A los pocos días de que se anunciara con bombo y platillo que México había logrado desplazar a China como el socio comercial número uno de Estados Unidos, el presidente Trump anuncia el fin del Acuerdo de suspensión del jitomate, por el cual, desde 1996 los productores mexicanos estuvieron libres del pago de aranceles por la internación de este producto, mientras el gobierno del entonces presidente Bill Clinton, llevaba a cabo una investigación por prácticas de dumping.

Desde que en 2018 se anunció la imposición de aranceles al aluminio y al acero (de la que ya no se habla, por cierto), la reactivación del gravamen al jitomate del 17.5% vuelve a darle a Donald Trump un punto a favor entre sus productores nacionales. En esta ocasión, son los de Florida quienes seguramente recordarán en 2020, este pequeño pero gran acto de su presidente en aras favorecer un sector productivo que durante años habían estado denunciando prácticas desleales de comercio por parte de los productores mexicanos.

Las prácticas anti proteccionistas entre México y Estados Unidos, no sólo se acordaron con la finalidad de potenciar el Tratado de Libre Comercio; sino que, se buscó con ellas, favorecer la complementariedad comercial y fortalecer el intercambio para evitar el aislacionismo comercial. No obstante, la política unilateral y en extremo estricta de Trump lleva a su país a un estado permanente de confrontación, de búsqueda permanente de tensión y conflicto.

Si bien no existe una fractura evidente en las relaciones México-Estados Unidos, si hay una marcada y aguda discrepancia en temas coyunturales como lo son la migración, el comercio y la agenda regional.

Mientras el Plan Nacional de Desarrollo, recientemente publicado por el gobierno de México centra los esfuerzos de la política exterior en la relación bilateral y en el alcance de una visión compartida entre ambas naciones de temas eje; pareciera que la asincronía en los tiempos políticos se empeña en contaminar la relaciones entre ambos países.

Ante la súbita imposición de aranceles al jitomate, diferentes voces han pedido la reacción enérgica del gobierno encabezado por el presidente López Obrador, pero también en Estados Unidos; ante el alza en los precios de productos estadounidenses que constituyen parte importante del mercado interno y dependen del comercio exterior, y de alargarse la guerra comercial se afectarán las inversiones y el crecimiento a largo plazo.

Las cuotas compensatorias impuestas al jitomate mexicano por el gobierno de Trump podrían afectar a la industria con pérdidas de al menos 350 millones de dólares americanos.

Ante un panorama comercial altamente politizado hay, de fondo, un tema central; la ratificación del T-MEC en ambas Cámaras del Congreso Estadounidense.

Ciertamente, aunque con poco margen de maniobra, el gobierno de México necesita un importante poder de negociación y mano firme que privilegie los intereses de los productores mexicanos, que con ventajas comparativas llevan al mercado estadounidense productos altamente competitivos.

Mientras Trump anuncia la imposición de más de 200 billones de dólares en aranceles a productos chinos, México tendrá que apostar nuevamente por la política exterior comercial, que guste o no, había rendido frutos importantes. Sobre todo, en la apertura de nuevos mercados, la diversificación de las relaciones comerciales y en el posicionamiento de productos mexicanos con nuevos socios comerciales.

Sería prudente, y bueno, reconsiderar el rumbo de la política exterior. Mirar a nuevas latitudes y hacer de esta crisis, un momento de oportunidad para el crecimiento y el desarrollo económico y comercial.

 

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