Por Steve Forbes

El 23 de junio (de 2016) tendrá lugar un referéndum trascendental para determinar si el Reino Unido abandonará o no la Unión Europea (UE). Una salida sería una catástrofe, y en última instancia amenazaría a todas las estructuras políticas y de seguridad creadas después de la Segunda Guerra Mundial, las que permitieron que un continente destrozado se recuperara rápidamente de la devastación física de la guerra y desterrara milagrosamente la rivalidad asesina entre Alemania y Francia. Hoy, la guerra entre estos dos países es totalmente inconcebible.

La UE –a pesar de los errores que han ayudado a llevarnos a la orilla de un precipicio– ha sido un éxito notable. Las barreras entre Estados una vez cautelosos han sido en gran medida borradas. El comercio dentro del continente ha florecido. Gracias a una moneda común, hoy el capital fluye sin obstáculos entre los 19 países que la han adoptado, al igual que los flujos de capital entre los estados de Estados Unidos.

Desde la caída del muro de Berlín, la UE ha sido una fuerza tremenda para la liberalización y democratización de los Estados una vez comunistas de Europa oriental. El bloque ha dado el impulso necesario para que estos países hagan grandes reformas aun a pesar de la oposición de los intereses especiales arraigados dentro de sus fronteras.

Hay mucho que me desagrada de la forma como la UE ha evolucionado. Con sede en Bruselas, su burocracia se ha visto involucrada de forma repetitiva en escándalos de corrupción. La UE ha sido un volcán de pequeñas regulaciones, intrusivas y ridículas; incluso tienen una definición de lo que constituye un plátano. Los británicos, sobre todo, resienten las resoluciones judiciales que groseramente van en contra de la tradición de la ley común británica. Y las acciones de defensa de la competencia de la UE han sido sofocante y rutinariamente contrarias a la innovación.

Demasiados líderes políticos y burócratas europeos son adictos a los altos impuestos. Un tema común en la UE, especialmente en Francia y Alemania –ambos con altas tasas tributarias–, es la “armonización fiscal”, un eufemismo para regímenes impositivos más altos obligatorios para los 28 países del bloque.

La evolución de la UE ha superado con creces lo que sus creadores pretendían originalmente: una zona de libre comercio con creciente cooperación política. En lugar de ello, los líderes continentales se han esforzado por construir una unión política real, un cuasi Estados Unidos de Europa. Desafortunadamente, esto ha sido empujado sin llegar a obtener el consentimiento de los gobernados a cada paso del camino, lo que ha alimentado el surgimiento de partidos políticos xenófobos.

En la actualidad, un punto de alarma cada vez más agudo para el creciente número de euroescépticos en Inglaterra (y en otros lugares) es la inmigración, que frente a una economía no muy vibrante exacerba las tensiones sociales.

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Pero el mayor culpable de la descomposición del tejido de la UE es el estancamiento económico. Los líderes han olvidado lo que permite que una economía crezca: niveles razonables de impuestos, gasto y regulación, especialmente en lo que respecta a la contratación y el despido de mano de obra. Cuando se desató la crisis de 2008-09, el sector privado sufrió la mayor parte de la “austeridad”, lo que resultó en un lastre para la recuperación. El emblema de esta estupidez autodestructiva ha sido Grecia, que se asfixia con una dieta de impuestos cada vez más altos y una burocracia multitudinaria.

Entonces, ¿por qué debería permanecer Gran Bretaña en la UE?

Una salida británica sólo incitaría el ímpetu de desintegración que se cierne actualmente sobre la UE y tendría consecuencias políticas y económicas nocivas. Un conflicto avivaría las llamas del proteccionismo y el nacionalismo extremo, fuerzas que una vez más ganan fuerza. La década de 1930 es la prueba de adónde puede conducir todo esto.

Fue el horror de la Gran Depresión –terminar con las barreras comerciales y las devaluaciones competitivas– lo que dio origen a los movimientos posteriores a la Segunda Guerra Mundial y finalmente derivaron en la UE.

Pero una salida británica, o Brexit, como se le ha denominado, también pondría en peligro al Reino Unido: Escocia estuvo a punto de separarse en 2014. Los escoceses quieren permanecer en la UE, y la perspectiva de la salida ya ha revitalizado a las fuerzas separatistas. Tampoco debemos olvidar que la paz siempre precaria en Irlanda del Norte podría estar en peligro.

Las consecuencias económicas adversas de una retirada británica son reales. Los partidarios del Brexit asumen alegremente que tras la separación la isla mantendría su actual acceso de libre comercio con los 27 países restantes de la UE. Eso es muy poco probable. Noruega y Suiza, miembros no comunitarios, pagan cuotas para acceder a este mercado gigantesco y también deben cumplir con la mayoría de las regulaciones de la UE. Como una advertencia a otros países que quieran salir, la UE podría hacer que el acceso británico al comercio con el bloque fuera especialmente caro. Por otra parte, la UE tiene acuerdos especiales de libre comercio con numerosos países de todo el mundo, como México. Gran Bretaña, cuya economía depende en gran medida de las exportaciones, tendría que negociar nuevos acuerdos con estos Estados, pero sin el poder de negociación del gran bloque europeo.

En lugar de dar la espalda a Europa y empobrecerse aún más en el proceso, además de avivar las fuerzas antiliberales que actualmente florecen en todas partes, Gran Bretaña debería hacer lo contrario: quedarse y emprender una campaña diplomática agresiva, constante y bien pensada para reformar a la Unión Europea. Alemania y Francia se resisten, pero Londres es plenamente capaz de reunir el apoyo de otros miembros, como Polonia y la mayoría de los otros países de Europa central y oriental, así como los Estados bálticos de Letonia, Estonia y Lituania, todos los cuales quieren salir de la perniciosa rutina económica en la que se encuentra enfrascado el continente.

Gran Bretaña, como un modelo a seguir para otros, debe llevar la carga sobre la reforma y hacer declaraciones públicas con orgullo sobre lo que está haciendo. El Reino Unido ya sigue el ejemplo de Irlanda con respecto a la tasa de impuesto corporativo, que está programado para bajar a 18%. Debería recortarlo un poco más, así como también debería rebajar el ridículo 28% de impuesto sobre la renta, lo que dificulta la creación y el fomento de nuevas empresas. Podría asimismo avanzar hacia un impuesto de tasa única, como varios nuevos miembros de la UE ya lo han hecho, y señalar, durante el sinfín de reuniones ministeriales de la UE, lo que se ha logrado en el sector público de Gran Bretaña.

Gran Bretaña salvó a la civilización en 1940 de una forma mucho menos dramática, y antes de que nos acerquemos a un abismo de tales proporciones una vez más, puede hacerlo de nuevo.

 

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