Un ingrediente básico en la receta para conformar un buen líder es que sea un comunicador efectivo, es decir, que sea una persona que sepa transmitir un mensaje con claridad y que sea capaz de algo que hoy parece algo casi imposible de lograr: que escuche. Para ser un comunicador eficiente, además de conocer los lineamientos del proceso comunicativo se debe poner atención en la claridad con la que comunicamos las ideas, entender cuál es el verdadero objeto de la comunicación, analizar el entorno al que vamos a estar comunicando un mensaje, analizar el marco en el que ocurrirá la transmisión del mensaje, cuidar la comunicación no verbal, ser coherente y consistente. Sin embargo, estos elementos que nos sirven para mejorar nuestra habilidad de comunicarnos mejor no son los únicos, existe un factor que tendemos a descuidar y es la reflexión ética en torno al mensaje que queremos transmitir.

Las redes sociales han transformado la forma en que las personas nos comunicamos creando comunidades cibernéticas y numerosas corporaciones han descubierto que su ventaja competitiva viene, precisamente, de la capacidad que sus equipos de trabajo tienen para usar la información en tiempo real lo que aumenta su capacidad de respuesta. Esta habilidad para utilizar los datos disponibles ayuda a agilizar la toma de decisiones lo cual es una maravilla que se puede convertir en una preeminencia, aunque, sabemos que también puede ser un arma de doble filo sumamente punzante si no se utiliza con ciertos límites y sometida a ciertos parámetros.

La inmediatez con la que podemos poner a circular un mensaje puede ayudarnos a comunicar un mensaje en forma rápida y efectiva, así como, liberar información falsa o revelar una actitud agresiva que puede ser perjudicial y dañina para el desempeño profesional. El uso ético de la tecnología en el proceso de comunicación es un tema de preocupación que ha llevado a varias asociaciones a reflexionar sobre el tema. The Computer Ethics Institute con sede en Washington, D.C. fue constituido para generar un código de conducta en el uso de las tecnologías de información y ha presentado un decálogo que se recomienda seguir.

Son diez edictos que denominan Ética en el uso de las tecnologías que nos brinda la posibilidad de evaluar nuestro quehacer frente al proceso comunicativo hoy en día y nos brindan parámetros para un desempeño correcto en torno a mensajes de texto, derechos de autor, mensajes de correo electrónico que son aplicables en todo el mundo. Muchas corporaciones, escuelas y organizaciones hacen hincapié en la creación de conciencia de estos temas y en la difusión de este decálogo ante el crecimiento exponencial de los medios, su inmediatez y la falta de sensibilidad y criterio para clasificar aquello que divide el ámbito personal del privado, o, peor aún, del personal al corporativo.

Aunque algunas de estas sugerencias resultan obvias, vale la pena conocer estas diez reglas de urbanidad y reflexionar en torno a ellas. El decálogo dice:

  1. No usar la tecnología para perjudicar a otros.
  2. No interferir en el trabajo de otros.
  3. No entrometerse en los archivos de otros.
  4. No usar la tecnología para robar.
  5. No usar la tecnología para presentar un falso testimonio.
  6. No copiar ni usar software con derechos reservados del que no se tenga licencia o autorización —es decir, no usar aquello por lo que no se ha pagado un permiso—.
  7. No usar los recursos de otros sin autorización.
  8. No apropiarse de la producción intelectual de otros.
  9. Pensar en las consecuencias sociales de los programas que se diseñen o de las tecnologías que se liberen.
  10. Usar la tecnología de modo que se muestre consideración y respeto por sus congéneres.

Las características de las tecnologías de información y de los aparatos que utilizamos dan lugar a que surjan muchas consideraciones éticas, seguramente muchas de ellas ni siquiera están listadas en el decálogo propuesto por The Computer Ethics Institute. No obstante, reflejan el inicio de una reflexión en torno a la necesidad que tenemos los individuos del siglo XXI de asumir actitudes y de emprender acciones que apuntalen un comportamiento ético en torno al uso de la tecnología.

Este decálogo me parece sumamente interesante ya que constituyen una especie de estatutos de comportamiento ético para situaciones que todavía no están contempladas en las leyes y que están adquiriendo una importancia relevante ya que cada vez somos más las personas que tenemos acceso a información y tecnología que antes se consideraba privada.

No hay duda, el comportamiento ético en torno a la comunicación corporativa es un determinante de la efectividad. El mundo profesional siempre representa desafíos y los ejecutivos conocen su esencia y la de sus desafíos. Cuando los equipos de trabajo no se desempeñan como se supone que deben de hacerlo, el decálogo también nos sirve como una especie de examen inicial para ver en qué y cómo es que se está fallando.

Según Don Hellriegel, cuando los equipos de trabajo no tienen una forma de desempeño alineada con parámetros éticos hay síntomas que podemos detectar: el equipo no tolera la dirección del líder, la atmosfera del equipo es poco armónica, las reglas y procedimientos generales se adaptan a las conveniencias personales y aumenta la probabilidad de que algunos integrantes del equipo sean parásitos. Entonces, debiéramos hacer un alto y ponernos a pensar.

Las deliberaciones en torno a un proceder ético pueden llegar a ser interminables y confusas. Por eso, tener un punto de inicio siempre es útil y puede llevarnos a empezar en forma sencilla y dar pie a profundizar las reflexiones. Un ingrediente básico en la receta para conformar un buen líder es que sea un comunicador efectivo, pero no basta, también tiene que ser una persona comprometida con el proceder correcto. El reto empieza en primera persona y se traduce en exigencia ética a su equipo.

 

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