Cada vez un mayor número de expertos e investigadores coinciden en que bajo diversas modalidades es factible orientar, moldear, desviar, condicionar e influir en las opiniones y conductas de los electores.

La sola idea de que las elecciones en un país pueden arreglarse desde el exterior o mediante maniobras de espionaje, intervención o control digital resulta casi inadmisible, una ofensa contra la democracia y para algunos, solamente ciencia ficción. Sin embargo, existe una amplia gama de recursos que pueden ser usados para favorecer a un candidato, un partido, un movimiento, una ideología política o una propuesta electoral.

Partiendo de las capacidades de la infraestructura, conectividad, equipamiento y los dispositivos actuales, las posibilidades son muchas. Más aún, diversas organizaciones sociales y agentes conversos han denunciado la existencia de organismos de gobierno, tecnologías, software, hackers y centrales de contacto que ofrecen servicios de espionaje a gran escala.

Además de las bases de datos demográficas, sociales y económicas comunes, actualmente puedes segmentar a los electores con información acerca de sus perfiles psicológicos, de consumo, tendencias de opinión, comportamientos, formas de relacionarse e interactuar así como sus intereses y preferencias notables.

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¿Muy complicado? ¿Imposible, Irreal? Quizá no tanto, imagina nada más que se puede hacer con el cruce de tu huella digital, credencial de elector, visitas frecuentes, tu perfil en cada una de tus redes sociales, mensajes, post, fotos, reconocimiento facial, contactos, estadísticas de uso,  agrégale además las huellas que dejas cuando usas tu celular, rutas y frecuencias de transporte, otros dispositivos, cajeros, cable, cámaras de vigilancia, tarjetas e identificadores.

Difícil, probablemente, digno de un guion de película, pero alcanzable, factible, sencillo incluso para hackers y proveedores. Eso nada más para empezar, un producto más complejo sería el escalamiento, la integración de socio-gramas, perfiles, interpretación, análisis y seguimiento de esas tendencias. Imagina lo que se puede construir con eso.

Todavía más lejos, digamos que puedes usar esos canales, ¿no te interesaría? Suena tentador, ¿qué tal si a partir de tus búsquedas sabemos que estas a punto de elegir una aerolínea, un hotel, un restaurante, una película, un antojo y casualmente te enviamos el post (la mejor oferta) que estabas esperando? El mismo procedimiento puede aplicarse para –digamos- deducir que piensas de la política, los políticos, los candidatos, sus características, sus programas, políticas públicas o sus ideas.

Desde un inofensivo meme hasta el punto de que recientes actos de terrorismo han evidenciado como el reclutamiento y adoctrinamiento de radicales puede ser ejecutado a través de redes sociales, los canales, formatos y mecanismos son todos los imaginables; unas veces sutiles, otras abiertamente descarados, cínicos, furtivos. No te alarmes, la mercadotecnia electoral siempre está al servicio de la democracia y las instituciones que nos garantizan libertad y bienestar social.

Vayamos a lo sencillo: segmentación electoral. Activos, participativos, conservadores, liberales, niveles de ingreso, ¿cuáles son sus inclinaciones? ¿Qué decisiones de gobierno les molestan? ¿De qué temas, con qué frecuencia e intensidad se quejan? ¿Cuáles son los actores políticos más mencionados, retwitteados, visitados, con más likes y seguidores? No olvidar que todos esos datos se pueden inflar e incluso manejar a discreción cuando se trata de campañas.

Perfiles falsos. Desde los que se usan para atraer electores a determinados sitios, exponerlos a propaganda electoral hasta los que invitan a eventos, organizaciones o pueden usarse para extraer información electoral. No hay límites, la guerra sucia y los ataques de un candidato hacia otro se hacen por estas vías, es difícil de prevenir y rastrear, no hay reglamentación efectiva y la capacidad de respuesta es muy limitada. Además puedes suplantar, robar y replicar identidades de actores, partidos u organizaciones políticas.

Noticias falsas, confidencias, teorías de conspiración.- los seguidores de estas herramientas generalmente caen con la idea de que están accediendo a información reservada, revelaciones y secretos que replican a su vez y que van creando listas de difusión de notas que pasan como verdades con el fin de desinformar o confundir.

En algunos casos, se crean historias con exageraciones, ridiculizaciones o falsificaciones que resultan tan inverosímiles que el público termina desechando la información real y/o desviando el foco sobre los responsables y/o la corrupción. De la misma manera, la atención sobre las malas acciones de gobierno o la supresión de voces opositoras puede ser minimizada relacionándola con las actividades extraterrestres, sectas secretas o haciendo viral una foto, un video o una anécdota que opaca la cruda verdad.

Trolls.- se pueden usar de muchas formas, para acosar a determinado personaje, sus seguidores o sus opositores, contrapuntear, argumentar, vender proyectos o caricaturizar. Los trolls se pueden usar como leales seguidores o acérrimos detractores. Se usan para enviar una opinión, juicios,  críticas o comentarios negativos, lo mismo que insultos, provocaciones y/o información sensible contra determinados actores políticos. Todo puede hacerse desde call-centers, bots, chat-bots o sitios alternos.

Sin importar el mecanismo, el objetivo es plantear, inducir y/o copiar una actitud o una postura política. Los políticos tienen un descrédito creciente y la credibilidad de internet es cuasi religiosa para muchos. Cualquier revelación sobre su pasado, su riqueza y/o sus relaciones personales es atractiva; además los rumores impactan de inmediato y no necesitan comprobarse, su efecto es sembrar dudas, perturbar y distraer.

A pesar de que muchos proveedores de servicios se han propuesto combatir a fondo  estas prácticas, el número de eventos y la creatividad de sus difusores hacen muy complejo evitarlas. Sin duda es positivo fiscalizar, disponer de información para evaluar a los políticos y participar en las decisiones que nos afectan, pero ¿Cuál es el límite?

 

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