Imaginar cómo será el mundo dentro de 10 o 15 años  no es sólo tarea de los escritores de ficción. Steve Brown,  futurista de Intel, lo hace a través de ciencia, tecnología  e interpretación de los deseos humanos. Aquí dibuja  algunas estampas del mañana.

 

Por Eythel Aracil

 

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En la película ganadora en la categoría de mejor guión original en la más reciente entrega de los premios Oscar, Her (ella), Joaquin Phoenix interpreta a un escritor que se involucra en una intensa relación emocional con el avanzado sistema operativo de su computadora. No se conoce la fecha exacta de la historia, pero a juzgar por los ambientes y el acceso que actualmente tenemos a la tecnología, se puede suponer que es un futuro no muy distante.

Steve Brown, futurista de Intel, es el responsable de construir y articular una visión clara para el futuro de la informática y las experiencias que le permitirán a esta organización, y a las personas, ir más allá en la próxima década. Es una de las cabezas en Intel Labs, ejército de investigadores que configuran el futuro en áreas como robótica, seguridad e informática portátil, entre otras.

“Creo que falta mucho para que las com­putadoras sean capaces de sentir nuestras emociones. Hay muchas investigaciones en Intel y en otras compañías para entender los estados emocionales de las personas”, explica Steve.

Y aunque todavía no es posible lograr que las computadoras perciban nuestros sentimien­tos, sí tendrían cierta capacidad de interpre­tarlos por medio de la combinación de otros elementos.

Este especialista explica que para deter­minar el estado emocional de las personas  se tomarían en cuenta factores biométricos y las expresiones faciales recogidas por una cámara. Al unir todo esto, la computadora decidiría cómo realizar servicios de forma más eficiente.

 

Meta: interpretar deseos

Para determinar cómo será el mundo, en Intel Labs se valen del presente, de las cosas básicas que necesitamos los seres humanos. Toman en cuenta lo que amamos, lo que odiamos, nuestros miedos. Anualmente lle­van a cabo alrededor de 250,000 entrevistas con personas de todo el mundo para entender, no qué quieren de la tecnología, sino qué quieren de la vida.

Los campos en que trabaja Intel Labs son muy variados (salud, sustentabilidad, transporte y compras, entre muchos otros) y los equipos están conformados por ingenie­ros, científicos sociales, como antropólogos culturales, etnógrafos. En ocasiones, incluso invitan a escritores que tienen conocimien­tos de ciencia e ingeniería para mostrarles los adelantos que se están cocinando. A partir de eso, los autores desarrollan historias basadas en hechos de ciencia, y así crean prototipos de ciencia ficción.

“Estamos trabajando en mucha tecno­logía para que las computadoras vean el mundo […] Realmente estamos pensando en cómo hacerlas más pequeñas, más podero­sas e incluso que tengan baterías con más vida y consuman menos energía”, agrega en entrevista Steve Brown, quien trabaja en Intel desde 1989 y quien cuenta con licen­ciatura y maestría en sistemas de ingeniería microelectrónica por la Universidad de Man­chester, Gran Bretaña.

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Ficción, en la vida real

Mucho de lo que posibilitan estas nuevas tecnologías es la fórmula “hágalo usted mismo”. De ahí el impacto, por ejemplo, de la impresión 3D. ¿La razón? Con estos equipos se pueden crear infinidad de objetos; prácticamente lo que se quiera. La impresora recibe el modelo de un objeto, y con gotitas de algún material, usualmente plástico, lo va construyendo. O incluso por medio de un láser para manipu­lar materiales, como metales.

¿Qué se puede copiar o crear? En ferias como la de Impresión 3D, en Londres, se apreciaron algunos ejemplos de zapatos, gui­tarras, brazaletes, manijas de puertas, partes de lámparas, sillas, juguetes y hasta sostenes. Incluso se usa en la investigación para crear prótesis con la capacidad de transformarse en tejidos corporales reales.

Sobre esto, en el Wake Forest Institute, en Carolina del Norte, se realizan pruebas expe­rimentales de medicina regenerativa. Ahí se crean estructuras en forma de orejas, narices y dedos a partir de una combinación de células humanas y de un gel biodegradable. El objetivo es lograr en el futuro órganos del cuerpo humano por medio de esta técnica llamada bioimpresión.

Para quienes deseen iniciarse ya en esta tecnología existe una tienda en Nueva York, MakerBot, en la que se venden impresoras 3D. Los costos varían; hay desde una peque­ña de 1,375 dólares hasta una grande de casi 6,500 dólares.

La compara con lo que en su momento fueron las impresoras de punto, que tarda­ban cinco minutos para imprimir una hoja, que eran ruidosas y no tenían buena calidad. Aunque confía en que llegará el momento en que sean como el láser, a color y con la capacidad de imprimir 100 páginas en un mi­nuto. Incluso, aunque lo califica de futurista, piensa en la posibilidad de adquirir un auto hecho a partir de esta tecnología.

