No han sido pocas las veces en las que veo movimientos mundiales que no entiendo. Observo la radicalización de los pueblos, lo intolerantes que nos hemos vuelto, veo como muchas de las fronteras que nos empeñamos en derribar se comienzan a alzar nuevamente. El mundo no está tan cerca como antes y las fronteras no son lo que una vez fueron. Las relaciones de las naciones con el mundo parecen estar en un punto de inflexión. La dinámica cambiante del liderazgo político global es crucial y se ha convertido en una competencia cruenta. Esas no son buenas noticias.

Debiéramos empezar por poner las cosas en su lugar. Los consumidores de todo el mundo se han beneficiado del comercio en la era de la globalización. Incluso los países más cerrados han gozado de las mieles de comprar y vender con mejores condiciones. Por ejemplo, McKinesey estima que las importaciones chinas han recortado los precios de los bienes de consumo de los Estados Unidos en un 27 por ciento. China, que históricamente ha sido un país de puertas cerradas, es hoy un mercado importante para las empresas multinacionales que buscan un nuevo crecimiento —los ingresos de las empresas extranjeras que invirtieron en territorio chino aumentaron 12 veces entre 2000 y 2017, según la Oficina Nacional de estadísticas de China—. Sin embargo, la naturaleza del ascenso de China está bajo escrutinio. Se ha expresado la crítica sobre, por ejemplo, las políticas de China para apoyar la transferencia de tecnología de empresas extranjeras a locales.

Hay preocupaciones, el mundo hoy se pregunta sobre las desventajas de estar tan poco separados. Se teme que la disolución de las fronteras se traduzca en movimientos que desplazan los trabajos de manufactura en economías avanzadas como los Estados Unidos o Europa, aunque las tecnologías de automatización también han desempeñado un papel en términos de crisis de empleo y subempleo. Según estudios de la Organización Mundial de Comercio, se calcula que al menos dos millones empleos de manufactura fueron eliminados entre 1999 y 2011, lo que coincide con el período en el que las importaciones procedentes de China estaban creciendo. Sin embargo, es muy importante puntualizar que la correlación no debe confundirse con las causas. No podemos concluir que una cosa sea efecto de la otra.

Evidentemente, cuando China se unió a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001, la dinámica de los Estados Unidos con Asia cambió. Los Estados Unidos históricamente han tenido grandes déficits comerciales con Asia. Mediante la importación de insumos de otras economías asiáticas y la exportación de productos terminados a Estados Unidos, China se convirtió en el centro de comercio consolidado para la relación comercial. Esta relación parece estar afectando la composición mundial. Los términos de transferencia de tecnología, inversión, logística, investigación y desarrollo, exportaciones e importaciones van soplando como un viento transformador en el que los factores se modifican y, si no estamos atentos, podemos dejar de entender.

El desentrañar aún más las conexiones mundiales plantea riesgos significativos, si no comprendemos, nos podemos quedar fuera, nos podemos quedar aislados. Las recientes tensiones comerciales entre las economías poderosas se disiparon un poco desde la reunión del G20 a principios de diciembre, pero plantean preguntas sobre si estamos listos para una nueva era de controversias comerciales, nuevas barreras de inversión, proteccionismo, especialmente en el caso de y límites al suministro de insumos esenciales como tierras raras.

En el corto plazo, el perfil de las economías sugiere que el riesgo de que sea descarrilado por aranceles más elevados y una desaceleración del comercio puede ser relativamente limitado. Las economías grandes que están impulsadas internamente tampoco pueden elevar muros y aislarse del mundo. Nos necesitamos mutuamente.  Aun cuando las economías avanzadas sufrieron la crisis financiera global 2008, el crecimiento robusto y alimentado internamente de China y de las economías emergentes continuó. Sin los productos de bajo costo y la mano de obra barata, no habría podido resurgir la actividad económica global.

La radicalización que está padeciendo el mundo se produce cuando queremos quedarnos con todos los beneficios sin estar dispuestos a pagar los costos que vienen implícitos. Esa postura, por más infantil que sabemos que es, es real. Vemos a dirigentes que agitan el avispero del egoísmo y que tienen un gran éxito a la hora de polarizar. Hemos visto lo fácil que es encender en la gente esa intolerancia y esa miopía. También podemos observar que esta postura extrema ha traído pocos beneficios. Las verdades a medias apelan a un enemigo extraño que viene a quitarnos lo que es nuestro, se engendran guerras ficticias y se forjan monstruos en donde hay debilidad. Así no gana nadie.

Los movimientos migratorios no van a parar y radicalizar a la Humanidad no será solución. Hablar de condiciones comerciales desfavorables, mientras tratamos de contrarrestar con aranceles, no será la forma de dar una batalla digna. Tal vez, debiéramos empezar a pensar en cómo hacer para que dadas las circunstancias, generemos un plan en el que todos resultemos ganadores. De otra manera, el ser humano será el gran perdedor.

Siempre habrá una forma para imaginar soluciones en las que todos salgamos beneficiados. Elevar muros, cancelar puentes, encerrar inocentes no parece ser una ruta adecuada. Sucede lo mismo que cuando queremos bloquear el flujo del agua, el líquido encontrará caminos alternos y se filtrará por lugares que no serán los más convenientes. Es mejor analizar, idear, planear, diseñar y ejecutar cómo hacer para que los resultados sean buenos para más personas. Claro, hay que aceptar que eso nos va a costar; pensemos lo que tenemos que hacer para que nos cueste menos y estemos dispuestos a pagar lo que nos toca.

Para ello, hace falta valor, creatividad y procesos que faciliten la innovación. Me temo que estamos algo extraviados en el camino y andamos haciendo justo lo contrario. Por eso creo que es tiempo de empezar a reimaginar un mundo en el que todos podamos ganar. Más allá de propuestas fantasiosas, de buenos deseos o de odios intolerantes y razones absurdas, es tiempo de reflexionar seriamente cómo podemos tender puentes que nos lleven a tener un mundo más igual y en el que las diferencias no postren a un ser humano e situaciones de indignidad.

 

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