El mundo se ha transformado en muchos sentidos en los últimos tiempos. Hace poco más de sesenta años, las mujeres no podíamos acceder a las urnas; treinta años, los estudiantes acudían a las universidades a prepararse para salir al mercado y encontrar el mejor empleo posible.

A principios del siglo XX era posible ver a chicas en aulas universitarias, era raro verlas y por lo general, estaban rodeadas de compañeros hombres. La reconfiguración del mundo es evidente y en nuestros días gozamos de estas transformaciones y, también, se hacen evidentes muchas realidades que eran como elefantes en la sala que la sociedad se negaba a ver: la participación femenina ha sido relevante en el terreno profesional. A las mujeres nos gusta emprender.

Hoy, las posibilidades se han multiplicado y las mujeres estamos pisando fuerte. No sólo estamos en el camino de la búsqueda de un trabajo, sino que ejercemos la alternativa de poner un negocio y ofrecer un empleo. Somos un motor de progreso ya que el emprendimiento es la gran fuerza que impulsa la generación de fuentes de ocupación productiva en América Latina y en México. Más aún, el emprendimiento femenino está germinando con potencia, creatividad e innovación.

Me da mucho gusto ver como en la actualidad, los jóvenes que están egresando de estudios universitarios no salen con la visión de ser buscadores de empleo. Dentro del universo de personas egresadas, las mujeres estamos buscando iniciar un negocio. Para emprender, hay que ser valientes y nosotras estamos saliendo de nuestra zona de confort. Personas que oscilan entre los veinticinco y treinta y cuatro años cuentan con una participación mayor al veintitrés por ciento en el ámbito emprendedor y son un sector activo en la creación de nuevas empresas. Los proyectos de emprendimiento son una alternativa para romper el techo de cristal y para cimentar un piso más parejo.

Esta nueva actitud es muy esperanzadora, dejamos el rol tradicional que nos situaba como seres que se encontraban a la espera de ser salvadas por un príncipe azul, a ser agentes actuantes que operan. Son ojos que detectan una necesidad de mercado, mentes que prefiguran un plan de acción y ejecutan estrategias exitosas, son manos que mueven el mercado y generan tendencias. Somos mujeres que tomamos decisiones, enfrentamos la incertidumbre y sacudimos las variables de riesgo.

El emprendimiento se está constituyendo como una vía efectiva para superar las barreras tradicionales del mercado laboral en América Latina. El emprendimiento femenino es una opción viable y atractiva a lo largo de las diferentes etapas de la vida profesional que está siendo muy valorada por el sector femenino en México. Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), de la Secretaria del Trabajo y Previsión Social (STPS) y del Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) muestran que emprender es una opción para el sector femenino de la población mexicana.

Reflexiones sobre el emprendimiento femenino como salida al mercado laboral

 Claro que no todo es miel sobre hojuelas, eso quisiéramos. Hay una verdad incontrovertible: las mujeres nos hemos visto afectadas de manera severa por el desempleo y la precariedad del mercado de trabajo, incluso más que lo que ha pasado con los hombres. Madres de familia que se quedan sin empleo y no se pueden recontratar o que, si lo hacen, tienen que ajustarse hacia abajo en términos salariales, aunque no así en responsabilidad y tareas.  ¿Cuántas mujeres tienen que estirar el dinero para llegar a la quincena? Hay muchas esposas que saben que hoy su sueldo forma parte sustancial en el ingreso y sustento de su casa. No pueden prescindir de ese dinero.

En esta condición, el emprendimiento femenino surge como una forma efectiva e inteligente de hacer frente a la pobreza y marginación de familias. Somos nosotras las que nos atrevemos a empezar un negocito para brincar las brechas físicas e intelectuales que se nos imponen a las mujeres. Por ello, es importante que en la construcción de políticas públicas se consideran las condiciones, las necesidades y las motivaciones que tienen las mujeres para crear sus propias empresas, para que los apoyos gubernamentales impulsen la sobrevivencia y el crecimiento de estos emprendimientos.

El emprendimiento femenino no debe ser visto como un recurso de campaña que se rezaga y olvida una vez conseguido el triunfo. Que las mujeres tengamos el valor de emprender representa un gran activo social ya que somos el motor que impulsa la innovación, la generación de empleo y el crecimiento sostenible. No se trata de palabras que se lleva el viento, son hechos contantes y comprobables. Un factor importante para resaltar es que el emprendimiento femenino constituye gran parte de la población emprendedora y es tendencia que en la mayoría de los países de Latinoamérica va en aumento como lo muestran los resultados de la segunda edición del estudio Latinoamérica Emprende.

Las mujeres latinoamericanas estamos lanzándonos con gran entusiasmo a empezar nuestros propios negocios. Nuestro interés es de la más diversa gama: proyectos de servicios profesionales, participación en el sector de tecnología y comunicaciones, alimentación y gastronomía, salud y bienestar, hospitalidad. Pero estos negocios nuevos requieren de cuidado, incentivos y paciencia porque como se dice popularmente, el horno no está para bollos.

Los proyectos de emprendimiento necesitan apoyos que los permitan salir adelante, crecer y dar frutos. Son los gobiernos municipales, estatales y federales quienes deben incentivarlos. Pero, no sólo son ellos, también la sociedad tiene que hacer su parte. Si sabes que hay un negocio que nación de un proyecto de emprendimiento femenino hay que apuntalarlo. ¿Cómo? Yendo a comprar, consumiendo en forma local, regresando tantas veces como nos sea posible.

El emprendimiento femenino está germinando con potencia, creatividad e innovación nos toca ser el abono para que nosotras podamos sembrar en tierra fértil y que esto se traduzca en progreso para nuestras comunidades. Es tiempo.

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