La caída en el precio internacional del crudo cambió la perspectiva del nuevo modelo energético, ¿qué alternativas tiene México para atravesar la tempestad?

 

El marco global

Arabia Saudita volteó el tablero geopolítico global y logró poner en jaque a Rusia, a Venezuela, a Irán y a los productores de shale oil.

Los costos por barril de shale oscilan entre 40 y 60 dólares, de ahí que en 2015 se contemple una reducción de inversiones de 40% en Eagle Ford, nombre atado a la revolución energética estadounidense de la última década.

Sin embargo, Estados Unidos puede sobrellevar de forma sencilla el ocaso de la “fiebre de lutitas”. El abaratamiento del barril traerá una inyección de competitividad para toda la cadena de producción estadounidense, lo que apuntalará en 2015 al menos medio punto del PIB.

 

La paradoja mexicana

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La caída en los precios del petróleo ya ameritó ajustes en la Ronda 1: de 169 bloques, se congelarán 62 proyectos de shale, priorizando aquellos con costos de producción menor a 20 dólares por barril, además del recorte de 62,000 millones de pesos al presupuesto de Pemex.

La economía resiste mejor este ciclo de petroprecios a la baja, por una menor dependencia de las exportaciones petroleras, que representan el 11% del valor de las exportaciones, versus el 90% en 1993.

En contraste, las finanzas públicas tendrán dos años difíciles a pesar de las coberturas para el ejercicio 2015. Sin maniobrabilidad para incrementar impuestos, ni margen para apostar al déficit, el presidente Peña Nieto no tiene más alternativa que recortar el gasto. La coyuntural “buena noticia” para el sector público es el efecto compensatorio que representa el diferencial entre el precio al que se importa gasolina y el precio al que se vende en México; un impuesto velado.

Para las entidades federativas, la historia es aún más compleja. Malacostumbrados a los recursos que a partir de excedentes petroleros fluyeron a sus arcas en los últimos años, los estados ataron nóminas y programas a los altos precios del crudo, así que tienen sólo una salida de emergencia: incrementar en 15% el total de la deuda, algo así como 75,000 millones de pesos.

 

¿Qué podemos hacer?

La inversión global en el sector energético no se crea ni se destruye, sólo se reorienta. Podemos olvidarnos del shale y de la reconfiguración de refinerías a corto plazo, pero no de las oportunidades en los mercados que sustituyen al monopolio.

Dejando a un lado las variables que están fuera de su control, el gobierno, los órganos reguladores y las empresas productivas del Estado deben centrarse en lo que sí les corresponde para implementar eficazmente la reforma energética:

  1. Garantizar la seguridad jurídica para la inversión. El riesgo para la plantilla laboral en zonas petroleras es un freno para la ejecución de proyectos y un sobrecosto para las empresas.
  2. Atender la capacidad de vigilancia del contenido nacional de los proyectos que detone la reforma. Por sí solos, los contenidos nacionales no impiden que las empresas mexicanas sean relegadas a un papel de subcontratistas; sin embargo, son la herramienta clave para incentivar proactivamente la participación de la iniciativa privada mexicana en los nuevos proyectos.
  3. El cumplimiento de metas establecidas en la Ley de Transición Energética en un contexto de bajos precios del crudo. De fondo, la transición energética no es una concesión medioambiental, sino un asunto de rentabilidad en el tiempo.

Es cierto, la caída en los precios del petróleo nos borró la sonrisa de la cara, pero no diluyó las oportunidades que en el mediano y largo plazo representa la competencia en un modelo energético que estuvo cerrado dogmáticamente por siete décadas.

¿Tendremos que ajustar las expectativas y los tiempos de la reforma energética a un barril de 50 dólares por los próximos tres años? Sin duda. No obstante, la interrogante es cómo y cuándo frenamos la caída en la producción: el verdadero drama estructural del sector energético, más allá del precio del crudo.

Podemos, como en los años ochenta, culpar al mundo por los sueños rotos y los problemas de caja, o actuar en los rubros estratégicos (seguridad jurídica, inclusión de empresas nacionales, transición energética) que sí dependen de nosotros.

 

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