La campaña electoral en Estados Unidos se ha convertido en un microcosmos del enojo presente en el mundo en contra del comercio internacional y la globalización.

Donald Trump, el virtual candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, ha basado parte de su campaña en ataques contra las importaciones baratas que continúan desplazando a la clase trabajadora de EU. Como sabemos, su ira se ha concentrado en China y México.

Bernie Sanders, uno de los candidatos del Partido Demócrata, mantiene una postura similar en contra de los tratados de libre comercio, aunque restándole el omnipresente odio y racismo de Trump.

En Europa, el discurso nacionalista es similar. El Reino Unido discute su retiro de la Unión Europea (el llamado Brexit), mientras que en Austria el partido de extrema derecha está ganando terreno. Lo mismo sucede en Francia, con Marine Le Pen, quien no duda en mostrar sus posturas antiglobalización, y Europa del Este, que vive un clima antiinmigratorio que continúa influyendo el curso de la Unión Europea.

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Los beneficios del comercio superan con creces a sus desventajas. El poder de compra de las personas y la calidad de los productos adquiridos aumenta, beneficiando sobre todo a la población de menores ingresos. Por ejemplo, se estima que el comercio con China significó una ganancia de 250 dólares para cada estadounidense en 2008.

Estos frutos se expanden también a las industrias que requieren de alta especialización tecnológica. La calidad y el costo de los aviones fabricados por Boeing y de los aparatos electrónicos fabricados por Apple no sería la misma de no existir las cadenas globales de producción, que permiten que países como Corea y Alemania exporten su tecnología, China la mano de obra y Estados Unidos el marketing.

En México, las industrias automotriz y aeroespacial y de defensa se erigen como las manufacturas de alta tecnología que más aportan al crecimiento del país. De 1999 a 2014, la industria aeroespacial y de defensa atrajo más de 3,100 millones de dólares de inversión a México, mientras que en 2015 la industria automotriz generó 3% del PIB y el 32% de las exportaciones del país. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) fue indispensable para colocar a México en esta situación. Por ejemplo, desde el comienzo del tratado, en 1994, Estados Unidos ha mantenido un déficit comercial con México, llegando a -58.3 mil millones de dólares en 2015.

Desgraciadamente, es el lado negativo del comercio lo que está acaparando la atención del mundo. Economistas y líderes se preguntan qué le ocurrió a la panacea del libre comercio. Publicaciones como The Economist y The Financial Times, históricamente a favor del libre comercio, señalan que el error fue pensar que el mercado se ajustaría rápidamente y que aquellas personas que fueron desplazadas de sus trabajos podrían conseguir uno nuevo rápidamente. Un ejemplo es el desempleo que el sector automotor estadounidense observa, en parte, a raíz de la reubicación de las plantas a países como México.

A pesar de lo que se diga en la campaña estadounidense, la principal razón del masivo desplazamiento de estos trabajadores ha sido el aumento de la productividad a manos de la tecnología. México y Vietnam, por ejemplo, se han visto favorecidos debido a su localización geográfica, su mano de obra barata y la creciente especialización en industrias que ostenta, como mencioné anteriormente. De esta forma, a medida que China se vuelve demasiado cara, las empresas buscan trasladar sus plantas.

Sin embargo, esta situación de relativa bonanza no durará por mucho tiempo. El poder que ha reunido el movimiento anticomercio de Trump, Sanders y otros continuará sea cual sea el desenlace de las elecciones en Estados Unidos y Europa. Poco a poco, ciertas actividades económicas seguirán repatriándose a sus países de origen ante la presión de la población. Esto no significa que el comercio internacional dejará de existir, pero sí que los cambios que veremos en el futuro cambiarán el panorama geopolítico y económico mundial. Y es que las presiones continúan aumentando. McKinsey, la firma global de consultoría, ha pronosticado que el crecimiento mundial durante los próximos 50 años será la mitad del crecimiento de las últimas cinco décadas.

Además, la automatización y digitalización en los procesos de producción, el entorno político mundial y la creciente presencia de la inteligencia artificial en cada aspecto de nuestras vidas poco a poco volverán innecesarios millones de empleos.

La situación por la que están pasando las naciones desarrolladas, donde la clase trabajadora se encuentra en crisis, indica la urgencia para México de implementar reformas que mejoren nuestro entorno económico, político y social. Si dejamos las cosas igual, manteniendo el statu quo, viviremos en un sistema sumamente frágil, donde los avances en innovación que México logre serán eclipsados por la ira y desesperación de las personas que no han sido escuchadas.

En este contexto, si México quiere continuar creciendo tendrá que crear un sistema sustentable de innovación y desarrollo económico, comenzando por atacar la rampante corrupción que ahoga al país.

De no ser así, el nuevo marco regulatorio que termine implementándose tendrá marcados sesgos e incentivos perversos, y poco nos beneficiaremos del progreso mundial en el comercio en servicios. Lo peor sería haber trabajado por establecer un sistema que termine perpetuando los problemas del país.

La era digital brindará incontables beneficios a nuestras vidas, y países e industrias enteras ya se están beneficiando. ¿Cuándo lograremos que sea nuestro turno?

 

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