Los casos de Afganistán y Ruando llevan a cuestionar la efectividad de la democracia en el mundo: estados endebles incapaces de subsistir sin el apoyo internacional, el cual ha dado pauta a ejercicios intervencionistas que en ocasiones no mitigan el clima de violencia, sino los exacerba.

 

 

 

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En abril dos sucesos relevantes nos recuerdan que sin democracia no hay rumbo. Las elecciones en Afganistán y Ruanda a 20 años del genocidio.

Afganistán y Ruanda devienen de conflictos étnicos, ambos estados carecen de salida al mar y son considerados por el Fondo para la Paz como estados fallidos. Ambos juegan un papel decisivo por su ubicación en la geopolítica internacional: Afganistán como parte de una estrategia contra el terrorismo y la producción de opio útil en la fabricación de heroína, además por ser el paso a China por el corredor de Wakhan, que en los últimos tiempos ha puesto su atención en Pakistán, situación que incomoda a EU, y Ruanda por la explotación del silicio y ser frontera con el Congo, proveedor de coltán, ambos elementos indispensables en la industria de componentes electrónicos mundial, específicamente en la de los celulares.

Afganistán es uno de los frentes principales de la guerra contra el terrorismo, su situación ha impedido que las fuerzas multinacionales de una coalición internacional, creada tras el 09/11 del 2001, y dirigida de la OTAN, abandonen el territorio, aunque se ha advertido que las tropas saldrán a finales de este año, si no es que antes alguno de sus nuevos líderes les solicita permanezcan en el mismo. Por ello, el resultado de las elecciones en Afganistán en este mes son vitales, pues determinarán el rumbo de esta nación.

Sin embargo, la presencia de esta fuerza militar, pone a prueba si los 70,000 millones de euros invertidos en la preparación de las fuerzas armadas afganas son suficientes para la estabilización del territorio, si no se acompañan de un gobierno efectivo con dirigentes que generen confianza y  mantengan planes prospectivos realistas para incentivar la economía y mantener la paz, de acuerdo a su Constitución que, aunque se dice democrática, lo es sólo nominalmente.

Respecto a la necesidad de la democracia en Ruanda, la primera pregunta que debemos formularnos para evidenciar las debilidades del poder público, es si tras la intervención del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, bajo la resolución 955 del 8 de noviembre de 1994, por la que se crea un Tribunal Internacional para el enjuiciamiento de los crímenes internacionales perpetrados en Ruanda, el pueblo ruandés cerrará la herida abierta por el genocidio. Éste se desencadenó tras el ataque al avión presidencial el 6 de abril de 1994, donde viajaban los presidentes de Ruanda y Burundi, Juvenal Habyarinama y Cyprien Ntaryamira, respectivamente, ambos hutu, volvían de las negociaciones de la Paz de Arusha. El avión del presidente ruandés fue derribado por un misil que al impactarlo lo derribó. La respuesta a la ya iniciada guerra civil fue una represión dura que desató múltiples matanzas de 1990 a 1994 entre las poblaciones hutu y tutsi. Este periodo se caracterizó por miles de arrestos, el uso de la radio y televisión para difundir mensajes de odio y venganza en contra de la población tutsi, violaciones y abusos sexuales masivos a niñas y mujeres, mutilaciones genitales, y las continuas matanzas organizadas y sistemáticas, ejecutadas tanto por miembros del ejército y el Estado, como grupos paramilitares e incluso civiles. Datos de distintas Organizaciones no gubernamentales, así como organismos internacionales revelan que en los 100 días que duró el genocidio se eliminó aproximadamente al 75% de la etnia tutsi.

Paul Kagame, el presidente ruandés, lamentó la tardía reacción de la comunidad internacional en este conflicto y el papel contemplativo que en su momento tuvo Francia, y los antecedentes de división racial provenientes del mandato que sobre su territorio ejercieron los belgas.

Esta clase de antinomias o contrasentidos es lo que lleva a cuestionar la efectividad de la democracia en el mundo, estados endebles incapaces de subsistir sin el apoyo internacional, mismo que ha dado pauta a ejercicios intervencionistas que en ocasiones no mitigan el clima de violencia, sino los exacerba. Estos casos prueban lo que Norberto Bobbio exponía respecto a la determinación compleja del orden internacional: ¿es un sistema internacional democrático compuesto de estados autárquicos, o es un sistema internacional autárquico compuesto de estados democráticos?

El conflicto es y ha sido el origen del cambio en toda sociedad, pero cobra significado cuando es res pública o cosa pública, que es regulado institucionalmente y admite la legítima actuación de otros actores. En este sentido, un conflicto local puede llamar la atención de la comunidad internacional y lograr mayor efectividad en la respuesta de este orden.

Hoy son otros tiempos, los estados no pueden imponer su voluntad mediante el uso de la fuerza, el sistema internacional debe a toda costa asegurar el mantenimiento de la paz.

 

 

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