Hay un rasgo inquietante en el mundo corporativo actual: cualquiera tiene la desfachatez de declarar su aspiración por llegar a ser el líder del mercado, por informar que va a conquistar cierto sector comercial, que conseguirá el puesto de mayor jerarquía en la empresa o logrará obtener los fondos necesarios para hacer realidad su magnífica idea.  Al escucharlos, no nos queda más remedio que elevar las cejas y aguantarnos la risa.

¿Qué le da a alguien valor para abrir la boca y soltar ocurrencias con semejante descaro?

No tiene nada de malo expresar un anhelo o una aspiración, siempre y cuando esté sustentada en el plan que tenemos para llegar al sitio soñado. El problema empieza en el momento en que abrimos la boca sin mérito alguno para hacerlo. O, peor aún, cuando exigimos ciertas prerrogativas o nos apropiamos de ideas ajenas y, más grave todavía es si en el camino nos llevamos al desfiladero a personas que creyeron en nosotros.

Hace años, en 1969, el visionario Laurence J. Peter, abordó un tema que hoy nos parece desconocido: la incompetencia. Huímos de ella como los antiguos lo hacían de la lepra, nos rehusamos a nombrarla como si se tratara de una bacteria contagiosa que con sólo invocarla nos pudiera infectar y, sobre todo, tenemos la maña de achacársela a todos los demás y nunca de verla en carne propia. En su famoso principio, Peter sostiene que las personas que realizan bien su trabajo y son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, llegarán a un puesto en el que no puedan desarrollarse, y así, alcanzan su máximo nivel de incompetencia. El tope de incompetencia es ese nivel en el que dejamos de ser aptos para llevar a cabo cualquier tarea o actividad porque no estamos a la altura del reto.

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Cuentan que el filósofo español, José Ortega y Gasset proponía que los burócratas fueran bajados de nivel hasta que llegaran al punto en que pudieran hacer su trabajo correctamente, con lo cual asumía que había muchas personas ocupando puestos para los que no estaban adecuadamente entrenados. Peter reformula las palabras de Ortega y Gasset y sostiene que no hay que tenerle miedo a la competencia de un equipo de trabajo, sino de los niveles de incompetencia que puede alcanzar. Una persona inteligente se rodeará del personal más y mejor capacitado que lo ayude a conseguir aquello que se plantea. También, aconseja prudencia ya que tanto empresas como organizaciones enfrentarán las siguientes tendencias:

  1. El fin de toda empresa es crecer y querrá crecer.
  2. El fin de toda persona es avanzar y querrá avanzar.
  3. Todo empleado siempre buscará una oportunidad de promoción, aunque no la merezca.

Para Peter, es claro que todos queremos avanzar hasta llegar a nuestro nivel de incompetencia y al alcanzarlo pueden generarse cuatro escenarios:

  • El incompetente que es consciente de su falta de competencia y, al saberlo, pone manos a la obra para remediarlo. Se entrena para abandonar los límites de la incapacidad y le pone solución, transformándose en alguien capaz. Es aquel que hace un esfuerzo por obtener la habilidad que no sabía que debía tener y la consigue.
  • El competente que maneja tan bien las situaciones que siente que se las sabe de memoria. La habilidad ya se ha convertido en un hábito que se repite en forma automática. El peligro deviene de la posibilidad de caer en un área de confort que se transforme en ceguera de taller y lo lleve a la incompetencia.
  • El competente consciente que tiene un método probado para hacer bien las cosas. Es más, no sólo lo conoce y lo domina, sino que está atento para abordar cualquier oportunidad que lo lleve a mejorar y a innovar. Practica y ejercita nuevas formas y prueba maneras más eficientes de hacer las cosas.
  • El incompetente que ignora sus niveles de incompetencia. Es la persona que no se da cuenta que está haciendo mal las cosas y puede llegar a engañarse y pensar que las está haciendo correctamente. Vive felizmente en la protección del que desconoce la realidad. No hay persona más cómoda que la que vive ignorando. Este escenario es el más peligroso porque no hay posibilidad de salir de ahí.

El Principio de Peter empezó como una ironía. Plantea el problema de no establecer una jerarquía bien delimitada entre jefes y subordinados. Parecía una broma, sin embargo, dio en el clavo de un problema que crecería a grandes proporciones. La bomba que se gestaba con la generación de los baby boomers quienes, con el afán de no lastimar la autoestima de sus congéneres y de sus hijos, practicaban el aplauso como la mejor forma de crítica. Esta generación fue siempre vitoreada y animada a hacer; no recibieron retroalimentación de aquello que les hacía falta mejorar o de lo que estaban haciendo mal, generando a personas con un nivel de tolerancia a la crítica muy bajo.

Los baby boomers educaron millenials con el mismo nivel de tolerancia a la crítica y con un nivel más bajo de tolerancia a la frustración. Todo ello con sus aspectos positivos y negativos. Es una generación que no enfrentó límites ni prohibiciones. Por eso, encontramos muchos ejemplos de emprendedores que supieron producir reacciones en cadena a partir de una chispa de ideas. Se forjaron éxitos rutilantes en fracciones de segundos. Y, luego pasaron una de dos cosas: tronó la burbuja ascendente o pasaron la prueba y se convirtieron en empresarios que están al frente de su respectivo impero. O, como dijera Peter, esperando a estrellarse con su propio tope de incompetencia.

Sin embargo, también hubo un lado oscuro: ver por ahí a ocurrentes que quieren subir los peldaños jerárquicos sin importarles exhibir sus niveles de incompetencia en forma descarada. Audaces que van proclamando al mundo en forma incansable que ellos son la encarnación salvífica, la solución hecha persona, utilizando las redes sociales como amplificadores de sus aspiraciones y dejándonos patidifusos y con la boca abierta. Se catapultan alegremente a su tope de incompetencia y cuando no cae sobre ellos la lluvia de billetes, no entienden qué fue lo que sucedió.

Según Peter, el afán por crecer es un gusanito que nos contamina con el deseo de llegar a nuestro nivel de incompetencia. No pararemos hasta llegar ahí. Ningún tonto se recupera de un éxito, y nada entraña tanto fracaso personal como el éxito cuando has sido elevado en tu puesto de trabajo hasta alcanzar tu nivel de incompetencia. No obstante, si cupiera la prudencia, entenderíamos cuando estamos dejando el campo productivo y nos estamos adentrando en una zona de peligro. Creo que, si hablamos de incompetencia, tal vez la podamos identificar.

 

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