Dos estrellas Michelin y un chef nombrado Cuisinier de l’Année 2013 por la guía Gault & Millau, son argumentos más que seductores para visitar L’Abeille, el restaurante gastronómico del hotel Shangri-La París.

 

 

Philippe Labbé atesora un po­der especial. En un lapso breve —solamente una cena— logró lo que varios años no habían podido conseguir: convertir a un ateo gastronómico en un ferviente creyente. Labbé no quiso convencer con su presencia ni argumentos teóricos. Dejó que su poética y audaz imaginación ganase la partida por sí misma.

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Las dudas del escéptico se des­menuzaban poco a poco, plato tras plato, y las objeciones se diluían con la inestimable ayuda de los elíxires seleccionados por Cédric Maupoint, ingenioso y vivaz sommelier. Una es­fera débil y fresca que se deshace en el paladar recordándonos las últimas vacaciones de verano en Córcega; la versión más aromática de un sea bass se zambulle en esencias de naranja, hinojo y anís; un venado de carácter salvaje se torna dulce al entablar amistad con miel artesanal y jugosos arándanos. Detalles. Para Philippe todo son detalles. Sublimes, efímeros, intensos, rebeldes, delicados y, sobre todo, inesperados. “Constantemente me reto a mí mismo para crear una cocina que destelle emoción”, asevera. François Perret, artífice de las confituras, le secunda en la conquista al paladar del incrédulo, complementan­do en los postres la vasta oferta de quesos artesanales —memorables todos y cada uno de ellos— con un milhojas crujiente relleno de crema y matices de caramelo. El instinto goloso de la infancia revive excitado. Y es entonces cuando, tímido pero victorioso, Labbé abandona su feudo para saludar personalmente al nuevo y complacido devoto.

Todos los platos de L’Abeille cambian según las estaciones, razón de peso para querer revisitarlo cada temporada. Nos obsesionamos con la idea de catar en un futuro el salmón del río Adour o el foie gras cubierto de chocolate, audacia creativa e irreverente de una mente libre. Desde 2009 el hogar del chef es este restaurante que toma su nombre del emblema de Napoleón, la abeja. Promete —y cumple— re­velar al comensal nuevas emocio­nes en un envoltorio de belleza y sabores inauditos, tesis que enlaza con el espíritu del hotel Shangri-La París, verdadero paraíso para el huésped. Sólo aquí el encanto fran­cés se une a la hospitalidad asiática para crear un modelo de negocio sin competencia. Quien haya descu­bierto sus bondades sabrá que hay algo diferente acerca de esta firma: las personas que dan vida al hotel. De hecho, los nombres del equi­po de Labbé aparecen en la carta; Olivier Pistre, Alexandre Leard, Robert Lechowicz, Alexandre Monmarché, Jonathan Rubat… Son los rostros que imprimen individualidad a la experiencia y sellan a fuego en la memo­ria una huella perenne y emocional.

www.shangri-la.com/paris

 

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