Las nuevas tecnologías, su accesibilidad y su entorno democrático y virtual, arrodilla a los gobiernos, los hace cambiar y vulnera a los grupos de poder.

 

 

Gobiernos, medios de comunicación, analistas, académicos y ciudadanos observan sorprendidos las revueltas populares en diversas partes del mundo. No importa el lugar, no importa la edad, ni la religión, ni el idioma, ni la condición social, ni si es en primavera o es invierno. Los movimientos sociales suceden cuando menos lo esperas y llega por donde menos te lo imaginas. Ya no hace falta grandes pretextos para levantar una revolución, un asunto menor puede ser suficiente.

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Pero ¿quiénes son? ¿Qué quieren? ¿Quién los dirige? ¿Dónde está su líder?, ¿Por qué perseveran en la lucha y al mismo tiempo quieren cambios rápidos? ¿De dónde salen tantos manifestantes? ¿Quién los convoca? ¿Por qué tan rápido suceden las cosas?

La gran mayoría de estos movimientos no tienen liderazgos claros o definidos, se convocan con una rapidez inusitada y de una manera poco ortodoxa, en algunos casos los temas que provocan las revueltas son ridículos o desproporcionados para el tamaño de la protesta; en otros casos, se puede justificar ampliamente.

Los convocantes no necesariamente tienen nombre o apellido, son avatares o seudónimos indescifrables; caras cubiertas o mimetizadas entre las multitudes. No buscan ser líderes clásicos, con discursos inentendibles y seguidores orquestados. Tampoco exigen cosas irrealizables o complicadas, no piden la paz mundial ni la paz interior (no son actos de fe). Sus demandas están en su entorno inmediato, a tan sólo unos metros de su ser.

No hay un común denominador de muchos de estos movimientos, son una serie de factores, muchas de ellos coincidentes, que creo que podemos mencionarlos.

Por un lado, gobiernos ineficaces que no atienden las demandas ciudadanas, no las conocen; no actúan a tiempo y cuando lo hacen anteponen su prerrogativa de violencia y represión. Gobiernos que no pueden generar entornos o condiciones de empleo y oportunidad, ni estilos propios que cautiven y generen esperanza. Nadie cree en ellos y ni se distinguen. Todos son iguales.

Por otro lado, jóvenes y no tan jóvenes, sin trabajo, ni oportunidades, sin opciones o con anhelos superiores, tienen prisa para subirse el desarrollo que observan en otras partes del mundo, que se indignan de aquellas cosas que vulnere su esperanza, su ser y el futuro de sus hijos.

Son multitudes que se toman libertades que gobiernos limitaban; ejercen esas libertades por otros medios que los poderes no pueden controlar o limitar tan fácilmente. Las nuevas tecnologías, su accesibilidad y su entorno democrático y virtual, arrodilla a los gobiernos, los hace cambiar y vulnera a los grupos de poder.

Gobiernos y ciudadanos en un ambiente de libertad virtual provocan reacciones físicas, tangibles y reales. Son factores que ahora tienen que convivir y mezclarse en las sociedades actuales.

El reto principal es el de la política. Los gobiernos tienen que cambiar, ser distintos, innovadores, dialoguistas, cercanos, eficaces, promotores, que ofrezcan respuesta rápida y sin rodeos, transparentes y honestos. No se admiten errores, titubeos, arrogancias ni prepotencias. Si no pueden, que se vayan, dicen.

Lo sé, esto suena muy bonito pero creo que es la oportunidad de hablar del tema.

En casi todo el mundo los gobiernos funcionan de manera parecida. Definen su sistema de gobierno, su marco normativo y coercitivo, los derechos y obligaciones de cada ciudadano y las instituciones que hacen que todo esto funcione. Estas instituciones tienen a su vez, una estructura y una infraestructura que en términos estrictos y reales cambian de acuerdo a criterios simples o por decisión jerárquica.

El problema es que este andamiaje estructural hace muchos años que no cambia, sigue siendo el mismo a pesar de que la sociedad es otra, que la tecnología es otra, que las necesidades son otras y los retos mayores. No hay innovación gubernamental, estamos atrapados en los esquemas de los ´80, intentando resolver nuevos problemas con viejas estructuras.

Ya tendremos oportunidad de hablar con detalle sobre ideas y soluciones para un gobierno innovador. Pero no quiero dejar de lado los obstáculos y los problemas que una decisión de estas características o de esta magnitud puede atraer.

Hay por lo menos cinco actores que se resistirían: la burocracia profesional, los sindicatos del gobierno, los intereses fácticos, los gobiernos locales y… los políticos. O sea, todos. Nadie quiere perder a la gallina de los huevos de oro.

Tal vez, suene ocioso hablar de algo que no tiene futuro, pero la autoridad (en términos abstractos) está en riesgo; al menos la autoridad formal, porque una sociedad cuenta con un entramado de autoridades invisibles, morales, culturales, de fe y de creencias. Me refiero a la autoridad que se obtiene a través de elecciones populares (democráticas o no).

Para qué quiere un grupo de personas, con buenas o malas intenciones, un poder formal que no da autoridad moral, que nadie respeta y pocos confían. Por dinero y poder militar o policial; no es poca cosa, pero eso ya no es suficiente sostén de un gobierno.

Ikram Antaki decía que “la autoridad consiste en una capacidad de obtener de los demás algunos comportamientos por simple sugestión. Una disposición personal que permite hacerse obedecer sin recurrir a la fuerza… el detentador de la autoridad debe ganársela”.

Ganarse al ciudadano ya no es tema de elecciones, es de todos los días y por todas las vías, no a través de la simulación, el engaño ni la dádiva. No haciendo gobierno sin gobernar. Es ofreciendo un gobierno moderno, innovador y ciudadano.

Seguiremos hablando del tema.

 

 

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