Una vez aprobada la reforma energética, el reto –histórico, sin duda– está claro para todos y se llama sindicato.

 

 

“Cualquiera que sea el resultado inmediato, tengo la esperanza que sólo será un paso hacia futuros desarrollos que desembocarán en la ideal y final perfección. Existe una posibilidad de obtener energía no sólo en forma de luz, sino de potencia motora y de cualquier otra clase. Y entonces, con la energía obtenida del ambiente… la humanidad avanzará a grandes zancadas.”

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¿El discurso del presidente del PRI en Palacio Nacional el lunes pasado, a propósito de la promulgación de la reforma energética?

No. La frase es del autodenominado “descubridor” –no le gustaba el título de “inventor”– Nikola Tesla, en una conferencia sobre energía el 20 de mayo de 1891.

La reforma energética, sin duda el logro más relevante de la administración de Enrique Peña Nieto, ha sido señalada por detractores e impulsores, como histórica. Esto es cierto si consideramos que una de las características fundamentales del quehacer histórico en México es la obsesión con el espejo: creer que la nuestra es la historia que vale la pena contar; que lo que sucede afuera es –de facto– irrelevante.

Sí, la reforma energética es histórica a nivel doméstico. Pero es solamente el paso dado por nuestros competidores en el mercado global de energéticos en las últimas dos décadas.

 

La historia intramuros

La reforma energética es histórica a nivel interno, pues abre un tercer capítulo en la cronología de la explotación de los hidrocarburos. La primera, incipiente, de 1911 a 1938, fue protagonizada por las pioneras “El Águila” Petroleum Company y “La Huasteca” Petroleum Company, que en condiciones de ventaja, legislación ad hoc e incentivos que hoy serían escandalosos, explotaron los primeros yacimientos de petróleo –“chapopoteras”, como se les llamaba entonces– en los años convulsos del fin del porfiriato, la Revolución y los primeros gobiernos emanados de ésta.

La segunda, de 1938 a 2014, permitió fondear la vocación social –paternal, en su extremo más pernicioso– del gobierno. Sin embargo, la realidad rebasó el paradigma de la expropiación: desde la tecnología para acceder a campos más complejos, con estructura de costos jamás vistos en México, hasta la inviabilidad de una empresa petrolera pública que debía costear no sólo una tercera parte del presupuesto, sino una interminable lista de privilegios laborales, gremiales y políticos.

Sí, la reforma es histórica frontera adentro. Y lo es, en buena medida, porque sobre un recurso natural no renovable se construyó una retórica poderosa asociada a la soberanía. El culto al petróleo –con su tótem de 54 pisos en la avenida Marina Nacional– hizo cuestión de fe lo que para México siempre debió haber sido un negocio.

 

La historia extramuros

El mundo aplaude la apertura del mercado mexicano de energéticos. Mejora nuestras perspectivas de inversión y abre posibilidades de negocio antes imposibles en el modelo de monopolio estatal. De ahí al carácter “histórico”, hay una sana distancia.

El desarrollo de tecnología para la explotación de hidrocarburos, el debate sobre los mejores mecanismos para evitar mercados oligopólicos de energía, el aprovechamiento de energías limpias, son temas que llevan al menos 100 años sobre la mesa en los países que lideran la industria petrolera.

De ahí que conviene dejar la grandilocuencia para mejores y futuras circunstancias, y dedicarnos a implementar –lo que también implica medir– eficazmente la reforma energética.

¿Cómo podremos hacerlo desde la butaca ciudadana? Contestando las siguientes preguntas, entre muchísimas otras más que dejo a los expertos:

 

  • ¿Los consejos de Administración de Pemex y los miembros de la Comisión Reguladora de Energía y de la Comisión Nacional de Hidrocarburos estarán integrados con un criterio técnico?
  • ¿La mayor participación de excedentes petroleros a estados productores vendrá acompañada de la vigilancia al ejercicio de ese dinero público?
  • ¿Las empresas nacionales quedarán limitadas al rol de subcontratistas por la dimensión de los nuevos contratos, o podrán desarrollar tecnología y capital humano?
  • ¿A cambio de la asunción de pasivos de Pemex y CFE como deuda pública, qué pierde la representación sindical, qué mantiene el trabajador y qué gana la empresa productiva del Estado?

 

La reforma energética implica una transformación que va más allá de lo estrictamente jurídico, técnico y operativo. Para que ésta funcione y rinda los frutos deseados, necesita romper de tajo con los factores que aceleraron el agotamiento del modelo monopólico. El nuevo régimen de explotación energética no puede nacer con un rostro viejo.

Como país nos hemos puesto al día. Tarde, pero no demasiado tarde.

Si en verdad queremos darle un tamiz histórico a lo aprobado, deberíamos romper los grilletes políticos, paternales, corporativos, clientelares, que nos llevaron de administrar la abundancia, a administrar el fracaso.

Una vez aprobada la reforma, el reto –histórico, sin duda– está claro para todos y se llama sindicato.

 

 

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