El tiempo dirá si el diseño legal ha sido el correcto o requerirá nuevos cambios.

 

El miércoles pasado el Senado de la República aprobó por mayoría las leyes reglamentarias de la reforma energética en México. Se espera que el presidente Enrique Peña Nieto las promulgue en cuestión de días.  A pesar de las conocidas críticas de la llamada izquierda en el país, la realidad es que se trata de una buena noticia. Estamos siendo testigos de un hecho histórico que avanza en el sentido correcto hacia tener una mejor economía.

Sí, es cierto que los beneficios de esta reforma –que por fin comenzará a ponerse en marcha, también han sido exagerados por el gobierno. Por eso debemos verlos en dos tiempos: en lo inmediato la única ventaja real es que se abre un mercado que por décadas permaneció sellado a la inversión privada. La gente no sentirá cambio alguno de momento. En el largo plazo será distinto, pues es indudable que tendrán que llegar inversiones foráneas que mucha falta nos hacen. Habrá un mayor potencial de crecimiento.

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En lo que toca a las promesas oficiales de reducir las tarifas eléctricas, como ya hemos dicho antes en este espacio, solo será posible hacerlo por decreto que parece ya tener fecha. Y es que según dijo el director general de la CFE, Enrique Ochoa Reza, “esperamos ver en dos años beneficios concretos”. Es de esperar no obstante, que la baja –si es que llega, sea mínima y de muy corta duración. La intención solo sería la de decir: “cumplimos”.

En este sentido, la reforma energética no es la panacea ni la solución a todos nuestros problemas nacionales. Tampoco significa que mejorarán los salarios de todos o que dejarán de subir los precios generales ni de los energéticos gracias a ella. No. Los más beneficiados serán aquellos con relaciones laborales o de negocio directas o indirectas con las nuevas empresas que se instalarán. Sin embargo, se trata de un avance.

No es un secreto que los países que más han logrado destacar económicamente en el mundo, incluso después de haber sido devastados por tragedias como la guerra –al estilo de Japón o Alemania, o por regímenes comunistas como China, son aquellos que han abrazado dos cosas: el capitalismo, y los mercados libres.

En México por desgracia, durante décadas se habló de que teníamos una economía “mixta”, es decir ni capitalista ni socialista, con mercados “protegidos” que si bien se fueron abriendo, siguieron cerrados a la competencia real en sectores estratégicos como las telecomunicaciones y la energía. El resultado es conocido por todos: mercados ineficientes, bajo crecimiento y empleo pero eso sí, mucha pobreza. Pese a los discursos nunca hemos estado de verdad cerca de ser un país desarrollado. Hoy, tanto el sector energético como el de telecomunicaciones ya se han abierto con las reformas, y los monopolios que antes existían, deberán de desaparecer. El tiempo dirá si el diseño legal ha sido el correcto o requerirá nuevos cambios.

Claro está que nada sería mejor ni impulsaría tanto la economía nacional como  el tener una moneda fuerte y estable para la gente, el ciudadano común, que podríamos conseguir monetizando la plata. Nuestro país sería vanguardia y ejemplo en la materia. Otros países no tardarían en seguirnos el paso. Es una pena que ese tema ya ni siquiera forme parte de la agenda legislativa y que el principal opositor a esta muy positiva medida, sea el mismo Banco de México, que como aquí exhibimos hace unas semanas ni siquiera es capaz de tener un balance general en números negros.

Por cuanto toca a la reforma energética, es cierto que los ajustes legales debieron darse hace mínimo hace 20 años, pero más vale tarde que nunca. También lo es que no se debió formalizar parte del pasivo laboral de Pemex como deuda pública. Ese sí fue un gran error, pues aunque de alguna manera ya lo era, se perdió la oportunidad de que de manera directa la asumieran solo Pemex y su sindicato, para que por medio de una negociación entre las partes, acordaran los arreglos necesarios que aseguraran la viabilidad de la empresa.

Con todo lo anterior, debemos tener cuidado en no dejarnos llevar por la demagogia de aquellos que quisieran volver al pasado, como si hubiese sido muy próspero y algo a lo que valiera la pena regresar. Para ser claros, no se debe caer en la trampa de las izquierdas que, paradójicamente, añoran los tiempos económicos del viejo PRI y usan como estandarte a un histórico presidente socialista: Lázaro Cárdenas.

Ahora a la Suprema Corte le tocará decidir sobre la viabilidad de la consulta popular en materia energética que tanto el PRD como Morena, PT y MC anhelan, pero lo cierto es que pese a todo, gracias a los pesos y contrapesos de la política, le podemos adelantar que en estas reformas por fortuna, no habrá marcha atrás.

 

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