Los renovados nacionalismos parecen ser la mano que mece la cuna del mundo. A veces lo hacen en forma cadenciosa y otras con vehemencia o impetuosamente. Están presentes y avanzan por diversidad de modalidades, sean sociales, políticas, económicas, religiosas, empresariales y/o anarquistas, entre muchas otras formas.

Hoy por hoy les conocemos al menos tres rostros, y todos están marcando agenda con características muy complejas y no fáciles de comprender, pero que no hay que perder de vista.

 

Nacionalismo vs. globalización

Brexit, Syriza, el Frente Nacional de Francia… Los ejemplos son muchos, y Europa pretende tener el dominio de la ejemplaridad. Impulsada por un proceso unificador y globalizante, al mismo tiempo es paralizada por su propio ADN histórico. Lo vemos cuando encara el desafío de la migración, las demandas de las minorías y el rechazo a asumir desafíos que vienen de fuera. El europatriotismo está en jaque y se quebrantan sus tradicionales formas de actuar.

Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos no se queda atrás con un discurso nacionalista del candidato republicano a la presidencia Donald Trump, enfocado en la población blanca, aria y anglosajona, al evocar el sentimiento de superioridad y pertenencia a un proyecto que se dice nacional con la frase “Primero Estados Unidos”, que semeja a algunas de las peores épocas de la historia mundial.

Estos nacionalismos rampantes surgen como fenómenos que predican la exclusión, el miedo, el egoísmo y la crisis, nacionalismos que Albert Einstein definía como una enfermedad infantil, el sarampión de la Humanidad.

Las ideas de libertad, unidad y cohesión se borran en aras de exacerbar los límites irreflexivos, los cismas y los separatismos.

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No se trata sólo de un choque de valores absolutos ni de una simple polarización; lo que está en juego es la forma de convivencia en lo social, donde la queja o justificación consiste en que si la globalización no beneficia a todos, no me beneficia a “mí”, entonces al carajo la globalización, a la cual no se le quiere ni desea. En este paradigma no existe un punto medio.

La tensa polarización filosófica y pragmática enaltece las zanjas, al tiempo que se repugnan los puentes, todo con el fin de negar o rechazar la fenomenología globalizante. Así, el populismo irresponsable se apodera del pragmatismo irracional y miope. Se detienen los movimientos pendulares y se deja varados a los habitantes en su solo lado, esto es, en una sola opción estancada y anquilosada que se creía superada.

Los políticos y la gente está “conviviendo” a oscuras, a larga distancia, simulando, siendo presas de la ansiedad y los temores a la incertidumbre que provoca ser ciudadanos del mundo. Abundan la molestia, los enojos y la frustración creciente por la forma en que los supuestos y falsos líderes toman las decisiones ante lo global respecto de lo que es importante o relevante al interior de cada país o nación.

El grave y principal riesgo es que los nacionalismos irracionales avancen en detrimento de las libertades y de los sentimientos en favor de la Humanidad.

 

Nacionalismo étnico, regional o religioso

Los nacionalismos rampantes de hoy alimentan movimientos separatistas, de superioridad o de fe, y se multiplican con pasión irracional.

Los ánimos regionalistas se manifiestan en Escocia, el País Vasco, Cataluña, Flandes, Véneto, Quebec y en el separatismo prorruso en Ucrania.

En África destacan los movimientos separatistas de Uganda, Angola, Ruanda, Liberia, Sierra Leona y Etiopía, país del que ya se separó Eritrea en 1993, o Somalia y su territorio independiente de facto conocido como Somalilandia.

El frente etnorreligioso explica los nacionalismos judío, palestino, kurdo y del terrible Estado Islámico, que suele expresarse a través de la amenaza, el terrorismo, la xenofobia y la guerra.

Desde este punto de vista, la beligerancia es la forma de expresión más legítima en estos nacionalismos, donde los discursos se tensan sólo desde lo negativo de los demás, cegándose a ver alguna mínima similitud. Se rechaza el diálogo colaborativo y sólo se tolera el debate polarizador.

La calidad, la credibilidad y la legitimidad no importan en estos nacionalismos en aras únicamente de la cantidad, la imposición y el dominio de lo que se predica. El sentido común por la Humanidad ya no funciona, no sirve, pese a la era del conocimiento y de la veloz información.

Los discursos o sermones ya no tienen palabras justas. Se acabó la luna de miel so pretexto del pensamiento común; ahora la disputa es por resolver quién manda en su propia casa, donde la visión de planeta es vista como un estorbo.

