enmendar o aliviar.   

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Quienes siguen peleando, tratado de ayudar, buscando, apagando incendios, removiendo escombros, limpiando los caminos de minas y explosivos, curando, rescatando, ayudando en la logística, lXs voluntariXs van perdiendo ánimo, fuerza y esperanza. No hay recursos, la ayuda y el apoyo no llegan, ni siquiera puedes pedirlos.

Existe tanta necesidad que nada alcanza, cada víctima es una historia que te conmueve y te deja sin aliento; no te atreves a ver a nadie a los ojos porque reflejan el infierno por el que están pasando y esa mirada podría destrozar tu fe en la humanidad. 

  • La muerte de la diplomacia: En esta guerra nadie tiene la fuerza moral para negociar, no hay líder ni organización social, internacional, religiosa o económica que haya logrado un centímetro de avance hacia la paz; esa palabra incluso ya se fue de la lista de consideraciones. 

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Discursos, aplausos, solidaridad, mensajes ya perdieron brillo, las mesas de negociación reventaron y ya no hay punto de retorno. La confrontación es desigual, cruenta, aplastante, una parte sumida en la desventaja resiste heroicamente, pero la otra la somete cínica y vilmente ante la impotencia del concierto internacional.  

Las palabras son viscerales, carentes de sentido, los argumentos para justificar la invasión son tan falsos, inverosímiles y absurdos que reflejan lo mucho que hemos retrocedido en la capacidad de discernimiento, capacidad crítica o ya de pérdida, sentido común.

Nadie quiere dar un paso en falso, arriesgar demasiado y se hunde toda posibilidad de un cese al fuego. Esto durará hasta que una persona lo decida, ya no depende de nada más que de la acumulación de poder, la cerrazón, el etnocentrismo, la banalidad, chovinismo o el simple egoísmo mitómano. 

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  • El mundo sin referentes: A la humanidad parecen habérsele extinguido los polos de anclaje moral y ético. Todo transcurre de manera tan superficial que nada nos conmueve, se vive tan rápido que no vale la pena reflexionar, mejor dicho, ni siquiera pensar.

Mejor vivir libre de preocupaciones, vale más tomar la vida a memes, videos, spots, streaming o algo que caiga por ahí en las redes que interesarse o preocuparse por algún problema, el mundo como quiera se va a acabar y aunque la vida sea corta hay que pasarla bien.

Es reprochable que la indolencia, indiferencia y superficialidad se conjuguen para hacer de esta una nueva versión de la Guerra Fría. Pero eso pasa con todos los problemas actuales podemos minimizarlos, perderlos y congelarlos hasta que sus consecuencias nos impacten de lleno y sea demasiado tarde. 

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