A la serie de sanciones impuestas a Rusia, Vladimir Putin ha girado instrucciones a su gobierno para preparar una respuesta “cautelosa”.

 

El conflicto en Ucrania ha recibido toda la atención y seguimiento de este blog por una razón fundamental: lo que sucede en Europa tiene siempre implicaciones mundiales, y de salirse de control, nadie puede descartar que una guerra local en realidad pueda convertirse en una Tercera Guerra Mundial. Las tensiones en Medio Oriente por la criminal acción bélica de Israel sobre la Franja de Gaza, y en el Lejano Oriente por las disputas territoriales en el Mar de la China Meridional, predisponen el terreno.

En este sentido, a la serie de sanciones impuestas a Rusia, tanto por Estados Unidos como por la Unión Europea, el presidente Vladimir Putin ha girado instrucciones a su gobierno para preparar una respuesta “cautelosa”. Entre las medidas a implementar ha trascendido que se restringiría e incluso prohibiría a aerolíneas europeas volar a Asia a través de Siberia. Las líneas más afectadas serían Lufthansa, British Airways y Air France, cuyo costo se elevaría por el cambio de rutas en 1.3 mil millones de dólares en tres meses –según una fuente del diario ruso Vedomosti, aunque algunos expertos de la industria consideran que la cifra real no sería tan elevada–. Desde luego, Putin va a paso lento en el contraataque político, porque sabe que este tipo de decisiones siempre terminan teniendo un efecto búmeran.

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Esta última parte es la que los líderes europeos y estadounidenses pretenden ignorar con soberbia. Más les valdría un “baño” de humildad, pues si siguen presionando a Rusia y ésta cierra la llave del gas a Europa el próximo invierno, más temprano que tarde veríamos a la canciller alemana Angela Merkel y compañía sentarse a la mesa con Putin.

De hecho, aunque hay una negación oficial, gracias al periódico británico The Independent, hace unos días supimos que ya existe un acuerdo secreto entre Alemania y Rusia. Dicho arreglo reconocería la anexión de la península de Crimea, el cese de los apoyos económicos y militares rusos a los separatistas, restablecería el suministro de gas a los ucranianos y obligaría a Kiev a no solicitar su ingreso a la OTAN, entre otros puntos. Sólo Putin y Merkel saben si esto también lo conversaron en Brasil durante la final de la Copa FIFA, donde se les vio juntos.

Por supuesto, el gran ausente e inconforme sería, como siempre, el presidente estadounidense Barack Obama, quien, dicho sea de paso, junto con su secretario de Estado, John Kerry, han manejado una desastrosa política exterior.

En este sentido, ayer los principales mercados bursátiles cayeron fuerte ante los dichos del ministro de Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski, quien opinó que Moscú estaría incrementando sus tropas en la frontera ucrania “para ejercer presión o para invadir”. Desde luego se trata de una especulación que no es nueva, pero que también fue suficiente para levantar las cotizaciones del oro desde sus pérdidas iniciales del día y para que el dólar se fortaleciera hasta un máximo de casi nueve meses frente al euro. La búsqueda de activos exhibe el miedo de los inversionistas ante una guerra. Los efectos ya son globales.

De acuerdo con un portavoz militar ucranio, Rusia tendría desplegados 45,000 soldados en la frontera con Ucrania. Los cálculos de la OTAN son de 20,000 efectivos. Más allá de si se prepara una invasión o no, está claro que Moscú enseña el “músculo” a Kiev, esta vez con un ejercicio militar de cinco días en el que ha involucrado a más de 100 aviones.

No obstante, las declaraciones del ministro polaco se inscriben en el discurso occidental anti-ruso, mientras cada vez se hace más evidente que, a pesar de la propaganda en sentido contrario, el ejército fiel a Kiev está perdiendo fuerza. Bajo esta óptica, las advertencias de una presunta invasión rusa son por completo infundadas, dado que los rebeldes del Este no necesitarían de un apoyo armado total de Moscú para vencer. De esto hay señales cada día más claras, como que 438 soldados ucranios decidieron dejar las filas para irse a Rusia. De ellos, 195 habrían solicitado volver a casa, pero el resto solicitará asilo y la ciudadanía rusa.

Por eso Kiev tiene prisa, pues, en reforzar al precio que sea sus fuerzas armadas, para lo que también ha impuesto una serie de gravámenes “temporales” para los gastos militares y ha intentando, sin éxito, vender bonos para recaudar fondos. Saben que están perdiendo. Fracaso tras fracaso se acumula en el país “apoyado” por Estados Unidos mientras continúan además sumidos en la inflación, la devaluación de su divisa, el desempleo y la recesión.

En suma, ojalá más temprano que tarde veamos a ambos bandos dejar a un lado sus diferencias y se sienten de una vez por todas a negociar una solución pacífica. No parece ser lo que quieren en el bloque occidental, que sigue provocando intencionalmente la discordia. Como sea, la senda por la que va el conflicto es perjudicial para todos, y de continuar así, la onda expansiva la seguiremos sintiendo en todo el planeta.

 

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