 

Nacionalismo de Estado

Podríamos considerarlo el rostro menos nocivo, al menos por la inclusión que pregona al interior de las fronteras. Y aunque para algunos en realidad es instrumento de dominio y control, para otros es función del Estado que favorece la aparente solidaridad, la unidad y los símbolos de identidad nacionales compartidos entre los miembros de una comunidad política-social. Hay quienes incluso le atribuyen a este tipo de nacionalismo poderes para reducir o combatir la corrupción y las dañinas influencias externas.

Es el tipo de nacionalismo que en México dio sus primeras señales históricas, por ejemplo, en los Sentimientos de la nación de José María Morelos y Pavón, ése que reconoce la herencia del patriotismo criollo y que fue recuperado en las concepciones de Estado y de nación expresadas al triunfo de la Reforma con Benito Juárez, y en los valores reafirmados en el siglo XIX a través de las expresiones políticas, institucionales y artísticas de la etapa posrevolucionaria.

Pero el concepto y sentido de verdadero patriotismo hoy parece inexistente. Aquel entonces legítimo nacionalismo independentista hoy está totalmente ausente en México; al menos así lo demuestran los ciudadanos carentes de identidad nacional, sobre todo los más jóvenes, y una clase política reprobada que no da señal de compromiso ni garantiza congruencia ni unidad ni sentido de pertenencia.

Las heridas en la gente provocadas por estos nacionalismos irracionales perjudican y hacen aceleradas las decisiones desde el poder. La probabilidad de tomar y asumir decisiones equivocadas, que posteriormente provocan perdones o arrepentimientos, son directamente proporcionales a la magnitud de las distorsiones en la información pública o la ignorancia colectiva. No es para menos, argumentan los que desean un mundo mejor, pues esa aparente mundialización sólo favorece y privilegia a unos cuantos. La desigualdad y la pobreza no son abatidas por la globalización.

En México se requiere un nacionalismo de Estado, renovado y efectivo, que favorezca las legítimas funciones de gobierno y la legalidad en toda la población, uno que no se quede en el patrioterismo simplón, temporal y oportunista.

La irritación generalizada contra la posible construcción de un muro o contra las injurias a sus migrantes no hace nación, como tampoco lo consigue un brindis con tequila, un sombrero de charro, la porra a la selección nacional de cultura perdedora, Cantinflas, Chespirito o la aletargada solidaridad que sólo se activa en terremotos o desastres naturales.

Dice Fernando Vizcaíno (El nacionalismo mexicano en los tiempos de la globalización y el multiculturalismo) que la pérdida de interés hacia el nacionalismo podría ser efecto de la merma de las capacidades del Estado y de la transferencia de una parte de sus actividades a la sociedad civil y a la comunidad internacional. En este sentido, México debe defender un nacionalismo menos visceral y más funcional y colaborativo, pero ¿cómo y dónde encontrarlo? ¿Con quién y cómo empezar? ¿Se requiere de un líder para encender la mecha nacionalista racional?

El mundo se columpia entre nacionalismos irracionales en exceso, los que tenemos de sobra, y que por desgracia son los que adoptan las formas más torcidas, ésos que Arturo Pérez-Reverte ha descrito como exclusivos y excluyentes, el de sólo nosotros o sólo ellos: “El patológico, el que manipula instintos y sentimientos para conseguir perversa rentabilidad política. Y por ahí, ¡no! En ese sentido, algunos no nos sentimos nacionalistas en absoluto.” Es hora de acostumbrarnos a los irracionales nacionalismos de todos los días, pero sin dejar de buscar la colaboración –y no la mera competencia– nacional. La persona humana ha dejado de ser el centro del planeta para ser un integrante más.

No subestimemos el poder que tiene la motivación desenfrenada de los aparentes nacionalismos. No caigamos en la simulación demagógica ante la ausencia de los beneficios de la globalización creciente. El poder de la comunicación, de la información y del diseño del sano pensamiento es fundamental, toda vez que el pensamiento siempre precede a la acción.

En conclusión, en la actualidad se requiere una pesquisa rigurosa, una autocrítica intelectual y emocional de uno mismo para desentrañar lo que es verdad y lo que es mentira, a fin de encontrar los unificadores sentimientos de la nueva nación mexicana. Más colaboración y menos ilusionismo nacionalista frente a un mundo globalizado.

 

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