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Por Óscar Balderas y Nathaniel Janowitz

Afuera de nuestra habitación, hay un jefe de sicarios de Los Zetas.

Los que viven en la zona centro de Veracruz saben quién es este tipo o han escuchado de él, y si está del otro lado de tu puerta, significa que en algún lugar, muy cercano a él, hay un comando de jóvenes sicarios que trabajan bajo su mando.

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Él nos observó a lo lejos, desde la calle, y avanzó detrás de nosotros, manteniendo una distancia de unos 15 metros para disimular que no seguía nuestros pasos. Vio que entramos al lobby del hotel, al elevador, al pasillo en el primer piso, al cuarto y fue detrás de nosotros. A punto de entrar a la habitación, hizo una pausa, sacó un teléfono móvil de su pantalón y escribió a alguien — ¿a su superior en el cártel? ¿a los sicarios que trabajan con él? — para después abrir la puerta y cerrarla.

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Ahora está adentro. Pone el seguro y con su cuerpo bloquea la entrada del pequeño cuarto de hotel barato que se renta por menos de 28 dólares al día: dos camas individuales, una silla, una televisión empotrada en la pared, un baño viejo y unas pesadas cortinas que él cierra para impedir que seamos vistos desde la calle.

Ocho meses después de búsquedas, preguntas y seguir pistas, estamos frente a un mando de “la letra” activo y en su reino de violencia. Él hará una pausa en su vida asesina para responder sobre la organización criminal a la que pertenece, los cárteles rivales y el rol que juega el gobierno de Veracruz en una trama de política y crimen.

Especialmente, está aquí para responder una duda, ¿están realmente Los Zetas perdiendo presencia en su zona de mayor de influencia en México?

— Muy bien, señores, estoy listo — dice con una voz cavernosa — ¿Qué quieren saber?

Todo en él transmite dureza: su apretón de manos es como atenazar una corteza reseca y su mirada parece cargar con las decenas de muertos que tiene atorados en el alma. Incluso, sentado en la única silla de la vieja habitación, tiene una presencia intimidante. El apodo que elige no es en vano: “El Sangres”.

— ¿Cómo inició usted?, ¿cómo fue que entró a la organización?

— Fue un momento de mi vida de desesperación, aunado a lo que yo sé, a lo que yo me dediqué: anteriormente fui policía ministerial y comandante municipal. Al ver tantas injusticias, yo renuncié a mi cargo. Me hicieron unos achaques en los que yo no tuve nada que ver y no encontraba trabajo. Dijeran por ahí que ‘me llegaron al precio’ y así fue como inicié.

— Usted primero fue policía y después esto, ¿mezcló ambas actividades?

— Para nada.

— ¿En qué año es que ingresa a la organización?

— En la organización llevo ya cinco años.

— ¿Cuáles son las funciones que usted lleva a cabo?

— (Jefe de) Sicarios. Nada más.

— ¿En qué zona?

— Zona centro. Llámese Veracruz, Córdoba, Orizaba, Mendoza… a donde me manden.

— ¿Cuánto gana aproximadamente?

— Dependiendo del trabajo que vaya yo a realizar es lo que me pagan. Oscila entre unos 20 y 25,000 pesos [entre 1,000 y 1,350 dólares].

— ¿Cómo conciben ustedes al cártel?

— Ellos son una familia, mi familia es el grupo que yo manejo. Puros sicarios. Yo no me dedico a extorsionar a la gente. A mí me dicen ‘ve a tal lugar, está fulano de tal, te lo llevas y no lo quiero volver a ver’ (…) Yo sólo voy a mi trabajo. Yo (a ustedes) no les voy a robar lo que traigan en la cartera, no les voy a quitar un teléfono, yo no les voy a quitar un reloj. A mí me dicen ‘llévenselos’ y se acabó.

 

Éste es un extracto de Tortillas y cárteles: cómo se metió el narco hasta los tacos de México, puedes leer la nota completa en Vice News.

 

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