En la entrega anterior explicamos por qué a pesar de que el bitcoin (la más representativa de las criptodivisas) es ya considerado oficialmente como “materia prima” y divisa, no podrá superar al oro como LA materia prima dinero por excelencia.

Sin embargo, lo anterior no significa que metales preciosos y criptodivisas no puedan convivir en un mercado abierto, con banca privada sin banco central y dinero reprivatizado, como proponemos. Al contrario. De lo que se trata es justo de eso: que haya competencia y que sea la gente la que elija qué quiere usar como dinero, o sea, como respaldo de los billetes en circulación.

Algunos estamos convencidos de que –como ya lo hicieron millones de personas a lo largo de milenios– el oro y la plata serán encumbrados de nueva cuenta al trono monetario.

Pero el tema del bitcoin da para mucho más. De hecho, gobiernos y bancos centrales –con su reconocimiento como divisa– le han echado encima una maldición disfrazada de visto bueno. En realidad preparaban una legitimación del crecimiento de sus controles monetarios usando la idea de las monedas virtuales.

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La prueba más contundente de esto ha llegado con la creación de RSCoin, que es el primer bosquejo de criptodivisa diseñado en la University College London, presentada en el documento Centrally Banked Cryptocurrencies.

Con este esquema de moneda electrónica –realizado de la mano del Banco de Inglaterra–, los bancos centrales mantienen “completo control sobre la oferta monetaria, pero basados en un conjunto de autoridades o ‘mintettes’, para evitar el doble gasto”, señala el texto.

Los autores, George Danezis y Sarah Meiklejohn, aluden a los planes de instituciones como JPMorgan Chase y Nasdaq de desarrollar tecnologías de cadena de bloques (blockchain), y al impacto que el Banco Central Europeo (BCE), la Fed y el Tesoro británico han reconocido que las criptodivisas tendrán en aspectos como la política monetaria, el sistema de pagos y la innovación.

Asimismo, advierten las limitantes que hasta ahora han tenido las monedas virtuales como su pobre adaptabilidad. Bitcoin, por ejemplo, sólo puede manejar, cuando más, siete transacciones por segundo, mientras que PayPal procesa 100 y Visa entre 2,000 y 7,000 operaciones.

RSCoin promete ser, en cambio, un sistema “escalable” y fungir además como una especie de infraestructura para que cualquier banco central pueda desplegar su propia criptodivisa, con ventajas superiores a la de cualquier moneda virtual privada desarrollada hasta hoy.

Además, su plan es que haya “interoperabilidad” entre las distintas implementaciones de RSCoin, es decir, intercambio de divisas “de forma transparente y auditable”.

Dicho de otro modo, la intención es que haya un nuevo sistema centralizado de pagos internacionales mucho más eficiente que los que existen en la actualidad. RSCoin introduce un grado de centralización tanto en la “generación de la oferta monetaria” como en la constitución del registro de transacciones.

Los autores concluyen que su esbozo “provee el control sobre la política monetaria que entidades como los bancos centrales esperan retener”. ¿Alguien lo dudaba?

Reconocen que su enfoque basado en la cadena de bloques tiene mínimas variaciones respecto a otras criptodivisas exitosas como bitcoin. Le copiaron.

¿Serán, entonces, el “dinero del futuro”? Puede ser, pero, por lo aquí expuesto, eso no es necesariamente bueno.

El experimento bitcoin, que trató –se supone– de ser una alternativa al sistema centralizado de banca, terminará siendo adaptado, mejorado e implementado ¡por los mismos bancos centrales!

Ése no sería ningún problema si los ciudadanos tuviéramos la oportunidad de elegir en competencia libre cuáles “dineros” usar. Pero no. Las autoridades monetarias usarán las criptodivisas para maximizar sus controles, por supuesto, con la intención de seguir manipulando el mercado a su antojo y “estimular” la economía. Lo anterior, a pesar de los conocidos efectos negativos que ello produce: los ciclos crecientes de auge-recesión.

El plus para los bancos centrales será una vigilancia absoluta sobre el registro de transacciones –que sólo ellos tendrán–, algo que, como aquí hemos expuesto, va en concordancia perfecta con sus planes de eliminar el uso de dinero en efectivo. Esto, claro, en perjuicio de la libertad y privacidad de los ciudadanos.

Seguro que los presidentes y gobernadores de los bancos centrales agradecen la idea a los creadores de bitcoin, si no es que desde el principio todo fue lanzado como una especie de experimento de laboratorio.

Por eso, sí, qué bueno que haya criptodivisas o lo que quieran, pero mientras una autoridad central siga decidiendo por todos en vez del mercado, cualquier avance tecnológico monetario será en realidad un gran salto hacia atrás.

 

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