Por Julián Andrade*

En México, los grandes capos de las drogas nunca han aspirado al poder político, o en todo caso no han desarrollado estrategias con ese propósito, a diferencia de Colombia, donde Pablo Escobar imprimió nuevas reglas y dinámicas, aquí las relaciones entre el poder y los bandidos se construyeron a partir de los incentivos del propio negocio.

Esto no quiere decir que no existieron lazos de complicidad, ya que hubo muchos y quizá el más destacado haya sido el de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), que durante los años setenta y ochenta fue una verdadera cueva de Alí Babá.

Lo que no existió fue un pacto entre las cúspides crimínales y las políticas.

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Los acuerdos entre estructuras de seguridad y cárteles generaron, sin embargo, una crisis sistémica en las policías y en particular en las dedicadas a combatir las drogas.

Hubo épocas en que los comandantes compraban las plazas y eran ayudados para ello por narcos regionales.

Para contrarrestar la podredumbre, se realizó un amplio esfuerzo que culminó con la desaparición de la DFS y con la creación del CISEN, una agencia civil de inteligencia sujeta a metas y controles y con procedimientos de reclutamiento adecuados.

Los viejos comandantes, ligados muchos de ellos a escándalos, pasaron a la jubilación o se les reasignó en zonas donde causarán menos daño.

Para principios de este siglo, sí hubo un grupo que lindó cerca de los centros de decisiones fue el de los Beltrán Leyva y no por apetitos distintos al de sus empresas, sino por necesidad de información de calidad para tomar decisiones logísticas. Llegaron, inclusive, a poner bajo su nómina a un empleado de Los Pinos, quien les facilitaba datos de la agenda presidencial.

El servidor público lo que conocía era la parte pública de las actividades, pero de todas formas resultó una señal de alarma de hasta dónde podían acercarse los delincuentes. Un tema, sin duda, de muy alto riesgo.

Los Beltrán Leyva crecieron al amparo de las familias sinaloenses y de la mano de Joaquín “El Chapo” Guzmán y de Ismael “El Mayo” Zambada.

Rompieron con sus antiguos jefes por una larga serie de traiciones, pero sobre todo porque así es el negocio.

Quizá el inicio de los problemas se pueda datar en 2008, con la detención de Alfredo Beltrán Leyva “El Mochomo” y que tuvieron su clímax cuando Arturo Beltrán Leyva murió en un enfrentamiento con la Marina Armada en Cuernavaca en 2009.

Acaba de fallecer Héctor Beltrán “El H”, con lo que la vieja estructura de esa organización delictiva ya no tendrá mucho impacto en la disputa por la producción, la venta y el trasiego de las drogas, aunque sus herederos sí.

Quizá para los hermanos Beltrán Leyva los nuevos esquemas complicaban su acción y no porque fueran menos dañinos, ya que lo eran al extremo, sino porque Los Zetas –con quienes estuvieron aliados por algún tiempo– y la Familia Michoacana empezaron a extorsionar a la sociedad.

Está captura de rentas no era el giro de los grupos que provenían de la vieja estirpe de narcotraficantes, pero esto terminó por cambiar todo, inclusive a ellos.

*Periodista y escritor. Es autor de la Lejanía del desierto y coautor de Asesinato de un cardenal

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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