¿Por qué un periodista oculta (en ocasiones) sus fuentes? ¿Qué leyes lo respaldan para actuar de esta manera? ¿Hasta dónde es ético y hasta dónde no el secreto profesional en el periodismo?

 

 

 

Por lo general, los columnistas omiten mencionar sus fuentes de información para proteger la identidad de sus informantes que, de manera regular, les proporcionan datos que luego terceros actores o los propios medios validan como ciertos. Ello contribuye al prestigio del columnista, a quien se llega a identificar como un hombre generalmente acertado en su información.

Mantener en el anonimato la identidad de la fuente informativa contribuye a garantizar la permanencia de ésta en el tiempo, como origen de futuras informaciones (la fidelidad con fidelidad se paga, o mejor, con nuevas confidencias se paga). De otro lado, hay que tener presente que la confidencialidad es un deber para quien ha pactado previamente el sigilo o reserva.

Gracias al secreto profesional, el columnista puede dar a conocer asuntos que de otra manera podrían permanecer ocultos para la sociedad, pero ello implica una gran responsabilidad, tanto por parte del periodista como de la fuente informativa. Ocultar fuentes para practicar un periodismo de rumores e informaciones a medias amparándose en el secreto profesional, constituye un abuso y una transgresión de las pautas éticas más elementales en este oficio. Tanto el periodista como el medio deben utilizar este derecho con honestidad y profesionalismo, y superar las omisiones y los problemas en su relación con la sociedad y con el poder.

Contrario a los columnistas, los reporteros tienen la responsabilidad ética de dar a conocer sus fuentes informativas, a menos que el tema sobre el que escriben sea de interés público e involucre a instituciones o personas de alto nivel. En este caso, el secreto profesional ha permitido dar a conocer grandes temas, como fue el caso de la indagación de los reporteros de The Washington Post que desembocó en la renuncia del presidente Richard Nixon, o el de los reporteros en México que, en 2005, dieron a conocer que funcionarios del gobierno del Distrito Federal eran obligados a entregar el 30% de su sueldo para financiar la defensa de Andrés Manuel  López Obrador contra su desafuero por el desacato a una orden judicial.

El secreto profesional de los periodistas está protegido por los artículos sexto y séptimo constitucionales, que garantizan los derechos a la libertad de expresión y de información y, en el caso específico de la ciudad de México, está garantizado por la Ley del Secreto Profesional del Periodista, vigente desde el 7 de junio de 2006, y en cuyo Artículo 3 se establece que

 

“El periodista y el colaborador periodístico tiene el derecho de mantener el secreto de identidad de las fuentes que le hayan facilitado información bajo condición, expresa o tácita, de reserva. El deber del secreto afecta igualmente a cualquier otro periodista, responsable editorial o colaborador del periodista, que hubiera podido conocer indirectamente y como consecuencia de su trabajo profesional la identidad de la fuente reservada”.

 

Medidas similares se han adoptado en varios estados de la República.

 

El otro lado del secreto profesional

Al aceptar información con la reserva de la fuente informativa, el periodista se ubica en medio de al menos tres intereses:

  1. El eventual interés de la fuente en ocultar su identidad o el nexo que le une con la información que quiere que se divulgue
  2. El interés del periodista en ofrecer una información nueva, al tiempo que conserva su fuente para que sea origen de futuras informaciones
  3. El interés de los públicos por estar informados, confiando en la veracidad de los datos que publica el periodista, aunque esos públicos nunca puedan corroborarlos por sí mismo o por otro medio. Simplemente confían en la firma y en el medio de comunicación que avala al informador.

Es decir, el secreto profesional del periodista es también un elemento que las agencias de relaciones públicas o diferentes instituciones o ejecutivos emplean para posicionarse entre ciertos columnistas como fuentes de información confiable y, al mismo tiempo, para lograr determinados objetivos de comunicación en su beneficio.

Ejemplo claro de ello lo tuvimos durante los últimos meses del año pasado, con motivo de las discusiones por las diferentes reformas propuestas por el Presidente de la República. Varios columnistas pusieron en acción sus redes de relación en diferentes ámbitos, tanto públicos como privados, para obtener información privilegiada con reserva de la fuente informativa. Pero de igual forma, muchas empresas, organizaciones profesionales e industriales y representantes de los poderes ejecutivo y Legislativo, también pusieron en juego sus relaciones mediáticas para, a través de información privilegiada con reserva de la fuente, buscar presionar para defender sus intereses.

Para el lector común se trataba de periodistas bien informados y relacionados que tenían primicias; para los verdaderos destinatarios de los mensajes, se trataba de ciertas formas de presión para, al menos, lograr negociaciones que produjeran los menores efectos negativos posibles para cada uno de los interesados.

Al igual que para el periodista el secreto profesional es una gran responsabilidad, también lo es para las agencias de relaciones públicas o las empresas o instituciones que proporcionan información bajo reserva de la fuente. La información que se proporcione debe ser fidedigna y resistir la posible investigación por parte del periodista.

Como sucede en profesiones como la de los doctores o los abogados, para una agencia de relaciones públicas es necesario tener “la película completa” sobre una situación determinada que se busca comunicar, a fin de tener la certeza de que la información es verídica. No son raras las ocasiones en que una información tenida por cierta por parte de la agencia de relaciones públicas es refutada de inmediato por el periodista, a quien se le ofrece el dato específico. Si se considera la confiabilidad que el periodista tiene en su fuente, un dato equivocado puede tener múltiples repercusiones: en el prestigio del periodista, en la seriedad de la agencia de relaciones públicas y en la relación de esta con su cliente.

Finalmente, como asevera Raúl Trejo Dalarbre:

 

“La información sin fuente acreditada, en vez de recurso de excepción se ha convertido en origen de engaños, manipulaciones y distorsiones en la prensa mexicana. Las columnas plagadas de chismes, que inicialmente fueron expresión de un sistema político autoritario y atrasado, en donde la cultura del secreto impedía el flujo abierto de información sobre los asuntos públicos que es requisito de toda democracia, se han extendido al periodismo de espectáculos y al de asuntos financieros. En esos y otros géneros la especulación y la murmuración sustituyen a los hechos crudos, verificables y duros. Ese, cualquiera que sea la definición que utilicemos, no es periodismo profesional.”

 

 

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