Aumentar los impuestos por diversas vías, sobre todo a los que siempre los han pagado, equivale  a una injusta reducción de su poder de compra y la devaluación de su trabajo.

 

Si la política y la economía fueran personas, serían hermanas siamesas que, sin embargo, se parecen en muchas cosas y en nada a la vez.

La primera por lo general busca quedar bien con todos. Gusta de ser el centro de atención, que la amen, que le aplaudan, aunque eso signifique quebrantar muy a menudo el estado de Derecho y las leyes inmutables de la economía, su gemela.

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A ésta la oprime desdeñando sus principios en aras, se supone, de mantener el orden y la “justicia” sociales. Un costo muy alto que no obstante, se paga después.

Para ella todo es negociable hoy. Mañana, ya verá cómo arregla lo descompuesto que quizá, le toque a otro manejarlo. En ese caso qué importa, no será su problema, sino de otro.

Lo que cuenta es el futuro más cercano, la recompensa rápida, los “atajos” al bienestar.

Si esa política fuese un personaje de fábula, estaría representada como el chapulín que canta y baila olvidándose de prever la llegada del invierno.

Mientras tanto, la noble economía aguanta y aguanta, sabedora de que la empresa de su hermana no puede terminar bien, como nunca lo ha hecho cada vez que lo ha intentado.

Su satisfacción al final siempre estará en poder echarle en cara a la irresponsable política un sonoro “te lo dije”. Es la hormiga del cuento.

No hay atajos a la prosperidad. La riqueza no es algo que aparezca de la nada ni es infinita, como no lo son tampoco los bienes materiales disponibles en este planeta.

Eso hace indispensable que la producción, distribución y consumo, para que sea sostenible, se realice a través de un mercado libre.

De lo contrario, la ilusión de un mundo en el que no hace falta ni siquiera trabajar para tenerlo todo, acabará de manera irremediable en un desastre que no solo quitará a todos por la fuerza de la economía lo que la política dio, sino mucho de lo que se tenía desde antes.

De esta forma, el llamado “Estado de bienestar” con su mentalidad de derechos, poco avanza en el sentido de generación de riqueza, pero mucho, en la generalización de la pobreza. El resultado final.

Como se dice coloquialmente, se avanza un pasito para adelante pero muchos hacia atrás.

Curioso es entonces que se atribuya al “capitalismo” y a su mercado el cáncer del desempleo global, cuando justo atravesamos por una época en que no hay capitalismo auténtico, no hay mercados libres sino manipulados ni dinero honesto, solo “dinero” de papel (o digital) y cada día más carga impositiva, desempleo y crisis.

El falso capitalismo nos aleja de la libertad, y no acerca al socialismo de la pobreza.

Más impuestos no hacen a un país o a una persona más libre, sino más esclavo.

Se trabaja para el Estado, que por cierto, todo hace menos gastar eficientemente. Y no lo hace porque “no lo necesita”.

Si requiere más recursos, solo tiene que volver a subir las tasas de tributación ad infinitum.

Cabe aclarar que este actuar no es exclusivo de un país, sino por desgracia, de la política en todo el mundo.

Ese que sigue girando en torno a las equivocadas ideas de Keynes que dominan la economía desde el siglo pasado, y que tienen al sistema monetario global en bancarrota.

En este sentido, la idea de aumentar los impuestos por diversas vías, sobre todo a los que siempre los han pagado, equivale meramente a expropiarlos más a favor del Estado. Una injusta reducción de su poder de compra y devaluación de su trabajo.

Esta sucede a la par de otra pérdida y despojo producto de la impresión de “dinero” papel que, por primera vez en la historia universal, ocurre simultáneamente en los bancos centrales más importantes del orbe, y asegura también la destrucción continua de su poder adquisitivo. Pérdida por partida doble.

Por eso, la reforma hacendaria propuesta en México por el gobierno de la República, políticamente “correcta”, es un caso más de dominancia de la política sobre la economía.

Revela asimismo que la reforma que más le importa es la energética, para la que está incluso dispuesto a ceder en las demandas de la “izquierda” en materia fiscal. No por nada el PRD es el partido más contento con los cambios propuestos.

El presidente decidió hacer concesiones para no quedar mal de nuevo con la mayoría que se opone a la “privatización” de la “renta petrolera”, pero en el camino, ahora ha quedado mal con los que, a la hora buena, son los que deciden invertir o no sus capitales en el país.

El gobierno no resistió la tentación de “estimular” la economía con la vieja receta del déficit público que, podemos esperar, no será “temporal” como aseguran. Una mala noticia que acumulará más deuda pública.

En suma, en su esfuerzo por quedar bien con todos, el presidente terminará por no quedar bien con nadie. Una apuesta arriesgada de la que pronto veremos si los resultados son los que espera, pero que las probabilidades apuntan a que, otra vez, no será así.

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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