Steve Brown precisamente está traba­jando en definir cómo serán las compras del futuro. Ejemplifica a través del modelo de compras de misión, cuando vas por algo en específico a un lugar, rápido y necesitas eficiencia. Momento en el que serían muy prácticos los “estantes inteligentes”.

“Éstos no sólo saben qué productos al­bergan, sino a quién tienen parado enfrente, o el tipo de persona. Quizás estás comprando y tú o alguien en tu familia es alérgico al cacahuate. Conforme avanzas por el pasillo del súper, el estante le puede hablar a tu tecnología wearable o a tu smartphone, y con eso sabe que se trata de ti y te dice: “Oh, sé que su hijo es alérgico al cacahuate, así que marcaré estos productos en el estan­te como ‘no me compres’ porque contienen cacahuate.”

 

En pro de la longevidad

Como parte del “hágalo usted mismo”, o me­jor dicho “cuídese en su hogar”, se podrían ubicar las pruebas que Intel ha hecho en el ámbito de las personas mayores, lo cual co­bra importancia actualmente, ya que dentro de cinco años habrá muchas más. Para 2050 se estima que uno de cada cinco habitantes del planeta será mayor de 60 años.

“El sistema de hospitales, doctores y en­fermeros que tenemos actualmente en todo el mundo no llega a la escala necesaria para poder atender a esta cantidad de personas. Tienes que encontrar una nueva forma de lidiar con las condiciones médicas y de salud”, explica Steve Brown. “Desarrollar tecnología que les ayude a vivir productiva, saludable y felizmente en sus casas por más tiempo, antes de que tengan que ir a un hos­pital caro o a asilos, es bueno para los costos y maravilloso para los humanos porque la gente no quiere dejar sus hogares.”

En ese sentido trabajan en la creación de tecnología wearable que ayude al doctor a tener un mejor panorama de la condición de salud de una persona.

“El problema de los ancianos se viene y sí es muy importante. Y eso es uno de los argumentos por los cuales se desarrolla este tipo de tecnología, ya que no habrá médicos suficientes”, comenta Alberto Ávila Funes, jefe de Geriatría del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubi­rán, en la Ciudad de México.

Alberto considera que éstos y otros dis­positivos son prácticos en cuanto a términos económicos y posibilitan una mayor cober­tura de la salud. Algo que cobra especial relevancia en México, donde apenas existen 500 médicos certificados como geriatras. Además se calcula que alrededor de 10% de la población mexicana es adulta mayor, es decir, con más de 60 años. Esto representa aproximadamente 11 millones de perso­nas y para 2050 se estima que sea la cuarta parte de la población.

 

Los dilemas

No todo es miel sobre hojuelas en cuanto a los avances tecnológicos. Éstos plantean cuestionamientos referentes a privacidad, responsabilidad y seguridad.

“Si bien muchos adultos mayores aceptarían encantados estas nuevas tecnologías en sus casas, otros considerarían invadido su espacio íntimo y podrían sentirse vigilados. Es más, algunas personas piensan que incluso una consul­ta por medio de una computadora es fría, informal, y en cierto sentido una deshumani­zación de la medicina”, comenta Alberto Ávila Funes.

Por otro lado se ha cuestionado el sentido de la cantidad de información que queremos compartir con otros. Una encuesta publicada en la revista Adweek y realizada por la firma de marketing Toluna arrojó que 72% de los estadounidenses no compraría los Google Glasses, aún en fase de desarrollo. Entre los principales temores está el hecho de poder ser grabado fácilmente, el acceso de hackers a datos privados y el potencial para que las acciones privadas sean públicas.

Nadie tiene una bola mágica —o quizá es que aún no se ha inventado— para saber hasta dónde se llegará. Lo cierto es que todo parte del presente y de las preguntas que se hagan investigadores y sociedad sobre cómo quieren vivir. Y, como recuerda Steve, si te­nemos una buena conversación sobre lo que queremos construir y qué queremos evitar, podremos tomar decisiones que nos permi­tan llegar al futuro deseado. Brown destaca que usualmente el cine es muy bueno en mostrar el futuro a evitar, uno distópico y aterrador a causa de las máquinas, pero casi no explora el que sí se puede construir.

“Me encanta Terminator, pero juega en un campo que retrocede en la cultura occi­dental a Mary Shelley y Frankenstein de ‘no debes jugar con la vida’. En cambio, considera que Her, escrita y dirigida por Spike Jonze, es interesante porque explora qué pasara en la siguiente generación de computadoras. Creo que está mirando cómo la computación se trans­forma basada en las relaciones, y cuando lle­ga al punto en que la inteligencia artificial puede fingir emociones o incluso tenerlas hasta el punto de formar un lazo con los seres humanos.”

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